Campus RS: 1986, la búsqueda de empatía retro-punk


¿Qué hace a la adolescencia moderna acercarse a las melodías melancólicas del dark wave? A los sonidos desordenados, en veces estruendosos, en otras, sonidos sedados, atontados, sonidos misteriosos, viscerales.


POR Staff Rolling Stone México  



Por Renata Santana

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“¿Ya viste Stranger Things?”, se escuchaba en cada conversación a finales de verano. Una serie que evoca y trae consigo la melancolía de los años ochenta, la extrañeza en la cultura popular, el terror y ficción como géneros predilectos de las masas, la adolescencia perdida ante la incertidumbre y la música que acompaña a esta misma.

Al fin de dicho fenómeno televisivo observo discretamente cómo mis amigos buscan música en lo más recóndito de las listas 80’s Music. Cómo compran camisetas que se vean viejas y tengan la portada de Unknown Pleasures bien marcada sobre el pecho. Contemplo sus caras de emoción al hacer una de mis habituales referencias a The Cure. Y me comienzo a cuestionar entonces de esta manera…

¿Qué hace a la adolescencia moderna acercarse a las melodías melancólicas del dark wave? A los sonidos desordenados, en veces estruendosos, en otras, sonidos sedados, atontados, sonidos misteriosos, viscerales. A la lírica simple de poetas perdidos en la sociedad decadente de 1979. Poetas de servilletas de bares perdidos en la multitud de Londres. De discotecas en bancarrota en Nueva York.

Portrait of Joy Division

¿Es la búsqueda de entendimiento? Es la empatía ante la búsqueda por el sentido. La empatía de una época sin etiquetas. Es la comprensión de la rareza. La preculiaridad. Esa excentricidad ochentera que caracteriza al adolescente que regresando del colegio deja su mochila en el suelo y sube el volumen de la música. Es la búsqueda de libertad, de emociones. La música de los años ochenta es todo y nada. Pues eso era la sociedad. Eso era la juventud. Eso somos de nuevo. Eso somos, eso eres, eso soy.

1986, 2016. Siento el viento en mi cara viajando en el asiento trasero de un Volkswagen viejo a la mitad de la noche. Mis oídos sumban con la voz de Steven Morrissey y sus melódicas contemplaciones de Oscar Wilde. ¿A dónde vamos? Creo que perdimos el rumbo desde 1979, y sólo nos quedó escudarnos en Unknown Pleasures. ¿A dónde vamos? ¿Acaso importa? Somos jóvenes. Somos libres. La libertad tiene un sonido. La libertad suena a The Smiths en la autopista. A Joy Division a media noche. La libertad es The Clash a las dos de la mañana, con las ventanas abajo, el cabello en la cara, y nuestra juventud derramada.

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