System of a Down


System Of a Down, a pesar de los años, sigue siendo imparable sobre el escenario y aún pueden dejar a su público complacido, agotado y sudoroso.


POR Staff Rolling Stone México  



System Of a Down, a pesar de los años, sigue siendo imparable sobre el escenario y aún pueden dejar a su público complacido, agotado y sudoroso.

Dos horas imparables de slam, recuerdos y sonido crudo.

Por Paos García
Fotos Salvador Bonilla

A finales del año pasado los integrantes de System Of A Down publicaron un mensaje en su página de Internet donde anunciaban no sólo su reunión, sino también una gira por Europa, en la que no prometían un disco nuevo o algo “raro y sorprendente”, tan sólo el hacer sonar los clásicos en forma de agradecimiento a sus fieles seguidores que, tras su receso, siguieron atentos a sus proyectos independientes. La gira fue más allá de las primeras fechas que tenían planeadas, la insistencia del público en esta parte del mundo de inmediato hizo que el cuarteto agregara más conciertos, uno de ellos en nuestro país.

El Palacio de los Deportes estaba a su máxima capacidad, más de 18 mil personas estaban impacientes por escuchar los estruendosos sonidos de System Of A Down. Los hermanos Tranquilino, de Yokozuna, fueron los encargados de abrir el escenario, situación que no fue del todo fácil. El tener un sonido perfecto y un set de luces adecuado, siendo una banda abridora, nunca resulta sencillo, ya que las programaciones y los niveles siempre están planeados para la banda principal, dejando a los teloneros con pocos elementos para defenderse ante un público impaciente. Sin embargo a este par le importó poco, se aferraron simplemente a tocar y eso, es algo que saben hacer bien en vivo.

El nombre de “System Of A Down” podría leerse sobre una manta blanca que cubría el escenario que, a diferencia de otros, permitía ver a la banda desde cualquier punto. En la plancha del “Domo de Cobre” ya comenzaban a verse los empujones entre la multitud. Hacía mucho que el Palacio de los Deportes no se veía tan lleno y mucho menos con una emoción tan palpable.

System Of a Down
Prison Song”, del memorable Toxicity, fue con la que arrancaron. Serj Tankian, Daron Malakian, Shavo Odadjian y John Dolmayan de inmediato se ganaron al público. Parecía que sería un concierto fácil para los armenio-californianos, en el que no necesitarían hacer nada más que tocar los clásicos y decir el típico “¡Viva México!” para hacer que la gente se volviera loca. En un punto parecía que la noche se limitaría a sólo eso.

Posados sobre tapetes, los de System Of A Down ya habían planeado cuál sería el mood de la noche, y aunque quizá los asistentes ya estaban preparados para el “típico slam”, tal vez no estaban del todo listos para lo que ocurriría en las siguientes casi dos horas. “Needles” hizo que la masa de gente se moviera como una ola, los pequeños círculos de slam se convirtieron en enormes ruedas donde todos bailaban y corrían de un lado al otro, encendiéndose aún más con “Deer Dance” e “Hypnotize” y sus drásticos cambios de ritmo que sólo moderaban la rapidez del headbanging.

Daron Malakian regresaba a sus bailes esquizofrénicos de mediados de los noventa, daba vueltas prendido de su guitarra como si se tratara de un baile árabe, mientras que Serj sonreía complacido al ver que la gente poco a poco perdía la cabeza con “Psycho” y que Daron terminaba arrodillado dando los últimos acordes de la canción.

Al tratarse de un concierto de “reencuentro” uno esperaría que los hits fueran los más coreados; pero sorpresivamente cada uno de los tracks que conformaron el set fue un clásico, una especie de máquina del tiempo que te regresaba al momento cuando los mensajes de la banda causaban polémica y eran censurados por su espíritu “anti yankee”. El público mexicano extrañaba a System Of a Down, se notó desde que la primera canción fue coreada tan fuerte como si se tratara de un himno.

System Of a Down
La intensidad de la noche subía y bajaba, pero en ningún momento se detuvo, aún cuando los riffs no eran tan desesperados como en “Aerials”. John Dolmayan parecía jugar con la gente, marcando el paso con sus rápidos batucazos en complicidad con Shavo Odadjian en el bajo.

Luego de 24 canciones al hilo, uno esperaba la llegada del encore para recuperar un poco el aliento. Éste nunca llegó, la brutalidad de la banda continuó e incluso se hizo más intensa, mientras que la gente poco a poco comenzaba a agotarse. Vinieron “Cigaro” y “Toxicity”, luego llegó “Sugar”, un clásico de su primer álbum que sería el broche de oro de la noche.

Hablar de un encore luego de 29 canciones seguidas ya resultaba una broma, aunque los fans más clavados reclamaban canciones como “Spiders” o “Boom!”. Pudo haber sido un show sencillo y sin mucho esfuerzo, pero la genialidad de System Of a Down estuvo en que a pesar de los años, siguen siendo imparables sobre el escenario y aún pueden dejar a su público complacido, agotado y sudoroso.



comments powered by Disqus