Rumbo al final de ‘Mad Men’


A un mes de llegar a su desenlace, Arturo Aguilar nos comparte sus razones para ver a esta serie como una de las mejores producciones televisivas de todos los tiempos.


POR Staff Rolling Stone México  



A un mes de llegar a su desenlace, Arturo Aguilar nos comparte sus razones para ver a esta serie como una de las mejores producciones televisivas de todos los tiempos.

Por @Arturo Aguilar

Como pocas series, Mad Men se ha convertido en algo más que una adictiva trama con personajes memorables, es también una de las exploraciones generacionales más completas que ha hecho la televisión.

Sí, podríamos dedicar páginas al exquisito y delicado trabajo de diseño de producción y ambientación, al machismo y alcoholismo galopante en la serie (un mero  -y sincero- reflejo de lo que retrata), a los guiños a productos o historias publicitarias reales, pero en el fondo esto debería remitirnos a la identidad de una década de profundos cambios.

Del mismo modo que la década que retrata (60s), Mad Men es una historia sobre cambios, crisis y adaptaciones, sobre la identidad y la pertenencia (un rápido repaso a la mayoría de sus personajes principales confirma la hipótesis). Sí, la publicidad es el punto de partida inicial para estas observaciones, pero tras 6 (y media) temporadas, es imposible no observar que el telón de fondo no es solamente esta llamativa (y hoy más que nunca poderosa e influyente) industria, sino la sociedad cambiante en una de las décadas más significativas de la historia reciente.

Les planteo dos realidades que muestran la evolución de la mirada entre antropológica y sociológica de la serie: la de su inicio y la de sus capítulos finales.

La primera nos lleva a 1960, al cierre del romanticismo social estadounidense post 50s, a la época de la idílica suburbia norteamericana con segregación racial incluida pero aceptada. Los residuos del crecimiento (social-económico) tras la victoria en la 2ª Guerra Mundial. La publicidad y el consumismo como ejemplo de esa nueva identidad norteamericana exitosa, que empieza a querer más y más.

La segunda nos ubica una década después. En 1970, el bonito romance (cimentado en el orgullo por el éxito bélico) entre sociedad y gobierno (o sistema, aka The Man) está llegando por completo a su final porque en medio llegó la revolución sexual, movimientos sociales (marchas y violencia incluidas) pro derechos de minorías vía Malcolm X y Marthin Luther King, el posicionamiento de la mujer en un rol más allá del de ama de casa – los personajes de Peggy Olson y Joan Harris son un gran ejemplo-, la carrera espacial, movimientos contraculturales – hippies, beatniks- la desconfianza hacia el gobierno (a la vuelta de la esquina los espera Watergate), la guerra de Vietnam, los asesinatos de JFK y Luther King, y un nutrido etcétera. Estos y otros acontecimientos han sido personajes importantes en diferentes capítulos de la serie. En la primera temporada, Betty Draper hablaba con preocupación de la idea de una mujer divorciada, casi como quien habla de un animal herido o indefenso. Una década después, ella no sólo se ha divorciado, sino que ha creado una segunda familia. Se perdió la mirada que hace juicio para dar paso a nuevas realidades socialmente ya más aceptadas. Los protagonistas han reaccionado a estos hechos y han sido influenciados por ellos, los han llevado a reflexiones e introspecciones, a dificultades y oportunidades para asimilar o entender un mundo tan cambiante.

Como se puede notar, entre el principio y el final de la historia de Mad Men está una de las décadas que más cambios sociales han producido y que llevó a una sociedad a un vertiginoso proceso de adaptación, bastante parecido a lo que vivimos hoy en día, cuando si volteamos a ver 5 o 10 años atrás, resulta sorprendente ver lo mucho que las cosas han cambiado (de nuestra relación con la tecnología a cómo vemos series de televisión pasando por lo logrado en reconocimiento de derechos para minorías). Y donde, de nuevo, en un contexto global, se vive una tensa desconfianza entre gobernados y gobernantes, por decir lo menos.

Mad Men es también una interesante reflexión sobre el sueño americano y la interpretación de la filosofía estadounidense del self made man, del hombre que define su identidad y su futuro, de quien se inventa, tal como Don lo hace, pasando de ser Dick Whitman, un simple soldado que sobrevive en Corea y roba la identidad de su oficial al morir este, para convertirse en Don Draper, hombre cargado de secretos y culpas que trata de esconder de todos, y quien evita voltear a su pasado a toda costa, so pena de perder lo que su nueva vida le ha otorgado. Mad Men habla del precio personal y profundo que hay que pagar por inventarse una nueva vida (o por iniciar otra: laboral o emocional), de los demonios y fantasmas que persiguen estas decisiones.  El arco dramático de la historia de varios de los personajes principales (de Peggy, Joan y Pete a Roger, Betty o Megan) confirman esta idea.

Como admirador de la serie, no puedo negar que existe una mezcla de nerviosismo e incertidumbre sobre lo que sucederá en la recta final de la serie en este próximo mes. Y es que eso de los desenlaces televisivos siempre resulta territorio fértil para la polémica. Basta con recordar, durante la década pasada, los ejemplos de The Sopranos y Lost.  El primero, con un final que dejó a millones en un limbo sin resolución precisa o específica (ojo, Matthew Weiner, showrunner y creador de Mad Men, fue guionista de las últimas 2 temporadas de The Sopranos, y productor ejecutivo de la última); el segundo, con una conclusión que faltando varios capítulos sabíamos ya no sería capaz de resolver o amarrar todas las preguntas, tramas y reflexiones lanzadas durante sus 6 años de duración.

Si la serie ha sido un retrato amplio de un conjunto de personajes crónicamente insatisfechos, buscando cierto grado de paz o felicidad pero nunca llegando a esta, resulta poco coherente creer que el desenlace pueda ser en un tono de resolución absoluta y final feliz. Aunque haya un dejo de nostalgia en esa mirada.

Espero que esa seriedad y profundidad en el retrato llegue hasta sus últimas consecuencias y haya congruencia en el desenlace de estas complejas historias. Mi apuesta personal sería que Don, harto y agotado de todo y por todo (desgastado por vivir una mentira), salte desde un edificio, como en los créditos de la serie, hacia su muerte. Quizás sea mucho pedir, y quizás el final no vaya en absoluto por ahí, pero pase lo que pase, puedo asegurarles que Mad Men ya tiene su lugar asegurado como una de las mejores series de televisión de todos los tiempos. Así de fácil.

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