La historieta como reflejo social


Quino, el hombre detrás de ‘Mafalda’, se cansó de su propio discurso.


POR Staff Rolling Stone México  



Quino, el hombre detrás de ‘Mafalda’, se cansó de su propio discurso.

Por Alicia Quiñones

Joaquín Salvador Lavado es su nombre de pila. Nació el 17 de agosto de 1932, y con tan sólo tres años de edad, descubrió su vocación: El dibujo. Desde muy pequeño le llamaban Quino, pues debían distinguirlo de su tío Joaquín Tejón, quien lo impulsó a dedicarse por el resto de su vida a hacer historietas, a la crítica política, al humor y al arte.

En entrevista para Rolling Stone, desde su casa en Mendoza, Argentina, el historietista recuerda: “Había una especie de gen en la familia, porque todos mis tíos pintaban o dibujaban. Cuando era niño, había muchas revistas de humor en Argentina que me influenciaron y tuve maestros que me aleccionaron; simplemente elegí ese camino porque pensé que era lo que más me gustaba hacer”.

Ahora, a sus 81 años, el creador de Mafalda confiesa que ya no puede dibujar tanto como desea por “un problema en sus ojitos”. “Ahora trabajo muy poco. Hago dibujitos simples, sin complicarme”. Esto, más otra dificultad en su circulación sanguínea, le impidió viajar a México a recibir un homenaje en la Feria Internacional del Libro de Oaxaca, a principios de noviembre. “No puedo subirme y bajarme de un avión de inmediato. Pero, por favor, mándele un saludo a mis lectores”.

El tono, el sabor, el humor y la lectura que Quino propone de la vida cotidiana en sus historietas, tiene un trasfondo político, una preocupación social, marcada por la esperanza de que este mundo mejore: “Desde niño viví en una familia muy politizada, mis padres eran republicanos españoles, vivieron el franquismo y el antifranquismo, desde entonces escuchaba muchas discusiones sobre eso. Cuando tenía ocho años comenzó la Segunda Guerra Mundial y esa época fue completamente politizada para mí, como para todo el mundo”.
Además de su mítica creación, Mafalda, Quino es autor de A mí no me grite, Bien, gracias ¿y usted?, Hombres de bolsillo, Potentes, prepotentes e imponentes, Yo no fui y ¿Quién anda ahí?, entre otros.

¿Cuál fue la génesis de Mafalda, su personaje sin duda más emblemático?
En cuestión de dibujos tuve mucha influencia de Charles M. Schulz, el creador de Charlie Brown y Snoopy. Ese hombre cambió el rumbo de la historieta en su momento, porque esas caricaturas tenían una sola característica, es decir, eran de un carácter que se repetía siempre. Charlie Brown y sus amigos eran buenos y malos, se peleaban entre ellos, un reflejo de cómo somos los humanos realmente. Y cuando me pidieron que creara una familia, me basé en ese trabajo. Pero el tono de Mafalda estuvo influenciado por la época: Sonaban The Beatles y los discursos del Che Guevara y de Juan XXIII, un Papa muy progresista. Parecía que el mundo iba a cambiar para todos, para bien. Pero, como siempre, todo se pinchó y estamos como siempre.

¿Por qué crear un personaje femenino?
Me llevo mejor con las mujeres que con los hombres. Amigos hombres he tenido muy pocos, en cambio mujeres, muchas. Amigas-amigas, no piense otra cosa. Amigas sin sexo, pues. Cuando hice Mafalda, en los años sesenta, la liberación de la mujer era muy importante. Usted recuerde que antes de 1968, una mujer en Europa no podía tener una cuenta bancaria a su nombre, tenía que tenerla con el marido; en Italia, por ejemplo, si una mujer se casaba con un extranjero perdía la nacionalidad y si tenía un cargo público como maestra o algo por el estilo, la echaban. El Mayo 68 cambió muchas cosas de los derechos de la mujer. Entonces pensé que tenía que ser una mujer quien representara estos cambios tan importantes en el mundo.

¿Cuál es la razón por la que Mafalda odia la sopa de fideos?
Cuando uno se ve obligado a cumplir ciertas normas no es simpático llevarlas a cabo. Cuando uno era chico, la sopa era una especie de institución obligatoria en la familia; luego lo tomé como una metáfora de los militares en Argentina, que tampoco nos gustaban nada, pero igual había que comérselos.

¿Considera que los miedos y las críticas que ha presentado en Mafalda desde los años sesenta han cambiado?
Sí, han cambiado. Hasta hace algunos años, en Argentina habían sitios donde la gente dejaba la puerta de su casa abierta. Y eso está desapareciendo en todo el mundo. Ya no estamos a salvo de robos y agresiones.

Tema que también aborda en su más reciente libro, ¿Quién anda ahí?
Para mí, uno de los miedos contemporáneos es la falta de seguridad que hay en todas partes. Uno nunca está demasiado tranquilo y esto del espionaje global es el colmo. Ya nadie puede tener privacidad, ¡un secreto! Alguien en una parte del mundo lo está escuchando o viendo. No me gusta.

¿Cuál considera su trabajo más importante y preferido?
El preferido lo considero toda mi otra obra de humor, porque Mafalda la dibujé durante 10 años y mi obra de humor la he hecho durante 54 años, tengo mucha más obra. Nunca dejé de hacer humor, aún haciendo Mafalda. Ambas creaciones tienen mucho contacto, pues todo sale de mi cabecita, pero no sé, me gusta más lo otro. Prefiero más el humor que un personaje fijo, pues siempre repito lo mismo. Estuve diez años diciendo lo mismo: Que el mundo funciona mal, que las guerras están mal, me cansé de mi propio discurso.

¿Entonces, mató a Mafalda? En México se rumora sobre una supuesta tira donde ella muere.
¿Cuándo la atropelló un camión de sopa? Ah, sí, es un invento puramente mexicano, no sé quién la hizo pero no tengo nada que ver con eso. Mafalda no puede morir, puede dejar de publicarse, pero no se puede matar a un dibujo.

¿Cómo es un día en la vida de Quino?
Levantarme, desayunar, afeitarme, bañarme y dibujar. Si hoy tuviera que entregar una página, un dibujo o algún personaje para el periódico, siempre tenía el temor de que no se me ocurriera nada. Así como a los actores los puede invadir el miedo a salir al escenario, que no tengan voz, etcétera, el temor de los humoristas es que no se nos ocurra nada nunca más.

¿Cuál es su lugar predilecto para crear?
La ventaja que tiene esta profesión es que uno necesita poco espacio, se tiene que llevar lápiz, goma, tinta china y lapicera; uno puede dibujar en un hotel, en un bar, no sé, dónde sea. Su casa es donde uno mejor trabaja porque está tranquilito, regula uno el ruido. Pero no tengo un lugar preferido.

¿Cuál es su relación con la música?
Me ha acompañado desde chico, porque cuando yo nací –aclaro– ya había radio. Y siempre me gustó mucho escuchar música y cualquier tipo de música. Hay unas que me gustan más que otras, desde la popular hasta la clásica, siempre me ha gustado mucho, es un componente importante. No bailo, los humoristas somos muy malos bailarines.

¿Alguna deuda con su trabajo?
No haber sido capaz de dibujar mejor. Hay dibujantes que dibujan cómo quieren, otros, como yo, cómo podemos. Soy muy crítico conmigo mismo, porque me hubiera gustado ser Picasso.



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