La muerte inducida de Kent


Después de más de 25 años de vida, el gigante del rock sueco ha decidido romper filas estando en lo más alto de su carrera.


POR Staff Rolling Stone México  



Texto por Rodrigo Rivas Ruiz / thephoto.se

Fotografías por Rodrigo Rivas Ruiz y Diego Figueroa

El pasado 17 de diciembre, Kent cerró su larga gira de despedida con un último concierto en la Tele2 Arena de Estocolmo, dejando a todos sus seguidores al borde del abismo.

Para poder comprender el sufrimiento de los escandinavos, se debe de entender que en Suecia, Kent no es sólo música, Kent es cultura y el punto de encuentro de una sociedad fría y distante.

A diferencia de los latinoamericanos, los suecos no suelen mostrar emociones ni sentimientos, es una sociedad que respeta mucho la privacidad y el espacio personal.

Horas antes de que comenzara el último concierto, se realizó una marcha guiada por un ensamble de músicos, que disfrazados de muerte avanzaron rumbo a la Arena. Todos caminando en silencio al ritmo de tambores, respetando el ritual, la obsesión y sabiendo que les esperaba una muerte segura.

Más que una marcha, fue un funeral con poesía, un ritual que mezcló emoción, obsesión y nostalgia. Sin duda alguna la última marcha fue una manera muy vikinga de mostrar su empatía por la banda.

Ya durante el concierto, se sentía la nostalgia y vulnerabilidad de los recuerdos en la atmósfera; y a diferencia de la rabia y calor del público latinoamericano, aquí la gente es pasiva y silenciosa, están ahí para escuchar la música, generar recuerdos propios y respetar el trabajo del artista.

El frío escandinavo, la sociedad minimalista, lo progresista e innovador de la escena musical, todo esto está reflejado en estos últimos momentos. Todos están ahí para celebrar la muerte y compartir la experiencia juntos.

Para muchos esta eutanasia de Kent es un trago duro de pasar, el altar estará levantado para la eternidad y será un hermoso lugar para regresar en los recuerdos.

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