Soda Stereo en entrevista Rolling Stone


Fragmento de la entrevista Rolling Stone a Soda Stereo


POR Staff Rolling Stone México  



Fragmento de la entrevista Rolling Stone a Soda Stereo

*Fragmento de la entrevista de Ernesto Martelli. Cortesía Rolling Stone Argentina
Entrevista publicada en Rolling Stone México No 60. Octubre 2007
Fotografías cortesía Sony BMG

Los tres somos cómplices

¿Ésta cómo la hacíamos?”. en la sala de ensayo no hay lugares; distribución del espacio que se rebela contra el paso del tiempo. Después de estar sentado cuatro horas viendo tocar a tres personas, una y otra vez, los mismos temas, los mismos acordes –con ligeras diferencias, sólo perceptibles para el oído atento y entrenado–; después de las cinco horas, digamos, los sonidos y el ambiente que se genera desafían también la ubicación geográfica. Hay una intensidad, una repetición visual y sonora que confunde.

No hay ventanas, no hay noción de la hora, del día… Da lo mismo, casi, que estemos en los imponentes y espaciosos estudios Abbey Road o en una cochera repleta de herramientas donde una banda toca en su primer ensayo haciendo versiones viejas de canciones de su artista favorito… o que estemos en la pieza del fondo de un departamento…

Es verdad: todo suena deliberado, como en aquel entonces. La pregunta recurrente acá adentro, formulada no importa por cuál de los tres, no es ya por qué ni para qué vuelve Soda: los cientos de miles de boletos vendidos para la gira Me verás volver que los llevará de Bajo Belgrano –el lugar fundacional– a Hollywood –el símbolo de la consagración– ya dieron respuesta suficiente. La pregunta tampoco es qué papel desempeña cada uno de los tres: esa respuesta dejó cicatrices, quizá visibles, pero ya cerradas. Cada uno sabe bien lo que debe hacer en los márgenes de un delicado ecosistema anímico. Acá, cuando uno supone que son las ocho de la noche, la pregunta importante es: “¿Y esto cómo lo tocábamos?”, y la respuesta se resume en tres tipos que literalmente sin mirarse y casi sin hablarse vuelven a tocar con una sincronía de escalofríos. Sí, la voz líder de Cerati es la que ordena y llama a la reflexión; el bajo de Zeta y la batería de Charly suenan como lo que siempre fueron: una base rítmica sólida hasta apabullar. Pero la memoria es decididamente colectiva. Y física. Como si manipular esa guitarra azul, ese bajo sin cabezal, esos parches, devolviera una hermandad química sónicamente inalterable. “Estamos buscando las canciones en su formato original”, nos explica Zeta. “No tiene sentido tocarlas en las versiones que veníamos haciendo en vivo, porque eran producto de nuestras improvisaciones, de todas las horas que habíamos tocado juntos. Y ahora volvimos al comienzo. Vamos a buscar en los orígenes. Hay algo que es increíble, que pasa cuando los tres nos juntamos. Hay una forma de caminar juntos por la música que es como si bailáramos. Con naturalidad y pasándola bien. Eso me volvió a pasar ahora, que volvimos a tocar los tres”. Banda de frases memorables más que de letras –Cerati siempre reivindicó para sí el rol de comunicador pop más que el de poeta–, este ensayo de Soda Stereo está entrampado en probar e insistir sobre un viejo tema en el que el cantante se ve obligado a repetir eso de “Mis ojos perciben, otra vez, imágenes retro”, para después sentenciar: “Esto parece un museo de cera, un simulacro demasiado real”. Y algo de eso hay en la escena, porque este regreso temporal de la mayor leyenda del rock en español, reunida para reinterpretarse a sí misma pero en una versión aumentada por la historia, podía haber sido eso, una gira del regreso de una banda de rock, y se convirtió, una vez más, en un signo. Afuera, el signo de la inédita potencia comercial del rock y el show business, y de la inesperada devoción popular por el fenómeno que mejor sintetizó los ideales de masividad y modernidad. Adentro, en la salita de cinco por cinco, la efervescente y excéntrica reacción simbiótica de tres personas, sus instrumentos, su música. Inédita, simbiótica, excéntrica, música: alguna vez Cerati dijo que sería muy difícil combinar el rock en español y las palabras esdrújulas después de él. Tiene razón.

“La caja donde guardaba los bajos, que había viajado por el mundo, la tenía al lado de la parrilla, en el quincho [especie de palapa] de casa, y era donde cortaba la carne asada. La usaba como mesa para cortar las cosas. Y ahí, en medio de los asados, miraba la caja y me acordaba de que había hecho eso alguna vez, pero se la guardé a Zeta de alguna forma, junto con los bajos. Yo venía naturalmente golpeado por el fallecimiento de mi hijo, que había ocurrido unos tres años antes de la separación de Soda. Estábamos todavía en un proceso familiar doloroso y, de repente, por esas situaciones del destino, perdí también la contención que me daba la banda, que había sido mi banda prácticamente desde la adolescencia, mi refugio. Ahí vino Jaime, que es el último de mis chicos. El adorable Jaime, con el que tengo una relación fantástica, porque le dediqué, a lo mejor, el tiempo que no tuve para dedicarles a los demás. Fueron tres o cuatro años que viví muy intensamente, pero fuera del circuito. Alejadísimo de la música… A mí, la verdad, se me hizo bastante difícil. Soda ocupaba un gran lugar en mi vida. Hacíamos muchas cosas al ritmo que Soda marcaba. Y muchas cosas que tenían que ver con la realización de lo artístico, después de Soda, empezaron a entrar en un terreno de incertidumbre. Traté de aferrarme a mis afectos y mi situación familiar que, sobre todo en los últimos años, habían quedado un poco de lado. Mi familia venía golpeada por un suceso terrible y me refugié en ella. Los primeros cuatro o cinco años después de Soda, sencillamente no hice nada”, dice Zeta.

“Ni bien terminó Soda Stereo estaba tan cansado y tan saturado de todo, que pensé que no tocaría nunca más. Era una locura, porque toco la batería desde los 4 años. Pero en ese momento estaba convencido de que no lo volvería a hacer. Obviamente después se me pasó y me fui reconciliando con la idea. Lo que no sabía era si volvería a tener una banda, o grabaría solo en casa. Tocaba muy poquito, porque había descubierto otras pasiones relacionadas con la creatividad que me divertían y cubrían mi necesidad de desarrollar ideas. No tuve la certeza de que lo haría hasta que me llamaron en el 2003 para los MTV Awards, para tocar en un supergrupo, con Vicentico, Juanes, Ricky Martin… Yo estaba en mi casa en California. Ese día me di cuenta de que realmente me estaba haciendo mucha falta la música en mi vida. Al punto que a la semana siguiente cerré la empresa de tecnología que tenía desde antes de que terminara Soda, volví a Argentina y empecé a hacer música”, asegura Charly.


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