Hoy lloré


José Manuel Bahamonde, estudiante de la Universidad Panamericana, nos comparte un texto sobre su sentir en estos momentos de desolación e incertidumbre.


POR Staff Rolling Stone México  



Foto: José Manuel Bahamonde

Por José Manuel Bahamonde

Hoy lloré. Mis ojos no aguantaron más. Tantos sentimientos, experiencias, ideas y preguntas sin resolver. Al final… incertidumbre. Pensé que ya todo estaba por terminar, regresaríamos a la “normalidad”, o por lo menos a algo parecido a esta. Desperté agotado, y no físicamente. Deprimido, cabizbajo, no sé cómo expresarlo. Esta semana intenté no demostrar debilidad alguna, ser fuerte, la gente necesitaba optimismo. Hoy me quebré. Me sentí débil, impotente e inútil.
Fue después de ir al cine. Necesitaba un respiro. Por lo menos dos horas despegado de este mundo, internarme en una fantasía. Apagué el teléfono. Recliné el asiento, y me separé de todo. Algunos pensarán: “qué inconsciente, tu país está lastimado, la vida de algunas personas pende de un hilo, ¿y tú? Fingiendo que todo está bien, que nada sucedió, negando la realidad”. Sinceramente, en este momento es lo que menos me importa. La gente necesita respirar. De la misma manera en la que un concierto de rock no puede mantenerse en éxtasis y hay un momento emotivo, con una balada para descansar, recobrar fuerzas y volver a saltar, las personas requieren relajarse, tanto física, como mentalmente.

Caminamos de regreso a casa de mi amiga. Reviso mi celular, y la llamada perdida de mi profesor me saca de onda. Es algo que definitivamente no esperaba. Me propone organizar un grupo de ayuda esta semana y salir de la ciudad. ¿Y la escuela? ¿Qué pasará con mis exámenes? me pregunto. Se cancelaron. Fueron dos horas las que no estuve al pendiente de la situación y al conectarme nuevamente recibo esta noticia. Ya veía la luz al final del túnel. Los estudiantes regresaríamos a nuestras clases y así podríamos distraernos tan siquiera un poco de la tragedia, recobraríamos fuerzas y regresaríamos nuevamente a afrontar la situación. Pero no, la pesadilla sigue.

Diario he salido, he ayudado, unos días más y otros no tanto como yo esperaba. No lo digo por alardear, ni mucho menos por hacerme la víctima. He visto gente rompiéndose el lomo durante 48 horas seguidas, todo eso sin una sola queja. Pero hay un punto en el que ya no sabes si eres necesario. Si solamente estorbas, o no has ayudado lo suficiente.

Hoy me surgió la pregunta: ¿en realidad necesitan mi ayuda? A medio día me reporté con mi tía en Parque España porque requerían brigadistas. El día anterior había estado en Morelos, llegué tarde a mi casa. Después de esperar durante dos horas para que se juntara un grupo de 50 y así llenar el camión que nos transportaría, partimos a nuestro destino: Magdalena Contreras. La información “confirmada” decía que hacía falta gente que ayudara a remover escombros en la zona afectada. Después de una hora de camino, llegamos. La información era falsa. La zona ya se encuentra cubierta por un grupo de voluntarios y miembros de la Marina. Un desperdicio de tiempo y recursos.

¿A dónde nos dirigimos ahora? ¿Qué zona aún no está cubierta? ¿Necesitarán nuestra ayuda más adelante? Y sobre todo… ¿en qué información podemos confiar? Todas estas preguntas pasaron por mi cabeza mientras miraba melancólicamente por la ventana del autobús, como un video musical deprimente. Nuevamente aparece el aliado de toda crisis: la incertidumbre. Nuestra confianza se ha perdido. ¿Ayuda en Gabriel Mancera? ¿Xochimilco? ¿Tlalpan? ¿O acaso en Puebla? Ya no sé. ¿Qué puedo hacer para ayudar? ¿A dónde se van nuestras despensas donadas? Ni idea. Lo único cierto es que me siento impotente al no poder ayudar.

Esto me lleva a mi siguiente reflexión: ¿Qué nos impulsa a ayudar? Algunos autores no creen que exista un altruismo totalmente desinteresado, a fin de cuentas satisfaces de manera indirecta un placer egoísta, sea cual sea. Aunque no creo que este sea tema de debate el día de hoy, quiero ponerlo encima de la mesa para tratar de entender por qué nos formamos por 5 horas en una zona afectada para relevar, cuando hay otras 300 personas haciendo lo mismo, y por qué esa necedad de querer ayudar en algo que demuestre un cambio visible (ejemplo: la remoción de escombros) y no simplemente platicar con los damnificados o darle un simple abrazo a la gente que se encuentra deprimida. Al final, el no poder ayudar, de la forma que tenía pensada, me generó frustración. Una que guardé durante días, y al final, salió.

Sé que no todos estarán de acuerdo con mi postura en este texto, e inclusive algunos dejarán de leerlo antes de terminar, y es entendible. Todos queremos opinar al respecto, todos tenemos visiones diferentes y nuestro contexto influye demasiado en esto, pero de algo estoy seguro, la mayoría, si no es que todos, queremos que todo esto quede en el pasado. Una historia más de cómo nos unimos para darle cara a la adversidad.

Llego a mi casa y me quiebro en llanto. Me encuentro agotado y como yo, habemos muchos. Así que a dormir, porque mañana hay que levantar un país.



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