Francisca Valenzuela, diseñando una carrera


“Para el primer disco escribí canciones sufriendo adolescentemente. Cuando llegué con los productores y escogieron “Peces” yo decía: ‘¡No! ¡Qué vergüenza!”, Francisca Valenzuela


POR Staff Rolling Stone México  



“Para el primer disco escribí canciones sufriendo adolescentemente. Cuando llegué con los productores y escogieron “Peces” yo decía: ‘¡No! ¡Qué vergüenza!", Francisca Valenzuela

Por Andrés Díaz
Fotos Claudia Ochoa

Uno de los detalles que hizo que todos comenzaran a interesarse en la chilena Francisca Valenzuela, fue que transmitía una feminidad natural sin llegar a ser la clásica mujer que señalaba a la mínima provocación los defectos del hombre. Es por ello que su camino ha sido muy particular, por no caer en clichés ni en trampas comerciales que desembocarían en una carrera exitosa, pero sosa.

Influenciada por Bon Iver, St Vincent y Little Dragon, Francisca aparte de ser músico se convirtió en la diseñadora de su propio destino, cuyo estilo no es imitable y es atractivo por su autenticidad.

Para explicarnos cómo brotó su carrera nos dice: “Fue un crecimiento lógico. En Chile hay cierto público, pero el crecimiento es limitado y aislado por lo que era natural visitar otro país. México, Estados Unidos y España eran los siguientes puntos que debían seguir por los antecedentes que amigos como Los Tres o Los Bunkers me comentaron”.

Su arribo fue algo así como una narración de un libro en el que la protagonista llega a “la gran ciudad”: “No conocía a nadie cuando llegué. Me gusta porque ahora puedo venir más meses, saludar a amigos que he conocido y hacer giras más largas. Me siento más a gusto y no asustada ni tan ignorante. Tenía una incomprensión de lo que se debía hacer para ser músico, afortunadamente he aprendido a cachar la buena onda y alejarme de la mala”.

Es en este punto donde la narración clásica de una guía del éxito cambia, ya que como bien dice Francisca “cada uno pude hacer el camino que quiera” porque originalmente pensaba que el camino que debía seguir era firmar con una disquera, grabar un disco de 100 mil dólares y después salir de gira. La realidad fue otra: “No soy Pitbull, o una fábrica de salchichas. Uno puede diseñar su camino al quitarse el temor”.

Justo ese miedo de exponerse y de romper las barreras que uno mismo se impone, fue lo que hizo que llegara a donde está ahora: “Para el primer disco escribí canciones sufriendo adolescentemente. Cuando llegué con los productores y escogieron “Peces” yo decía: ‘¡No! ¡Qué vergüenza! ¡Esa canción se la dediqué a alguien que la va a escuchar después!’. Quería en ese entonces hacer un disco como Kim Jerrett, con canciones de 18 minutos (estaba en mi rollo académico en ese entonces). Agradezco haber vivido eso porque me quitó el pudor”.

El hacer eso le dio la libertad creativa y la capacidad de entrar al estudio con una dirección más clara. Sus shows en vivo han mejorado mucho, derivado del control artístico que ha conseguido: “Estoy aprovechando muchas herramientas de producción que no tenía antes para pensar las canciones de forma diferente; ahora pienso en inglés, español o en lo dramático o cómico. Estoy más inmersa en la música y entiendo mejor cómo funciona. Actualmente me gusta componer en computadora, con teclado, bajo o con mi nueva bebé: una guitarra eléctrica que perteneció a Aaron North de Nine Inch Nails”.

Al preguntarle si le ha gustado la forma en cómo ha ido colocando su música en México nos contesta de una forma muy segura: “Cada paso que he hecho es coherente. Si medios como éste se interesa en mí, es porque están pasando cosas buenas. Me siento insertada en el lugar donde quería estar al compartir un público similar pero complementario en la gira con Ximena Sariñana, el estar tocando en España o al estar al lado de Natalia Lafourcade; todos son referentes de que las cantautoras están siendo bien recibidas”.

Francisca regresará a finales del año con una gira en solitario, donde el miedo que solía tener, no estará presente.

Francisca Valenzuela

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Francisca Valenzuela en El Imperial, por Claudia Ochoa



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