Reporte desde el FICG30: II


Nuestro enviado nos comparte una mirada a las películas mexicanas en competencia, una muy diversa muestra de lo que la industria nacional está preparando para la cartelera para este y el próximo año.


POR Staff Rolling Stone México  



Nuestro enviado nos comparte una mirada a las películas mexicanas en competencia, una muy diversa muestra de lo que la industria nacional está preparando para la cartelera para este y el próximo año.

Por Arturo Aguilar

Como muchos otros festivales del mundo, el Festival Internacional de Cine en Guadalajara vive desde hace unos años una transformación que ha llevado a su programación una diversidad muy curiosa de filmes, en este caso mexicanos.

Así como desde hace algunos años ya no es extraño ver en Cannes o Berlín películas que una década atrás nunca hubiéramos imaginado presentarse en estos eventos (como una estrategia para acercarse al cine comercial de consumo masivo y la atención mediática y de público que este trae), el más obvio ejemplo Bee Movie y tantos otros títulos presentados fuera de competencia; festivales como el de Guadalajara han confirmado esta tendencia al convertirse en una suerte de plataforma de presentación de todo tipo de filmes nacionales, muchos, que hace 10 años, nunca se hubiera uno imaginado programados o en competencia.

El ejemplo extremo fue el caso de Mariachi Gringo, la simplista y folklórica historia co-protagonizada por Martha Higareda, que para sorpresa e indignación de muchos, ganara la competencia hace unos años.

Bajo esta nueva óptica y tendencia festivalera y de industria, se entiende que el concepto de “películas de festival o de escuelas de cine”, propuestas más arriesgadas o complejas, ensayos cinematográficos en los terrenos de lo temático o narrativo, ya no sea lo único que se presenta.

Del lado de lo que podría llamarse la apuesta u oferta tradicional de un festival aparecen (y destacan) títulos como 600 millas, La delgada línea amarilla, Estrellas solitarias o Cuando den las tres. Cintas con resultados tan distintos como sus historias.

El debut cinematográfico de Gabriel Ripstein con 600 millas (recientemente premiada en la Berlinale) pone la vara alta para el resto de la competencia, con una realización tan sólida y precisa como su historia y actuaciones. En el contexto del contrabando de armas entre Estados Unidos y México, Arnulfo (Kristyan Ferrer) es un joven que inicia en este negocio, deseoso de pertenecer en un escenario que pareciera no es realmente el suyo. Pero quiere que lo sea. No sabe que detrás de los viajes que hace está Hank Harris (Tim Roth), un agente de la ATF. Por azares de la trama, estos dos personajes se verán atrapados en una dinámica de contrarios que luego son cómplices. Por necesidad o circunstancia. Ahí la historia no deja de sorprender en hacia dónde decide llevarnos, en cómo hacerlo y en la innegable fuerza de sus actuaciones. Una película inteligente, atractiva, sugerente y enormemente disfrutable como experiencia fílmica.

Por su parte, La delgada línea amarilla, ópera prima del director tapatío Celso García, producida por Guillermo del Toro, nos lleva a acompañar por más de 200 kilómetros a una cuadrilla de trabajadores (son 5) encargados de pintar la línea amarilla al centro de una lejana carretera bajo el infernal sol de San Luis Potosí. Paulatina y cadenciosamente, cada uno de los personajes irán mostrando las razones que los llevaron a ese trabajo, a esa situación, y se darán todo tipo de dinámicas entre este singular grupo, que se pasea por interesantes reflexiones masculinas de todo tipo. Funciona particularmente a su favor la gran química y juego actoral logrado entre su reparto, formado por Damián Alcázar, Joaquín Cosío, Silverio Palacios, Gustavo Sánchez Parra, y el jóven debutante Américo Hollander.

Cuando den las tres lanza toda clase de teorías, ideas, diatribas y reflexiones detrás del secuestro de una niña por parte de un cartel de droga buscando retomar control de un territorio. Con un tono a ratos innecesariamente aleccionador, o intencionalmente maniqueísta, funciona en los terrenos de la obra teatral de dos hombres discutiendo ideas, creencias y acciones a tomar frente a situaciones con demasiadas aristas a considerar como es el problema de la seguridad, el narcotráfico, la corrupción y mucho más en nuestro país.

Ensayos de forma (por su diseño visual) y de temas-géneros (la historia de venganza de un par de travestis atrapados en un sórdido mundo), Alicia en el país de María y Estrellas Solitarias, respectivamente, exhiben interesantes puntos, pero que se pierden un poco en sus propias intenciones y universos fílmicos.

En otro tipo de propuesta, que apela y busca más la conexión directa con un público más amplio, ávido de menos clavadeces, aparecen títulos como Ella es Ramona (de Hugo Rodríguez, director de Nicotina), comedia superacional sobre una gordita que superará los traumas infantiles y sociales para encontrar la felicidad propia; o El Jeremías, historia de un niño genio mexicano que lucha por salir de su realidad (espléndidamente ambientada en Hermosillo, Sonora, sin usar el escenario como un personaje folklórico o violento como suele ser la tradición reciente del cine nacional al observar a la provincia) y de las limitaciones de una familia a la que se parece poco. Se trata de filmes sin mayores aspiraciones que la de un rato de distracción y entretenimiento, con una producción bien hecha y bien llevada. A secas.

Así el panorama general de parte del cine mexicano presentado en estos días en Guadalajara. Que en unos días sabremos qué decide premiar.

APP 142 marzo




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