Cuando la justicia te traiciona


Procedente de la edición septiembre 2015 de la revista Rolling Stone.


POR Staff Rolling Stone México  



Campus RS
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Procedente de la edición septiembre 2015 de la revista Rolling Stone.

Por Patricio Aguilar (Universidad Iberoamericana Ciudad de México)

II. La gota que derramó el vaso
Tres días después y cerca de la una de la mañana, Mauricio recibiría otra sorpresa en los separos. Un par de policías escoltaban a seis jóvenes más: “Tano”, José, Marcos, Jonathan, el “Bigotes” y el “Crili”, un grupo de amigos de la zona Rosita (barrio bravo de Puerto Vallarta). Ellos llegaron por posesión de drogas y vandalismo. Pero Borrego detectó algo más. Repitió las mismas preguntas rutinarias y recibió las mismas respuestas que hace un par de días.

Esto lo dejo aún más impactado. Estaba descubriendo un mundo que sólo había visto en las películas. Pero, a diferencia de sus colegas, él no podía dejar las cosas así. Sabía que tenía que desenmascarar aquel asunto. Simplemente no podía pecar de omisión.

III. El caso Thomas White
El proceso judicial contra Thomas White duró cinco años. Fueron en total 22 jóvenes los defendidos por Borrego. Todos víctimas de explotación y prostitución infantil. Mauricio fue su guardián durante esos años, pagó sus medicamentos contra el SIDA, se encargó de mandarlos a rehabilitación y cubrió los gastos necesarios. Al final, Thomas White fue sentenciado bajo el delito de violación y corrupción de menores. Además, la corte estadunidense lo obligó a indemnizar a cada una de sus víctimas con siete millones de dólares. Pero a pesar de todo, White no se rindió, y presentó una denuncia contra Rodríguez por extorsión y asociación delictuosa. Denuncia que había permanecido archivada hasta que la juez Gabriela Enríquez Serrano apareció en la jugada y, años después, la hizo válida.

IV. 5 años después
Era 21 de febrero de 2013. En una calle vieja, con banquetas rotas, postes largos de luz y arreglos turísticos, caminaba el abogado Borrego; estaba a una cuadra de su despacho cuando sin previo aviso recibió una visita inesperada. Una camioneta Ford frenó y de ella descendieron dos judiciales. Se le acercaron y de forma pacífica lo arrestaron.

– “Ya sabe cómo es esto, Lic. Nosotros solo hacemos nuestro trabajo”, le comentó uno de los judiciales.

– “Entiendo, oficial”.

Mauricio no opuso resistencia. No tenía miedo. Nunca pensó a qué grados podía llegar la corrupción y la impunidad de nuestro país. Subió a la camioneta y fue trasladado al penal de Puerto Vallarta. Ahí permaneció en el área de ingreso durante tres días, hasta que salió después de haber pagado su fianza. Dos días más tarde llegó al juzgado a presentar su defensa, la cual incluía un video de la juez Gabriela en una fiesta con los abogados de White, en la mansión donde Thomas había cometido tan atroces actos.

– “Espere tantito, ahorita le atendemos, Borrego” le ordenaron en el juzgado.

Minutos después aparecieron dos judiciales y la juez Enríquez en escena.

– “Mauricio Rodríguez Borrego es declarado culpable por el delito de extorsión y será trasladado inmediatamente al penal de Puerto Vallarta”, dictó la juez Enríquez. “Sin fianza”, sentenció.

Mauricio no lo podía creer. Los judiciales lo escoltaron a la camioneta y lo trasladaron al mismo penal donde estaba preso su peor enemigo: Thomas White.

V. ¡Al calabozo!
Unas largas y grises puertas se abrieron. La camioneta descubrió a Borrego y los oficiales lo arrojaron al patio de ingreso. Inmediatamente después se escuchó el tratante sonido del metal chocando. Las puertas se habían cerrado.

– “¡Vamos a tu celda!”, le ordenó uno de los oficiales.

Mauricio caminó el gélido pasillo de aquella cárcel. El piso era frío y las paredes grises. Después de un par de minutos llegaron al calabozo y Borrego aún no se daba cuenta que era una zona de aislamiento.

– “¡Aquí te toca!”, le gritaron.

Mauricio se acomodó en aquel espacio de ocho metros cuadrados. Esa sería su nueva casa durante los siguiente tres meses. Una casa con rejas de tubo reforzadas y una malla ciclónica. Paredes grises y una pequeña ventana que le regalaba unos minutos de luz al día. Y cada que recibía su ración diaria, los oficiales no dudaban en alarmarle.

– “Aguas, Borrego. Cuídate porque a ti te quieren chingar en serio”.

VI. Ya te vas a tu celda
A comienzos de junio, un oficial llegó al calabozo, abrió la malla y deslizó las rejas.

– “Ya te vas a tu celda”, le decretó.

Fue así como comenzó el primer día de Mauricio fuera del calabozo. Fue asignado al área de máxima seguridad del reclusorio apodado “Ceinjure’’ . Al cruzar por primera vez aquellos inolvidables pasillos, un adolescente se acercó a saludarlo.

– “Lic. ¿Cómo está?”.

Mauricio no ocultó el desconocimiento que tenía de aquel hombre.

– “Soy Víctor”.

Mauricio quedó impresionado y no dudó en saludarlo.

– “Mire, Lic. yo sé que es injusto que esté aquí, así que ¿cuánto me va a dar por decir la verdad?

El abogado sintió como si una bala lo penetrara en lo más profundo de su alma.

– “Yo no te voy a dar nada, cabrón. Si quieres decir la verdad, dila, si no, es tu pedo”.

Mauricio siguió caminando hacia su celda. La sangre viajaba por su cuerpo a toda velocidad a tal grado que había enrojecido su cara. Al llegar a su destino encontró a un hombre viejo y desganado.

– “¿Tú por qué estás aquí?”, le preguntó el anciano.

– “Disque por extorsión. ¿Y tú?”

– “Por violín. Me cogí a mi nieto”.

Mauricio quedó enfurecido al escuchar aquellas palabras. Apenas pudo contener sus energías para no lanzarse encima de aquel viejo. Si algo no soportaba era a los pederastas. Sabía que no era coincidencia que fuera asignado con aquel criminal. Hubiera preferido al más cruel de los asesinos antes que compartir celda con él.

VII. Gajes del oficio
– “¡Borrego, te buscan!”, gritó el oficial mientras Mauricio Rodríguez Borrego se levantó sin energía del frígido piso.

Bañado en ese olor a humedad y sudor, caminó hacia el pasillo. El oficial del penal lo jaló de un brazo para sacarlo más rápido. El largo túnel tenía en sus paredes un tono de amarillo deslavado, como de consultorio viejo. Cuando Mauricio llegó al área de visitas, ya lo estaba esperando uno de los abogados de Thomas: Stewart Haverlack. Canoso, arrugado y viejo. Previo a su discurso le dio un documento.

– “Lo vas a firmar, cabrón”, le dijo mientras golpeaba la mesa con furia. Vas a firmar que todo fue falso. Porque mientras tú estás aquí dentro, tu familia esta ahí afuera. Y nosotros tenemos todo el poder, tenemos al consejo, tenemos a todo lo que te puedas imaginar.

Mauricio se llenó de rabia al escuchar esas palabras, pero el sermón de Haverlack no quedó ahí.

– “Los jueces están aquí en mi bolsa. Todos… y fírmame que todo fue falso”.

Rodríguez no mostró debilidad. No se dejó intimidar y lo miró con amenaza y solidez. Frunció el ceño.

– “¡Pues mátame!”, respondió con dureza. “¡Hazme lo que quieras, pero no te voy a firmar ese papel, cabrón!”.

La cara de Stewart palideció ante la reacción de Borrego. Sus ojos parecían duplicar de tamaño. Sus canas se sentían más pesadas. Sus palabras se atoraron unos segundos en su garganta. Daba la impresión de que Haverlack quería gritar, pero nada salió de sus labios en ese momento.

Por otro lado, en los ojos de Mauricio se leía firmeza, pero también frustración. Él hubiera deseado que todo lo acontecido hubiese sido falso. Entre cada golpe a la mesa, entre cada grito de Haverlack, a Mauricio le venían a la mente muchos recuerdos. Memorias que de una u otra forma le decían que no firmara ese documento. Al leer cada línea del acta, él podía ver y escuchar la declaración de cada uno de los niños. Pero, a pesar de todas las traiciones y falsas declaraciones, Borrego no le podía dar la espalda a las víctimas que alguna vez defendió y que ahora estaban siendo hundidas otra vez.

Después de unos cuántos segundos, por fin salieron palabras de la boca de Haverlack, pero ya no lucían tan imponentes como al comienzo.

– “Si me firmas, mañana mismo sales”, dijo como último recurso.

Mauricio no contestó nada, ni se movió.

Pudo haber firmado. Pudo haber salido al día siguiente. El mismo Stewart jamás pensó que no lo fuera a hacer, que no fuera a firmar. Él pensó que teniéndolo tras las rejas, conseguir la rúbrica sería fácil. No fue así.

Mauricio regresó a su celda convencido de que había hecho lo correcto. Pero días después, en ese mismo aposento recibió una esperada visita. Un sujeto con ojos rojos, pupilas dilatadas, ojeras marcadas, tez colorada y brazos picados, se le acercó.

– “A mí me contrataron para matarte”, le dijo.

A Mauricio se le congeló el cuerpo. No tenía respuesta para eso.

– “Yo vengo por ti, Borrego”, dijo con amenaza.

A aquel hombre le habían dado mucho dinero para cumplir con dicho trabajo. Pero ese dinero lo había usado para drogarse, se drogó muchísimo, más de lo usual. Hasta el jefe de la droga del reclusorio se sorprendió de los recursos económicos que había adquirido este hombre.

– “Oye ¿de dónde sacaste el dinero?”, le preguntó el capo.

“Me dieron dinero para encargarme del Borrego”.

El dealer del penal enfureció al escuchar esas palabras. Sabía que la causa para matar a Mauricio era porque había encerrado en ese mismo reclusorio a Thomas White. Los narcotraficantes de Jalisco no soportaban que el estadounidense tuviera el poder del ‘Ceinjure’ . Así que dentro de la cárcel, muchos grupos delictivos ya habían simpatizado con todos los opositores de White, y por supuesto que también con Mauricio.

– “Tú tocas al Borrego y te despellejo”, le desafió.

El hombre que había sido contratado quedó atónito. Para él fue fácil entrar al trabajo, no pensó que había conflicto de intereses dentro de aquel reclusorio. Y ahora estaba acorralado. Por un lado, si terminaba su trabajo con Borrego, lo mataban. Pero si no lo terminaba, también lo mataban. Se encontraba en un callejón sin salida.

Ese mismo día, Mauricio estaba regresando a su celda cuando encontró al hombre tirado en el suelo con una navaja en la mano y un charco de sangre alrededor. Sus brazos tenían cortadas que se habían escondido en los charcos rojos. Al ver eso, Mauricio corrió a detener el sangrado con torniquetes. No lo pudo dejar morir.

– “Llegó de milagro”, le dijo el doctor.

Mauricio, un poco aliviado, supo que esa historia no acabaría ahí.

VIII. Una nueva esperanza
Pasados los meses, Rodríguez Borrego ya estaba preparando su defensa para salir. Había solicitado un careo con Thomas White, quien ya necesitaba de una silla de ruedas para circular por el reclusorio. Pasaron pocos días desde que Tom fue notificado cuando su estado de salud se puso delicado a causa de una neumonía. El viejo fue hospitalizado dentro del penal y recibió una transfusión de sangre de emergencia. No resistió y murió.

Después de la muerte de White, Armando Plata, el director del penal, perdió el ingreso económico que recibía de White y con él también se fue el poder que llegó a tener sobre el reclusorio. Y de esta forma, el panorama para Mauricio se fue aclarando hasta que, en marzo de 2014, le fueron retirados los cargos de extorsión y salió libre.

Sides
“Cuando un niño es abusado a tan temprana edad, es muy fácil darse cuenta por qué presenta una de tres conductas: Se sexualizan, se violentan o se deprimen” –Rodríguez Borrego.

México ocupa el primer lugar en difusión de pornografía infantil en el mundo (ONU) y el segundo en producción de la misma (ECPAT).

En 2012, la PGR registró 12 mil 300 cuentas de internet que distribuyen material exhibiendo a niños explotados sexualmente.

Uno de cada 5 incidentes en la cárcel es un homicidio (CNDH).

17 denuncias presentadas por Borrego en contra de White desaparecieron misteriosamente de los registros de la Procuraduría.

La Fortuna de Thomas White rondaba los 500 millones de dólares.

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