Libro: El Cielo Árido


Monge hace con él una demostración poderosa de su maestría poniéndolo en el epicentro de una historia turbadora


POR Staff Rolling Stone México  



Monge hace con él una demostración poderosa de su maestría poniéndolo en el epicentro de una historia turbadora

El Cielo Árido
Emiliano Monge
Mondadori
Calificación:

Por @Miguel Ángel Ángeles

“Lo que es difícil de imaginar, es más difícil todavía de recordar”

Algunas veces, unas páginas son suficientes para entender que un suceso literario está teniendo lugar. Uno entra en el mundo creado por el autor y cuando menos lo espera, nos ha tomado como rehenes. De cuando en cuando además, una historia así contiene un personaje que salta hasta nuestro imaginario personal anclándose para siempre sin tregua alguna. Pocos son capaces de lograr algo así. Emiliano Monge es uno de ellos.

En un mundo en el que un El Cielo Árido suena más a costumbre que a metáfora, las letras de este hombre que antes publicó Morirse de Memoria y Arrastrar esa Sombra con Sexto Piso, son un recordatorio latente de que el arte será siempre un remanso y hasta un mapa de ese laberinto llamado realidad. Por inmenso que siga siendo.

Germán Alcántara Carnero -un hombre marcado por el dolor y víctima de su propia soledad y abandono, que representa a la perfección los ideales perdidos de un tiempo no muy lejano- es por mucho uno de los personajes mejor dibujados que hemos podido presenciar en las letras mexicanas en mucho tiempo. En El Cielo Árido, Monge hace con él una demostración poderosa de su maestría poniéndolo en el epicentro de una historia turbadora que juega con el tiempo mientras cuestiona la memoria y la linealidad de ésta, nuestro contubernio con la violencia y el miedo con que vivimos esa amenaza llamada “condena”, haciendo de ello un ejercicio de gran belleza. Sí: Emiliano Monge escribe de manera trepidante, hermosa. Hay que leerlo. Hay que vivirlo.

Cuando Pedro Páramo sucedió, sentó un precedente para muchos inabarcable: el retrato de un trastorno histórico que con palabras se convirtió en una alegoría de la vida, del dolor, de la existencia y de esa enajenación con el pasado que transfiguró lo que somos como nación. Con El Cielo Árido, podemos decir -aceptando todos los riesgos que algo así puede conllevar- vale creer que sobre tal exploración de nuestra psique, hay una continuidad. Puede que suene arriesgado, pero razones sobran.

Vale hacerlo porque aun a pesar de lo vivido, la nuestra sigue pareciendo a veces una historia en la que el victorioso no es siempre quien abandera la justicia y quien cree en el destino es casi siempre la primera de sus víctimas. Porque seguimos siendo una mezcla de dolor y magia. Dolor y sanación. Dolor y placer. Dolor y redención. Porque nuestros vicios atávicos son como remolinos que no se detienen pero que con los que hemos aprendido a convivir. Por eso y porque pocas veces podemos atestiguar letras así, conviene leer El Cielo Árido. Aunque su sol nos queme los ojos.

P.D. Si piensas que comparar a Monge con alguien como Rulfo, merece pena de lapidación multitudinaria con libros de auto-superación, estás en todo tu derecho. Sólo sugiero leerlo, antes de lanzar el primer mamotreto.

P.D.2 Como promoción –que no como oferta- le tenemos a usted un ejemplar de El Cielo Árido, cortesía de Mondadori para el primer lector que responda:

1.- ¿En qué año se editó Morirse de Memoria y Arrastrar esa Sombra?

Envía tus respuestas y tu nombre completo a [email protected] Confirmaremos a ganadores vía mail.



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