Campus RS octubre 2017


Un espacio para la difusión de ideas universitarias.


POR Staff Rolling Stone México  



Foto: Julián Afanador Ángel

San Cristóbal de las Casas

Por Julián Afanador Ángel

Los Pueblos Mágicos, los cuales están distribuidos alrededor de toda la república, no solamente sirven como un soporte económico creando trabajos para mexicanos y contribuyendo con el bienestar tanto de los habitantes como de sus turistas. Éstos se encargan adicionalmente de impartir la cultura, historia y gastronomía del país a quienquiera que se encuentre en uno de esos pintorescos y maravillosos lugares. Hay un total de 111 Pueblos Mágicos en el país y San Cristóbal de las Casas, ubicado en el estado de Chiapas, definitivamente es uno que destaca entre todos. Lleno de restaurantes exquisitos, museos, iglesias y calles coloridas, dicho pueblo representa las mejores cualidades de México en todos los aspectos posibles.

Foto: Julián Afanador Ángel

¿Subir o bajar la mirada?

Por Alejandro Lorenzo Muradás

Dejar de mirar a la otra persona a los ojos, por verla a través de una cámara ¿Estamos seguros de eso? Dejar a un lado las emociones que experimentamos al momento de hablar frente a frente con alguien, por tener un área de confort detrás de una pantalla ¿En realidad somos nosotros? Somos nosotros aquellos que intentan ordenar sus ideas y subir las fotos con las que nos consideramos “seguros”, pero… ¿Seguros de qué? Seguros de estar viviendo lo que se quiere, o seguros de convencer a los demás sobre lo que quieres. Tal vez coincidan conmigo en algunas cosas, tal vez no, pero los hechos están presentes, eso sí, permítanme darles una forma distinta de ver las cosas, muchas veces sólo se necesita eso.

Aceptémoslo, nos estamos deshumanizando y lo hemos visto en videos, donde se tienen muchas más reacciones frente a un aparato, que con una persona; estamos dejando a un lado muchas cosas que realmente importan y metiendo ideas que no aportan nada, nos preocupamos por pequeñeces que nunca se nos hubieran ocurrido antes; ¿saben cuál considero que es el mayor problema? Que ya no sabemos cómo ser niños, donde hacías las cosas como tú creías que eran, lo que pensabas, lo hacías, lo que soñabas, lo jugabas y lo más importante, lo que hacías, lo hacías por ti, sin ningún prejuicio, sin pensar en lo que otras personas dirían, sólo corres, gritas, te ríes y disfrutas el momento sin la necesidad de tener que compartirlo en ese momento. ¿Por qué no jugamos a ser niños aunque sea un día? ¿será tan difícil dejar a un lado ciertos objetos a los que estamos atados, para poder tener una conexión real? Porque al momento que se escucha esa palabra, lo primero que se nos viene a la mente es el internet y una cosa lleva a la otra hasta el momento en que te quedas una hora viendo lo que ya habías visto, pero con la esperanza que haya algo nuevo. Actualmente, estamos concentrados en lo que queremos hacer en un futuro, cómo lo vamos a hacer, qué vamos a hacer y con quién lo vamos a hacer, parece que es necesario tener planificado tu día a día porque si algo se sale, ya no sabemos cómo arreglarlo, pero queramos o no, necesitamos a alguien que esté ahí siempre. Aunque las nuevas generaciones digan lo contrario, es una rotunda mentira, sólo párate a pensar, si en realidad pudiéramos vivir solos, ¿qué necesidad tenemos de compartir cada cosa que hacemos desvaneciendo la diferencia entre lo privado y lo público?

Dejemos de echarle la culpa al internet, este no la tiene, sólo es un medio, pero lamentablemente lo usamos como un fin, nosotros somos los que moldeamos nuestro comportamiento con base en lo que internet pide, al momento que dejamos de hacer cosas por estar “conectados” podemos decir que ya nos ganó la partida, ya es una necesidad o inclusive una adicción, creada debido a que se tiene un sistema de recompensa inmediata (como lo es el “like”), donde la persona sólo piensa en lo que le da y no en sus consecuencias. Estudios han comprobado que los adolescentes tienen la necesidad de ser visibles y reconocidos ante las demás personas, dándonos la causa por la que las personas prefieren hablar por chat que, en persona, es porque este reduce la ansiedad que se genera al estar cara a cara, superando la vergüenza, timidez o el miedo al ridículo (Echeberría, 2014), esto lo único que va a evitar es el miedo al anonimato, donde si no estás conectado, no estas. Las autoras italianas Leopoldina Fortunati y Anna Maria Manganelli dieron el concepto de “Hermandad virtual” donde los jóvenes que tienen hermanos de otro sexo o inclusive son hijos únicos, buscan tener una fraternidad con otras personas que no son de la familia, esto debido al miedo que se tiene por la soledad, que también puede surgir por el nuevo estilo de vida familiar donde muchas veces los padres no pueden darle un tiempo a sus hijos, y por ende, estos buscan llenar ese vacío comunicativo. Y no es culpa de los padres, porque es difícil evitar un fenómeno así, sólo es culpa de no tener una cultura donde se evite el exceso de este medio, donde no ocupe el espacio que un juguete tuvo.

En otro estudio, la Dra. Roxana Morduchowicz dice que el adolescente cada vez ve más un dispositivo electrónico que algo físico, siendo esto un comportamiento que además del avance de la tecnología es a causa de la educación impartida por los padres, siendo una gran controversia ya que se necesitan las pantallas, pero a la vez con cierta medida para que haya un balance, teniendo cifras preocupantes donde la actividad que más hacen los adolescentes es navegar en internet. Es decir, viven más en un mundo cibernético que en la realidad, siendo más el tiempo que pasan en internet que con una persona fuera de la familia (y me arriesgaría a decir que con la familia).

Estamos constantemente pensando en el futuro, en qué vamos a ser cuando seamos mayores y me podrán decir que hasta de niños jugábamos a ser mayores, pero existe una gran diferencia, lo hacíamos natural y no lo natural que está ahora de moda. Me refiero al acto de ser tú mismo basándote en tus sueños; en realidad tenemos un problema con el tiempo, porque si los adultos sólo piensan en el pasado y los jóvenes en el futuro, ¿quién piensa en el presente? Toda esa mentalidad de vivir el momento ¿en realidad es verdadera? O sólo es una excusa para que la gente piense que eres una persona que disfruta la vida con base en hashtags. El problema es el estar conscientes de esto, tenemos una vida finita, donde si hacemos cuentas, en promedio, viviremos en buenas condiciones unos 75 años, dentro de estos, cada semana tiene 168 horas, por lo que un año hay 8,760 horas y lo multiplicamos por 75, vamos a llegar a la cuenta que tenemos 657 mil horas de vida, de las cuales, un mexicano promedio pasa 10 horas a la semana en su celular (El Financiero, 2016) gastando 500 horas al año y un total de 37,500 en 75 años (sin descontar las horas que dormimos o que se utilizan otros aparatos como lo es la televisión).

Ahora, podemos ponernos a pensar si en realidad tenemos tanto tiempo como para estar pensando en lo que otras personas quieren de ti, sólo con un clic puedes hacer una conexión con alguien en la vida real, con ese clic te desconectas de un mundo al que se quiere pertenecer y de esta forma podrás ver que esa sonrisa, o esa mirada que puede llegar a provocar un contacto verdadero es incomparable a cualquier emoción artificial. Un número de personas que se tengan no va a crear ningún vínculo. Es decir, no se tiene ninguna relación fuerte, sólo son personas que probablemente hayas visto una vez en tu vida [y puede que esté exagerando], es un conjunto de lazos débiles que en cuestión de tiempo se olvida e incluso –les aseguro si se ponen a ver las personas que tienen en sus redes– más de un 50% no han tenido ninguna actividad en común, pero, si no tenemos ningún contacto con ellas, ¿para qué están ahí?, ¿sólo para sumar? Pero hay que saber diferenciar entre cantidad y calidad, porque las personas que siempre van a estar ahí no va a ser por tener algo en común, sino por haber compartido momentos que marcaron su vida, porque de eso se trata la vida ¿no? De momentos.

Recuerdo

Por Anapaula González Bustamante

Encontré tu nombre en el frío de la mañana.
Se consume en vaho saliendo de mis labios,
se vuelve ceniza, se queda en la ventana.
Se vuelve el camino que dejaron mis pasos.

Encontré tu ausencia en el frío de la mañana,
estaba junto a la mía, como dos sombras
que se esconden cuando la madrugada emana,
y se borran cuando entre nostalgia las nombras.

Ayer vi el mundo inteligible, más confuso;
no soportaba ni al sol, el llanto brotaba,
tampoco a la luna, que a mis ojos se opuso,
no pude evitar la noche que me inundaba.

Ayer vi el mundo con dolor, pues se interpuso.
Era yo quien miraba la vida nublada,
era yo el humo en el viento, desvanecida,
era yo esa ausencia sentida esta mañana.

Reclamos tlaloqueños

Por Éber Huitzil

“Sucede
Que aquí
Nada sucede
Sino la lluvia
lluvia
lluvia
lluvia”
Efraín Huerta

“Tengo esperanza que la naturaleza, Tláloc, se las cobre”, recuerdo que hace tiempo me dijo Ángel –joven campesino, habitante de Nexquipayac, que vivió el mayo rojo, la represión policial de 2006 en Atenco– cuando estábamos sentados en la punta de un pequeño cerro, el único que hay en las tierras ejidales del municipio de Atenco, mientras vemos las manos de chango, aplanadoras y tractores trabajar a lo lejos, detrás de algunas delgadas líneas en el horizonte, manchas de agua que a veces son verde, a veces azul, a veces lodo.

Esas máquinas que, hasta el día de hoy siguen trabajando, preparan el terreno del nuevo aeropuerto que esta urbe ha esperado desde hace más de una década. Allá quitan tierra, por ese lado rellenan, en aquel otro lado bombeaban agua y barro. Construir sobre los restos de un lago es una labor que requiere de mucho trabajo pero la Ciudad de México es necia y lleva años removiendo el fango, entubando los ríos, rellenando con agua sucia los canales xochimilcas para acomodarse, para que todos –los nacidos, emigrados, repatriados– quepamos. No conforme con esto, abrimos ejes viales, levantamos segundos pisos, retacamos el horizonte con construcciones verticales y expandimos multifamiliares y casas de cartón hacia la orilla, persiguiendo la locura de querer vivir abrazándonos día a día aunque no nos soportemos en el transporte y el tráfico cada mañana. Al diablo preocuparnos por la densidad de población.

Y de tanto peso nos hundimos, los edificios se cansan de ser impolutos y se recargan o desnivelan. La terminal 2 del aeropuerto pierde 30 cm por mal agüero, por mala suerte, por mala obra. Para el megaproyecto en ciernes sobre Atenco, hay pronósticos no muy alentadores, hay quien dice que se hundirá hasta 3 metros en una década y que será necesario una inversión millonaria y constante durante toda su vida para mantenerlo a flote.

Como Filiberto, el hombre expulsado de su casa por un “Chac mool” gruñón y deseoso de modernidad, la ciudad tiembla de miedo cada vez que se nubla el cielo. El mito de la ciudad fuerte y moderna que construye torres de Babel sucumbe ante el parloteo del agua. El drenaje profundo y las coladeras no se dan abasto, las laderas sobrepobladas se deslavan y los autos naufragan en los pasos a desnivel, mientras la lluvia repiquetea intensamente.

En esta ciudad, cada aluvión tiene un predecesor y siembra la esperanza de una nueva catástrofe. La inundación de 1555, el desolador diluvio de San Mateo que duró 40 horas en 1629, las fuertes lluvias que provocaron un alboroto y motín que terminó con incendios causado por una turba en el zócalo en 1692, las inundaciones de 1865, bajo el gobierno de Maximiliano y la inundación de 1951, retratada a blanco y negro, nos deberían hacer pensar que no importa la moda o qué tan entubados estén los ríos o qué tanto crezcamos en edificios con agua racionada.

Lo único que se mantiene es Tláloc, el que fue traído de la casa de las serpientes, el que cae como chipi, chipi de vez en cuando, el que asusta por las tardes, después de un mediodía caluroso en la ciudad donde las cuatro estaciones pasan en menos de 24 horas, o el que retorna furioso a reclamar su lago antes de que esta ciudad vampira termine de autochuparse y caiga en un enorme socavón cuyo último pedazo de corazón está en esas tierras atenquences, más allá de Pantitlán y la exfábrica de sosa Texcoco, más allá de la modernidad, siempre sumisa al reclamo divino.
“Tengo esperanza”, repetía Ángel, mientras apretaba la quijada.



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