Tinderella y su implacable búsqueda por la zapatilla que no encaja


Hay un cierto placer en la acción del rechazo, quizás porque nos hace sentir como dioses, así sucede en la aplicación y también en la vida real.


POR Camila de la Fuente  



“No me gusta”, “Es raro”, “Puede ser”, “Mejor no. Mejor sí” “Este se ve bien”, “Asco mira a este”, “No es mi tipo” y muchas más, son frases que Tinderella va predicando sin piedad mientras selecciona el botón izquierdo que indica el “no estoy interesado” en la aplicación de Tinder. No nos frenamos a ver ni un segundo antes de mandar a la basura a una de las miles de opciones que desfilan frente a nuestros ojos.

Como es bien sabido, Tinder es una aplicación que surgió en el 2012 como red social para conectarse y comunicarse. Inicialmente estaba pensada para universitarios. Fue creciendo hasta convertirse en la que hoy conocemos como la red más famosa para citas y encuentros fugaces a través de perfiles que cada usuario publica. Muchas personas la critican por basar los juicios en superficialidades, pero después de todo ¿no es eso lo que hacemos cada vez que vamos a un bar y miramos a algún desconocido que nos gusta? ¿No hay juicios superficiales de por medio?

La realidad es que no estamos solos porque no tengamos opciones, sino porque más bien, hay demasiadas. El exceso anula la posibilidad de conseguir nuestra pareja, es parte del efecto Tinder. ¿Por qué escoger uno solo si tenemos en la palma de nuestra mano miles de opciones mejores? Las posibilidades son infinitas. O eso queremos creer.

Tampoco estamos solos porque todos están lejos. Escogemos vivir en soledad porque todos están muy cerca: al alcance de nuestras manos. La pérdida de distancia y de misterio trae consigo la obscenidad que elimina —en automático— la intimidad que necesita una relación amorosa. “Los medios digitales intentan acercar tanto al ‘otro’ y destruir la distancia, que en este proceso hacemos desaparecer al ‘otro’, ya que para ‘ser otro’ se implica cierta distancia”, argumenta el filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han.

¿Cuántos encuentros amorosos hemos tenido —dentro y fuera de Tinder— en los que no hay un verdadero encuentro ni tampoco amor? La respuesta es que esto sucede la mayoría de las veces. No existe conexión con el otro porque simplemente ya no nos miramos, sólo queremos ver nuestro propio reflejo.

Vivimos en la era de las decepciones y del desencuentro. Estamos en los tiempos de la desaparición de la relación sexual, pues en ella, no nos conectamos ni hay relación. Todo es instinto, sólo se vive del sexo ordinario, sin ilusión. Consumimos placer y luego lo desechamos. La trascendencia es algo que se ha quedado en el pasado.

También ha desaparecido aquel misterio que nos permitía fantasear sobre alguien, pues las redes sociales nos ofrecen toda la información posible para matar esa ilusión. Información que finalmente es una construcción de lo que nos gustaría ser. No hay mucha realidad dentro de lo virtual y a pesar de ello, la curiosidad mató al gato. Ahora, cuando conocemos a alguien, inmediatamente lo investigamos por internet. Somos stalkers profesionales. Vemos en las pantallas una versión de él o de ella que nos muestra una vida perfecta. Engañamos a los demás con nuestro perfil en redes, o peor aún, nos engañamos a nosotros mismos.

Como menciona Byung-Chul Han “la fantasía habita en un lugar indefinido. Información y fantasía son fuerzas opuestas”. La tecnología, hoy, ofrece alta definición de la vida que decimos que tenemos. La construcción del otro en la fantasía viene del misterio del no saber. De un espacio de intimidad que antes solíamos descubrir poco a poco, permitiéndonos conocer la realidad de alguien sin decepcionarnos tan fácilmente. Aceptando sus características positivas y negativas. La información mata la fantasía y crea expectativas que —la mayoría de las veces— son falacias.

El marketing personal que ejecutamos en las redes sociales hacen su trabajo para llenarnos de ideas que, cuando nos topamos con la realidad, nos trae sólo una cosa: decepciones. Conozco muy pocos casos de éxitos amorosos basados en Tinder u otras redes sociales, ¿tú cuántos conoces?

 
 

Selfies por doquier mostrando el cuerpo perfecto, viajes extraordinarios, chistes repetidos y la ropa de moda son las ideas que tenemos en la cabeza cuando vamos a salir con alguien. La sobreexposición de la sexualidad en las redes ha cosificado al ser que vemos en pantalla. Nos autoexhibimos como objetos a consumir, nos vendemos a los ojos de nuestros seguidores. Jean Baudrillard afirma que “las cosas visibles no concluyen en la oscuridad y el silencio: se desvanecen en lo más visible que lo visible: la obscenidad”.

Hemos matado la ilusión para relacionarnos a través del principio de economía: cuando esa persona que stalkeamos en redes no cumple con nuestras expectativas, entonces sólo la consumimos y la echamos. Debe de tener más beneficios para nosotros que asuntos negativos. La inversión debe de dejar un saldo positivo a nuestro favor. Así funcionamos en la era del capitalismo: cada persona, para nosotros, es mercancía. Y nosotros mismos también lo somos.

Por eso todos nos convertimos en copias. Buscamos clasificar dentro de lo aceptado en las redes sociales, ya que ellas nos dictan cómo debemos de vernos y cómo debe de ser la persona con quien estemos.

“El deseo por el otro es suplantado por el confort de lo igual” afirma Han. Es cierto que cuando nos toca lidiar con alguien que se sale de lo conocido no sabemos cómo actuar. Nos asustamos y huimos. Seguimos buscando, sin cesar, nuestra media naranja. No podemos estar con peras ni con manzanas.

El egocentrismo es lo que reina hoy. En este proceso de ego no logramos llegar a un “nosotros”, porque al final, somos muchos “yo” fallando en una convivencia utópica. Para poder llegar al entendimiento —necesario en una relación amorosa— hace falta poner el “yo” en segundo lugar, para que el “otro” sea más importante, a pesar de sus defectos.

De eso se trata el amor: un constante desciframiento del otro, hecho que la mayoría de las veces nos atemoriza porque no podemos controlar lo que no conocemos. Entonces decidimos irnos por el camino fácil: aniquilarlo y continuar en esta búsqueda romántica. Quiero creer que existen algunos valientes que se aventuran al camino más complejo, al de lanzarse a los mares desconocidos, pero de esos verdaderos príncipes azules hoy quedan muy pocos.

Como no miramos al otro, ni nos abrimos a la vulnerabilidad del misterio que el otro —diferente a mí— implica, entonces retornamos al círculo vicioso: la búsqueda eterna de la zapatilla que no nos queda, que es incómoda o que no es idéntica a la que tenemos en el otro pie. Entonces Tinderella quedará eternamente inconforme y semidescalza. Siempre con la esperanza de llegar a tener aquello que todos anhelan: la relación perfecta que —a fin de cuentas— no existe.

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