La velocidad de la pasión


Blog Álex Carranco: La velocidad de la pasión. ¿Cómo se mide la pasión? La sentimos, nos aprieta y muchas veces nos ciega por ser el personaje principal de un instante.


POR Staff Rolling Stone México  



Blog Álex Carranco: La velocidad de la pasión. ¿Cómo se mide la pasión? La sentimos, nos aprieta y muchas veces nos ciega por ser el personaje principal de un instante.

Fotos y texto: Álex Carranco A.

¿Cómo se mide la pasión? La sentimos, nos aprieta y muchas veces nos ciega por ser el personaje principal de un instante. Ese momento tan fugaz nos reconforta; el sentir la adrenalina de estar sencillamente ahí. Todos tenemos arrebatos sin saber las consecuencias; pisar el acelerador a fondo y hallar cómo el aire choca contra nuestra piel para secarnos las lágrimas y seguir en el camino.

Tengo muchas pasiones y una que difícilmente he dejado es el automovilismo, la Fórmula 1. Recuerdo que hace muchos años, cuando la F1 retornaba al Autódromo de los Hermanos Rodríguez (1986-1992), mis padres tenían que firmar una carta responsiva, ya que pertenecía al cuerpo de Oficiales de Pista en algunos Grandes Premios de F1 en la Ciudad de México. Era el Oficial de Pista más joven y de ahí que mis padres vivían con angustia y temor cada GP (y eso que, desafortunadamente, no corría a 300 km/h en uno de esos bólidos). Pero era mi pasión, estar en esa gran fiesta en el Autódromo de los Hermanos Rodríguez.

La guerra entre escuderías era más notoria que la actual. El piloto no era asistido por tanta tecnología y tenía que valerse por su habilidad para cruzar la meta. Los Oficiales de Pista estaban divididos en bandereros, bomberos y de asistencia. Teoría, mucha práctica y exámenes era nuestra preparación desde varios meses anteriores a un GP de F1. Se decía que los bandereros eran “los ojos del piloto”, mientras que los bomberos eran “la vida del piloto”. Esto no era un juego y la responsabilidad era muy alta. La presión se palpaba en cada segundo. Desde las prácticas libres, pasando por la calificación y calentamiento, hasta la gran carrera. Debíamos saber qué hacer en caso de un rebase, accidente o de que un inocente perro se atravesara por la pista (llegó a suceder). Los recuerdos son gratos de aquella época, mi pasión la estaba viviendo desde otro punto de vista; era testigo de la llegada de los autos al autódromo –varios días antes– hasta la salida de la caravana de los camiones con todo el cargamento de este gran circo que se dirigía hacia otra sede.

Ahí, me di cuenta de la personalidad de varios pilotos. Pude toparme con mi gran favorito, Nigel Mansell, aquel inglés que piloteaba el número cinco del Williams-Renault y que en nuestro país marcó uno de sus más grandes rebases en su historia (bajo la escudería de Ferrari con el número 2): iba en tercer lugar y sólo faltaba una curva por tomar, la fatídica “Curva peraltada”. Sin importarle el peligro, aceleró a fondo y rebasó a Gerhard Berger por la parte externa para que a unos metros más recibiera la bandera a cuadros. ¡Esas sí eran carreras!

En cada Gran Premio seguía a Mansell y en muchos de ellos, su pasión lo engañaba para salirse de la pista. En México le sucedió, y justamente en el puesto de oficiales en el que me encontraba. Me dio coraje y a la vez alegría por ayudarle en ese ligero accidente. Estrecharle la mano y sentir que su ilusión por obtener un pódium en México se desvanecía. Afortunadamente logró alcanzarlo en 1987 y 1992, último GP de la F1 que se realizó en nuestro país.

Por el paddock paseaban grandes figuras como Riccardo Patrese, Alain Prost, Gerhard Berger, Michael Schumacher, Nelson Piquet, Andrea de Cesaris, Mika Häkkinen, Thierry Boutsen, Michele Alboreto, Jean Alesi, y hasta Paul Belmondo (hijo del actor) quien trataba de obtener un lugar en la parrilla de salida. Pero dentro del glamour de la F1 se sentía una personalidad que, aunque introvertida, pesaba con sólo ver sus pasos yendo hacia su pit. Llevaba en su mano derecha su reconocido casco amarillo y generalmente tenía pláticas discretas con su equipo McLaren-Honda y hasta con nuestro compatriota, Joe Ramírez, coordinador de ingenieros de McLaren en aquella época. Esa figura que a la vista podría ser frágil, se iba inmortalizando en su andar. Era el brasileño Ayrton Senna da Silva.

Sí, las graves tensiones estaban presentes entre Ayrton Senna y Alain Prost, siendo coequiperos en McLaren-Honda y hasta el momento en que Prost se reubicaba en Ferrari. Una rivalidad que iba más allá de las pistas, donde la política de los directivos de la F1 abusaban de sus intereses para señalar a un ganador. De ahí que Senna se volviera precavido, desconfiado y hasta en algunos momentos, intolerante. Sí, era un genio del volante, pero muchos de los Oficiales de Pista sencillamente lo tachábamos de prepotente.

Ese casco amarillo que era especialista en las pistas mojadas y que arriesgaba cada centímetro para ganar el rebase, era el líder en varias pruebas de clasificación de muchos GPs, incluyendo los de la Ciudad de México. Nadie podía pararlo, hasta que estuvo muy de cerca de la muerte. En 1991, durante las prácticas, Senna tomó la “Curva peraltada” del autódromo Hermanos Rodríguez a más de 250 Km/h, y su McLaren se disparó para impactarse contra los neumáticos haciéndolo rebotar para que cayera bocabajo. Desde entonces, se quitó el peralte a aquella famosa curva.

La muerte estaba presente de cualquiera que pudiera confiar su pasión en un descuido. Ayrton, después de su percance en México, sabía que su carrera podría acabar en un segundo. Sin embargo, se enfocó en ser el mejor, y lo logró. Siempre estuvo estigmatizado por muchos de nosotros. Rivalidades, envidias, incomprensiones y hasta suerte de su lado. No lo entendíamos. Su casco amarillo nos deslumbraba para taparnos los ojos. No podíamos creer que un piloto pudiera ser mejor que nuestro favorito.

En 1994, tres años después de su despiste en la “Curva peraltada”, su pasión tuvo una barrera. La muerte lo había abrazado. Aquella “Curva Tamburello”, del Gran Premio de Imola, Italia, para Senna parecía una recta más. Una línea directa hacia el infinito, un viaje a casi 300 km/h. Recuerdo ese momento que impactó mi corazón. Aquel gran piloto se había estrellado para dejar las pistas de por vida. Mi mirada se nubló y no pude entender lo que realmente pasó.

Extrañé su tenacidad, coraje y valentía. La F1 no era la misma sin él. Recientemente se estrenó en nuestro país el documental Senna. Sin pensarlo aborde la sala cinematográfica para empaparme de quién era realmente ese “piloto prepotente”. ¡Qué tan equivocada estaba! Ayrton Senna siempre fue grande, uno de los mejores pilotos de la F1 de toda la historia y gracias al poder del género documental –bien dirigido, filmado y contado–, fue cuando me di cuenta de qué tan erróneo lo había juzgado.

Alguna vez estuve junto a él en uno de los GPs de México. Le di la mano, dejó su casco amarillo, me sonrió y me regaló su firma. Me hubiera gustado tener unos minutos más con él para verlo directamente hacia los ojos y decirle: “¡Ayrton. Eres grande, tu pasión nunca morirá!”.

Sigue a Álex en éstas y otras aventuras por @AlexCarranco



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