La espiritualidad de la música


Gustavo Santaolalla se desprende de la fantasía para reencontrarse con su vida.




Foto: cortesía Gustavo Santaolalla

Platicar con una figura tan importante de la producción y composición es enriquecedor. Sus frases navegan en un mar de inquietudes y respeto; Gustavo Santaolalla, con su inseparable ronroco [instrumento andino de cuerda], canta y le da forma a melodías que han sido galardonadas internacionalmente y que más allá de los premios Óscar, Grammy, BAFTA y Golden Globe, entre otros que ha recibido, está su humildad que sólo los verdaderos talentos saben compartir –y que muchos “artistas” no deberían de olvidar.

Gustavo desprende una luz que transforma en colores colgados de un pentagrama. Su primer grupo fue Arco Iris, “empiezo mi carrera como artista y productor con Arco Iris. Firmé con RCA Victor cuando tenía 16 años, siempre me interesé no sólo por la música de los grupos, sino me puse a investigar de qué se trataba ser productor y los trucos de grabación. En el álbum de Arco Iris, el primero que salió en 1969 que hice cuando tenía 18 años, está encerrada toda mi carrera. Si lo escuchas vas a encontrar la música de las películas, las canciones, los trucos de grabación; ahí comenzó mi carrera como artista y productor”.

Arco Iris era un grupo muy particular, y desde pequeño, Santaolalla siempre tuvo un interés sobre la conciencia, “de lo que no vemos pero que gesta todo lo que vemos, todo esto era un mundo ilusorio y de fantasía, lo que estamos viviendo y que en realidad hay otra cosa que mueve y que genera todo esto; que es una conciencia de la cual todos somos parte. Siempre encontré una aleación de la música con la espiritualidad desde muy pequeño…”.



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