Campus RS: Los que no llegaron nunca


Crónica ganadora del reto Rolling Stone de la ‘Semana i’ del Tecnológico de Monterrey, CEM.


POR Staff Rolling Stone México  



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Por Sofía Paredes

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Se detuvieron en una gasolinera. A lo lejos se distinguía una luz tricolor que rompía con el negro de la noche americana. La patrulla se estacionó y de ella bajó un oficial, que como perro acechando a su presa rodeaba la camioneta con pasos lentos. Ni las espinas de maguey enterradas, el cansancio o el mismísimo desierto le habían provocado tal ansiedad; su miedo más grande ahora tenía rostro y éste ni siquiera podía verlos.

Para cruzar “la línea”, como le llaman los migrantes, la razón principal es siempre la misma. Según la Encuesta sobre Migración en la Frontera Norte (EMIF Norte) se registra que más de 90 mil mexicanos luchan por alcanzar el American Dream cada año, un sueño que se limita a ganar la clase de dinero que vale más de su lado de la frontera. “Me faltaba echar la loza de la casa, que por más que trabajaba y trabajaba, ‘namás’ no lograba completarla”, contó Don Álvaro, un jardinero de 43 años.

Roberto, como el 68% de los mexicanos que reportó la ENADID en 2014, intentó cruzar en busca de una oportunidad laboral. Con 21 años recién cumplidos y una novia “empanzonada” decidió que irse de mojado a Nuevo México era su mejor opción. Sus tíos, ahora habitantes de Carolina del Norte, estaban de visita y cubiertos en chamarras de esas con marcas bordadas en el pecho, presumieron la maravillosa vida de ganar en dólares y trabajar tirando asfalto en las carreteras gringas.

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Para su fortuna, Álvaro pagaría 15 mil pesos para llegar a Arizona; sus parientes gringos por ser amigos del coyote, le consiguieron un buen deal con el que podría depositar esa cantidad hasta que estuviera en Estados Unidos. No todos corren con la suerte de Don Álvaro, pues según reportes de la ONU, el negocio de las redes de traficantes, mejor conocidos como polleros o coyotes alcanza un valor anual de hasta 6.600 millones de dólares, cobrando en promedio entre cinco mil y 10 mil dólares por cabeza (2015).

Aún era de madrugada cuando Roberto y sus primos llegaron a Piedras Negras, Coahuila. El coyote los llevó a una casa de seguridad, en la que él asegura le ofrecieron todos los servicios necesarios, desde comida y agua caliente hasta baño y un sitio para dormir. “Son cuartitos alargados con muchísimas literas, que a duras penas tienen espacio para resbalarte entre los catres”, contó Don Álvaro mientras separaba las palmas de sus manos a no más de 40 centímetros.

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Horas antes de iniciar el viaje más peligroso de su vida, los coyotes dejarán en claro las reglas del juego. “Uno escucha diferentes historias, porque hay diferentes personas que te cruzan”, dijo Roberto. “Ellos también se están arriesgando, si nos agarraban nos cachaban a todos y a partir de ese momento, él se volvería uno de nosotros”. Para su buena suerte, la persona que iba guiando al grupo aseguró que no dejarían a nadie atrás y conociendo bien el terreno, llegarían al gabacho en menos dos amaneceres.

Al segundo día de caminata las 60 personas que iban con Roberto se tuvieron que detener. Un sonido de helicóptero rompió el silencio del desierto texano. “La migra andaba vuelta y vuelta. Nos llevaron a unos matorrales enormes y comenzamos a cavar hoyos profundos, como los que se cavan para los muertos”.

Fueron más de cuatro horas de incertidumbre con la arena caliente cubriendo su cuerpo, hasta que los perros de la migra terminaron por rastrearlos. Los siguientes dos días estuvieron encerrados a pan y agua. No sabían que se encontraban en la Oficina de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) lugar en el que su intento fallido quedaría registrado de por vida con sus huellas digitales.

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Desde la creación del ICE en 2003 y otras agresivas reformas migratorias de Estados Unidos, la frontera se ha vuelto un territorio cada vez más hostil. Tan solo en 2015, más de 1400 inmigrantes mexicanos fueron deportados (DNS, 2016) y según la Organización Internacional para las Migraciones, el flujo de migración indocumentada ha disminuido en un 85.2% desde 2005.

Don Álvaro y otras 15 personas viajaron en “troca” desde Tijuana hasta Sásabe en donde el coyote estaría esperándolos para cruzar el alambrado. Llegarían a Arizona en poco más de 48 horas. Tal como acostumbra todo caminante fronterizo, es de noche cuando pueden avanzar con su aliada y enemiga, la oscuridad; aquella que esconde la presencia de los que no quieren ser notados y oculta otros regalos del trayecto. A unos cuantos metros, Don Álvaro escuchó un grito desenfrenado, era una de las mujeres del grupo; sus pies morenos habían sido lacerados por una cuchilla gruesa y filosa, una espina de maguey.

SLUG: na-catch27 (spense hsu's catch and release story) DATE: 05/04/2006 PHOTOGRAPHER: SARAH L. VOIS

Con los pies enllagados y sus cantimploras vacías, sólo restaban unos kilómetros más. “Ya cuando te falta poco, unas tres horas antes, la gente tira sus cosas en pleno desierto. Ni siquiera te importa quedarte sin nada…lo que quieres es llegar”. Al tocar civilización, una camioneta de doble puerta trasera los llevaría a su destino; lo único que sabían con certeza es que finalmente estaban en Arizona. “Para ese punto no sabes ni por dónde te pasean, es un lugar completamente desconocido. Me imagino que esa ‘troca’ debía llevarnos a casa”.

Esa fue la última vez que Don Álvaro pisó libremente tierras norteamericanas. Horas después, su grupo fue detenido en una gasolinera por un oficial de la migra que sospechosamente se detuvo a cargar combustible. Encerrados en la camioneta, Don Álvaro y su grupo remataron el tan anhelado sueño americano, que como el de muchos otros mexicanos, termina antes de siquiera empezar.

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