Solalinde, un cura fuera de serie


En un escenario poco convencional platicamos con el sacerdote defensor de los migrantes Alejandro Solalinde.


POR Jovel Álvarez  



Foto: Camila de la Fuente

Al llegar al punto de encuentro acordado para esta entrevista – mismo que nos fue revelado una hora y media antes por motivos de seguridad–, el Padre Alejandro Solalinde nos dice que en este restaurante no podremos hablar por el ruido propio de la hora de la comida. Sin consultarlo con nadie, el Padre sale a la calle con nosotros, tras él vienen a toda prisa sus dos escoltas y su asistente. Caminamos unos 150 metros en una zona popular del sur de la Ciudad de México.

Doblamos la esquina en una calle llena de prostitutas. Para este punto resulta urgente entrar en algún lugar e iniciar la entrevista. Hay dos opciones: una cafetería en la que se negaron a bajar el volumen de la música y un bar gótico, con las paredes llenas de murales de la santa muerte y darks sentados en la barra y en las mesas. “Aquí”, dice el Padre al ver el segundo establecimiento. Entramos, tomamos dos mesas y de inmediato comenzamos a hablar. La presencia de un sacerdote católico en un lugar de esta naturaleza llama la atención de los presentes, y lo cierto es que la nuestra también, pero la prisa no deja alternativa.

Foto: Camila de la Fuente

Este presbítero, perseguido, amenazado y en múltiples ocasiones agredido, es uno de los activistas más respetados del país por su destacada labor en pro de los migrantes centroamericanos que cruzan México sobre La Bestia en busca de un futuro mejor. Este trabajo lo cumple por medio de la fundación Hermanos en el Camino, que él preside.

¿Un Padre ‘Nobel’?
Comienza la charla, el punto de partida es su nominación al Premio Nobel de la Paz. “Esta nominación es para mí una tarea un poco incómoda porque significa más prensa y yo no quiero vivir para la prensa, y también significa una gran responsabilidad porque es una nueva encomienda de Jesús”, afirma.
Para Solalinde, la sola nominación al Premio Nobel ha renovado sus fuerzas para seguir adelante, y aunque es consciente de la dificultad que enfrenta para ganar dicha distinción –pues hay 317 candidatos más– asegura que “si se llega a dar, lo primero que haría sería seguir siendo persona, no personaje”. “Les anticipo que no tocaría un peso del dinero del premio porque gracias a Dios no lo necesito, soy el hombre más rico del mundo, soy muy feliz con lo que tengo. A mí mi familia me comparte 15 mil pesos mensuales para mis pocas necesidades y para a invertirlos en el albergue”, nos cuenta.

El Padre comenta emocionado que él no tiene necesidad de comprar ropa, pues siempre se la regalan. Frente a nuestros ojos se levanta para presumir sus prendas. Asegura que la camisa blanca que trae puesta se la regalaron esa misma mañana unas religiosas, el pantalón se lo dio una señora de California, y el cinturón fue un regalo de tantos más. Aunque aclara con una gran sonrisa que la ropa interior sí la compró él. Este hombre de 72 años, acreedor del respeto de creyentes y ateos, se define a sí mismo como “un ser humano, un hombre, un cristiano bautizado, un sacerdote y después todo lo que quieras…”.

Foto: Camila de la Fuente

Para Solalinde, la fe hace la diferencia en una vida que de pronto se tornó en su contra, cuando él solo buscaba un descanso para los últimos años de su existencia. El descanso que no llegó 12 años han pasado desde que el Padre Solalinde dijo: “Ya tuve 30 años de párroco, ya tengo 60 años de edad, voy a programar los últimos días de mi vida, quiero un lugar tranquilo, anónimo y privado para poder descansar”. La risa viene súbitamente al Padre y a los presentes al ver que obtuvo exactamente lo contrario. “Cuando empiezo a trabajar con las personas migrantes, de repente se prenden los reflectores y jamás volví a estar en lo oscuro, jamás”.

Pese a ello, el Padre encuentra momentos de privacidad en su infaltable oración –misma que diferencia de los rezos y aclara que se trata de una conversación con Dios– matutina y nocturna. Es eso lo que lo sostiene. Al Padre le ha dado la espalda buena parte de la Iglesia mexicana, que ha buscado relegarlo a la atención parroquial pese a que su llamado es a una misión itinerante, al lado de los desprotegidos, porque, según afirma, “ahí también está Jesús”.

Mientras conversamos, el sacerdote toma con fuerza la cruz que cuelga de su cuello, esa que diseñó para él el artista Martín Silva Oropeza, bajo la instrucción de crear un emblema que diera a entender que “nosotros no elegimos a Dios, sino que Él nos eligió a nosotros”. Es por eso que este pequeño símbolo de madera da la impresión de estar impartiendo un abrazo a quien la ve, de parte de quien la porta.

Foto: Camila de la Fuente

La charla continúa con temas menos placenteros. Con evidente pesadumbre, el Padre recuerda el que él describe como “el peor día de mi vida”. “Ese día tuve todo un día de agonía, de un suplicio, una tortura, porque quisieron quemarme y quemar el albergue”, recuerda. Con una falsa acusación de violación a una joven migrante, el exedil de Ciudad Ixtepec, llegó con hombres y mujeres armados con piedras, palos y gasolina para linchar y quemar al sacerdote junto con su obra. Al apersonarse en el Palacio Municipal, encerraron al sacerdote en un cuarto de 3×3 metros por siete horas para forzarlo a firmar un compromiso de retirar el refugio, ese plantel que ha puesto en jaque los intereses de los narcotraficantes desde su fundación en 2007.

El sacerdote recuerda también la primera vez que un miembro de Los Zetas apodado “El Chicano”, le puso una pistola en la frente y le dijo “me toman una foto más y le doy un tiro aquí”. Según nos cuenta, en una ocasión unos narcotraficantes le dijeron que lo mandarían a matar por meterse en el negocio que hacen con las vidas de los migrantes, a lo que él les respondió: “Ellos no son mercancía, son personas, yo soy su pastor y tengo que acompañarlos, y si se meten con ellos se arriesgan a luchar contra Dios”. Esa fuerza que a menudo llamamos valentía, Solalinde la atribuye a ese ser que él llama “amigo”, y que lo acompaña siempre. “Soy un hombre que está fortalecido con el don del Espíritu Santo, y he vencido no solo esto, sino todos los demás obstáculos que se me han presentado”.

La migración
Este hombre vive el fenómeno migratorio día a día y ve a los ojos y abraza a las víctimas que éste deja a su paso por Ciudad Ixtepec, Oaxaca. La mayoría de las personas que llegan a su albergue en busca de una mano amiga son provenientes de Honduras, Guatemala, El Salvador y Nicaragua, países que este sacerdote ha visitado para tocar con mano las realidades de naciones deshechas en muchos sentidos, y cuyas coyunturas obligan a una migración cada vez más numerosa.
De acuerdo con Solalinde, para que este fenómeno se detenga, es necesario “que en los lugares de origen se preocupen por la gente, que respeten los derechos humanos y se asegure la vida y la paz de las personas”.

Foto: Camila de la Fuente

Para este sacerdote, el muro que propone el presidente Donald Trump “es una cosa ridícula que no va a prosperar. Esto va a ser como un alivio psicológico a la alta paranoia del pueblo norteamericano, porque ya no sabe por dónde lo van a atacar. Ese un dinero inútil que bien podría servir para detener el flujo migratorio en sus lugares de origen, porque ahí sí podrían detenerlo generando fuentes de trabajo”.

El sorpresivo final de nuestra charla
Los escoltas que acompañan al Padre Solalinde comienzan a llamar su atención sobre el tiempo que nos queda para conversar, la prisa hace que saltemos directo al tema de su seguridad en la actualidad. Le preguntamos al Padre si se siente protegido, a lo que responde que siempre lo está, pero su protección trasciende por mucho a la que le proporcionan los dos escoltas que lo custodian. “Yo siempre estoy protegido por Dios, no tengo miedo porque siempre estoy en sus manos, no tengo ningún temor, en Él estoy seguro. Tampoco le tengo miedo a la muerte porque para mí la muerte no es un fin, es el comienzo”.

Sobre el origen de la vigilancia que lo acompaña las 24 horas del día, el Padre nos comenta que están con él por mandato directo de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos al estado mexicano, y él ha aceptado su presencia para que, en caso de que algo le suceda, el gobierno no pueda lavarse las manos tan fácilmente.

Se acaba el tiempo, el Padre debe irse a toda prisa por motivos que desconocemos, pero antes de retirarse imparte una bendición a los dos compañeros de Rolling Stone que lo acompañamos. Tras su partida los individuos sentados en la barra y las mesas del pequeño café nos rodean y cuestionan sobre qué hacía un sacerdote entre ellos. “Él los bendijo ¡yo lo vi! ¡y si los bendijo entonces estamos benditos nosotros también!”, exclama uno de ellos. Entonces un hombre alto de cabello largo y vestido de negro, que parece ser el líder del grupo se acerca a quien estas líneas escribe y me dice “gracias por traerlo aquí”, y me da un fuerte y prolongado abrazo.

De repente aquel rincón de Sodoma y Gomorra que parecía totalmente inapropiado para entrevistar a un sacerdote, se convirtió en el mejor lugar en el que pudimos conversar. A la mente del equipo que trabajamos en esta historia vino la noción de que al llegar fue el Padre Solalinde quien dijo “aquí”, y esa decisión marcó la diferencia entre una entrevista más, y una experiencia inigualable.



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