La liberación de Steve McQueen


El director de la película gandora del Oscar, ’12 años de esclavitud’, habla sobre su compromiso con la verdad.


POR Staff Rolling Stone México  



El director de la película gandora del Oscar, ’12 años de esclavitud’, habla sobre su compromiso con la verdad.

Por Jonah Weiner

Hace una década y media, el cineasta británico Steve McQueen tomó un avión a Granada, la diminuta isla del Caribe, para visitar un hermoso lugar donde alguna vez ocurrió algo terrible. El lugar era Caribs’ Leap, un alto peñasco con vista al Mar Caribe, que volvería para atormentarle la imaginación. El papá de McQueen, nacido en Granada, y su madre, que se mudó desde Trinidad, una isla vecina, le contaron a Steve (cuando éste era joven) acerca de cómo, en 1651, unos 40 miembros de la decreciente población indígena, los Caribes, fueron acorralados por colonizadores franceses armados. De espaldas contra el borde del precipicio, enfrentaron un sombrío dilema –ser asesinados o ser capturados– y eligieron una tercera opción. “Se tiraron al mar”, dice McQueen. “Es una de esas cosas que siempre he llevado grabadas en la mente”. El resultado de la peregrinación de McQueen fue una sombría instalación de galería llamada Caribs’ Leap, en la que presenta imágenes de la vida isleña contemporánea en una pantalla, e imágenes en cámara, lenta de cuerpos en caída libre en otra. El suicidio masivo de los caribes –su sentido de obliteración propia, de altos principios de frente a una fuerza conquistadora– todavía lo asombra. “Se transformaron”, dice McQueen. “Trascendieron”.

McQueen es un artista preocupado por la historia. Es una cálida tarde de enero y McQueen se encuentra lejos de Granada, en un hotel de West Hollywood. Está aquí por otra película que hizo sobre eventos horribles que se llevaron a cabo en lugares hermosos: 12 años de esclavitud, la historia real de Solomon Northup, un hombre negro libre que fue secuestrado en 1841 y vendido como esclavo a una exuberante plantación de algodón y caña en Louisiana. McQueen, de 44 años, vive en Ámsterdam con su esposa y dos hijos, pero últimamente ha visto bastante de Los Ángeles. 12 años de esclavitud, estelarizada por Chiwetel Ejiofor, obtuvo el Globo de Oro por Mejor Cinta Dramática. Para McQueen, la victoria pareció especialmente dramática porque el resto de la noche había sido muy desmotivador. “No parábamos de perder en muchas categorías”, dice. “Pensamos: ‘Bueno, ya sabes, nos vamos a consolar con el alcohol’. Luego, en el último minuto, cuando todo parecía perdido, dio un giro drástico. Estuvo increíble”.

Después, más buenas noticias: La película recibió nueve nominaciones al premio Óscar, incluyendo Mejor Director y Mejor Película. 12 años de esclavitud tiene un aura de importancia histórica; trae consigo el interés de McQueen por los fantasmas del pasado, palpable desde Caribs’ Leap hasta Hunger, el aclamado largometraje que hizo en 2008 sobre el irlandés republicano encarcelado Bobby Sands (Michael Fassbender, en el papel que lo lanzó a la fama), quien murió en 1981 mientras lideraba una huelga de hambre. La cinta marcó la transición de McQueen de artista de galería selecta a un agasajado cineasta indie; ganó un premio a director nuevo en Cannes y obtuvo la atención de intermediarios poderosos del mundo del espectáculo, incluyendo a Brad Pitt. Con 12 años de esclavitud, que la casa productora de Pitt ayudó a realizar, McQueen migró, contra toda probabilidad, del mundo del arte a la primera categoría de Hollywood. Ha generado el trabajo más fuerte, aunque severo, en el cine contemporáneo, pero los estudios ya le mandan guiones para grandes presupuestos. “Cosas de tipo acción y aventura, con elementos 3D”, dice con una sonrisa irónica. “Eso no es para mí”.

McQueen es un hombre grande y su voz ronca y fuerte lo hace parecer más grande, pero sus facciones tienen una suavidad cautivadora. De adolescente en Londres fue descubierto por un agente de modelos mientras trabajaba en un puesto de comida en Camden Market. “No ganaba dinero haciendo eso, pero me gustaba”, dice. Posó en revistas de modas como The Face y i-D, pero le interesaban más la “televisión y los libros”, dice. “Era aburrido. Ya era viejo, incluso a los 19”.

La ostentación de Hollywood tiene poco efecto sobre él. La temporada de premiaciones, repleta de almuerzos del gremio, horas de cócteles en estudios y apariciones promocionales variadas, convierte a los cineastas en promotores –un papel que McQueen ha aceptado, pero con cautela. “Hacer lobbying no es lo mío”, dice. “Pero un amigo mío lo puso de esta forma: La película es más importante que tú”.

Ver una película de McQueen puede ser desgarrador. No se pone a escenificar triunfos fáciles del espíritu humano tanto como la abrasión y aniquilación del espíritu humano. Observamos largas y estáticas tomas de cuerpos en vil descomposición; vemos a Fassbender, la musa de McQueen, como un cuerpo esquelético en Hunger, un adicto al sexo con cara de zombie en Shame y, en 12 años de esclavitud, como un borracho violador que porta un látigo. McQueen no es didáctico, pero lo que ha impulsado su arte, dice, es un turbio propósito moral. “El poder corregir ciertos males, darle una plataforma a Bobby Sands, a Solomon Northup… es fantástico”, dice. “No soporto la injusticia. No la soporto”. Cuando McQueen termina un proyecto, dice, atraviesa síntomas que parecen casi post-traumáticos. “Cuando terminé Hunger, me salieron dos sarpullidos bajo el brazo”, recuerda. “Estás tan enfocado, tan concentrado en hacer una película sobre esto que es tan terrible. Luego te detienes y te llega”.

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