Demente y alma


Un espacio íntimo para compartir paranoias


POR Álex Carranco  



@AlexCarranco

Ansiedad y un ritmo cardiaco acelerado.

La respiración se agita y algunas gotas de sudor enfrían la mente. Una caja de resonancia es abrazada por flujos y piel. Ese duro beat es como si Infected Mushroom apretara el pecho y justo cuando el conteo regresivo llegue a su fin, un par de comprimidos químicos son arrastrados por un río a lo largo de la garganta con destino al corazón. A tiempo para sobrevivir y alzar los brazos en esta montaña rusa diaria. Hay mucha música dentro de nosotros, tal vez thrash, metal, rock, electro o progre. Ojalá fuera un pop para no sentir dolor, pero a veces es necesario tener esas llamadas de atención para disfrutar cada momento. El dolor es otra de las fuentes de inspiración para componer o proyectar alguna obra artística, ¿quién está sano?… Te felicito. Sin embargo, hay muertes silenciosas que sin ser invitadas, tocan el timbre de tu casa y vienen acompañadas por el hermano de un primo. Ojalá haya la suficiente botana y tragos para esa fiesta inesperada para que esos “invitados” estén a gusto y no hagan desmanes. Esa reunión debe tener música diferente a lo que escuchan, una labor difícil para que quedes como un buen anfitrión.

Mientras sirves unos tequilas y mezcales para marear intenciones, Diluvia –desde Querétaro– suena con su producción Planet Swamp. Un viaje onírico que transporta esos dolores en armoniosos espacios llenos de ágiles guitarras, batería con latidos a lado de un resonante bajo, teclado que crea ambientes y la distinguida voz de Klang Rêverie rebotando en este mundo. Este álbum tiene cortes instrumentales, otros cantados en inglés y obviamente en español. En “Leech Therapy“, “Orbitar” o “Ensueños” hay sonidos alternativos que tocan el cielo del trip hop, post rock y alternativo con texturas mágicas.

Un par de botellas vacías, pan, jamón serrano y queso de cabra. Instante para que María Robot se presente con su disco homónimo. El dulce mareo inicia con “Schwarze Spiegel” y después de un minuto y nueve segundos, la velada continúa con “Fate Control“. Su estilo va de oscuros pasajes con escenas electrónicas a una encantadora voz con sombras eclécticas que se mueven sensualmente al ritmo de las programaciones. Hay recuerdos a lo industrial con ligeras guitarras rasposas en delicados temas en español e inglés. María Robot hace un equilibrio entre lo orgánico y el encantador sonido generado por sus instrumentos.

Ya en ese momento cuando los demonios abren la puerta del infierno hacia nuestro mundo, aparece Astrolab-iO para estabilizar el ambiente con un interesante experimento sonoro. Electrónica, noise y ejercicios de composición inusuales retumban las cuatro esquinas de la sala. Los responsables de este viaje son Álex Otaola y Javier Lara, que con su disco homónimo hacen repensar las armonías en un juego que explota en nuestra mente. Electrónica conceptual que enriquece el alma. Lo ideal es disfrutar “Ornitóptero“, “206 huesos“, “A Wilbur Wright/Polisílabos” o “Nautilus” aislado, es decir, con audífonos para percibir su estructura cuadrofónica a binaural. Hipnotiza a tus singulares visitantes con esta grabación que fascina.

La madrugada cae y los primeros rayos del sol se asoman. Los inesperados asistentes se despiden alegres y satisfechos. La presión desaparece y todo es tranquilidad hasta que uno de ellos, antes de irse, te dice: “¡Muchas gracias, pronto nos volveremos a ver!”.

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