“Durante 21 años, logramos enredar juntos nuestras mentes y corazones”


La despedida de Laurie Anderson a Lou Reed


POR Staff Rolling Stone México  



La despedida de Laurie Anderson a Lou Reed

Por Laurie Anderson

Conocí a Lou en Múnich, no en Nueva York. Fue en 1992 y ambos éramos participantes en el festival Kristallnacht, organizado por John Zorn a fin de conmemorar la Noche de los Cristales Rotos de 1938, que suele ser considerado el punto de inicio del Holocausto. Recuerdo las expresiones inquietas de los oficiales de migración mientras el constante flujo de los músicos de Zorn, pasaba por las casillas portando camisetas rojas con la leyenda “Rhythm and Jews!”.

John quería que nos conociéramos todos y que tocáramos unos con otros, por contraste con el típico “súbelos al escenario/sácalos ya” de la dinámica festivalera. Por esta misma razón, Lou me pidió que leyera algo mientras su banda tocaba. Así fue y me pareció fuerte, intenso y muy divertido. Más tarde, Lou me dijo: “¡Lo hiciste tal y como yo acostumbro hacerlo!” Nunca supe bien a bien por qué me necesitó para hacer algo que él podía realizar fácilmente, pero su expresión era definitivamente un cumplido.

Me gustó enseguida, pero me sorprendió que no tuviera acento británico. Por alguna razón, siempre creí que The Velvet Underground era una banda inglesa y no tenía más que una idea muy vaga de su obra (ya lo sé, ya lo sé). Yo provenía de un mundo muy distinto. Y todos los mundos al interior del Nueva York de esos tiempos –el de la moda, el del arte, el literario, el del rock, el financiero– eran sumamente provincianos. El desdén era mutuo. Aún no existía el cableado que pudiera unirlos.

Lou y yo descubrimos que vivíamos muy cerca en Nueva York y terminado el festival, Lou sugirió vernos algún día. Creo que le encantó que yo respondiera, “¡Claro! ¡Absolutamente! Estoy de gira, pero cuando regrese¬ –dentro de unos cuatro meses– nos reuniremos, definitivamente”. Así siguieron las cosas durante un tiempo, hasta que finalmente me invitó a la Convención de la Sociedad de Ingenieros de Sonido. Le dije que pensaba asistir de todos modos y que lo vería en la sección de Micrófonos. La Convención es el lugar indicado para buscar equipo nuevo y nosotros pasamos una linda tarde viendo amplificadores y cables y asistiendo a talleres sobre electrónica. No me parecía que eso fuera algo como una cita, pero cuando salimos por un café me dijo, “¿Te gustaría ir al cine?”. Claro. “¿Y luego a cenar?” Muy bien. “Y luego podríamos pasear por ahí”. Oh… Desde entonces no volvimos a separarnos.

Hicimos música juntos, nos volvimos mejores amigos y luego almas gemelas, viajamos, escuchamos nuestro trabajo y nos criticamos mutuamente, estudiamos algunas cosas (la cacería de mariposas, la meditación, el uso del kayak). Bromeamos ridículamente; dejamos de fumar unas 20 veces; peleamos; aprendimos a mantener la respiración bajo el agua; fuimos a África; cantamos ópera en los elevadores; trabamos amistad con la gente más improbable; de ser posible, nos seguíamos cuando salíamos de gira; compramos un dulce perro al que le gustaba tocar el piano; compartimos una casa alejada de nuestros respectivos espacios; nos protegimos y nos amamos. Salíamos continuamente a exposiciones artísticas, a conciertos, obras de teatro y espectáculos y yo le observaba mientras él amaba y apreciaba a otros artistas y músicos.

Siempre fue muy generoso. Él sabía lo difícil que podía ser la creación. Amábamos nuestra vida en el West Village, amábamos a nuestros amigos; pero sobre todo, hicimos nuestro mejor esfuerzo.

Como numerosas parejas, cada uno construyó sus propias formas de ser –estrategias y, ocasionalmente, uno que otro compromiso– lo que nos permitió formar parte de este par. A veces perdíamos más de lo que podíamos dar, o cedíamos demasiado, o nos sentimos abandonados. A veces nos enfurecimos. Pero ni siquiera cuando me enojaba podía aburrirme. Aprendimos a perdonarnos. Y de alguna manera, durante 21 años, logramos enredar juntos nuestras mentes y corazones.
Fue durante la primavera de 2008. Caminaba por un paraje en California, sintiéndome mal conmigo misma. Hablaba por celular con Lou. “Hay tantas cosas que siempre quise hacer, pero que jamás puse en marcha”, le dije.
“¿Cómo qué?”
“Ya lo sabes, nunca aprendí alemán, nunca estudié física, nunca me casé”.
“¿Y por qué no nos casamos?”, me preguntó. “Te puedo ver a medio camino. Iré a Colorado. ¿Te parece mañana mismo?”
“Oh, ¿no crees que es demasiado pronto?”
“No”.

Así que al día siguiente nos encontramos en Boulder, Colorado y nos casamos en el jardín de un amigo, vestidos informalmente; yo tenía que presentarme esa misma noche y Lou no se molestó. (Los músicos que contraen nupcias se parecen a los abogados que se casan. Cuando dices, “Carajo, tengo que trabajar en el estudio hasta las tres de la mañana” –o cuando debes cancelar tus planes a fin de cerrar un caso– ya sabes lo que eso significa, así que no tienes que enloquecer).

Creo que existen muchas maneras de contraer nupcias. Algunos se casan con gente que apenas conocen y esto puede funcionar ocasionalmente. Cuando te casas con ese mejor amigo de toda tu vida, quizá debería haber un calificativo distinto para tu relación. Pero lo que me sorprendió de mi casamiento, fue la forma en cómo alteró el tiempo. Y también el hecho de que añadió una ternura de alguna manera completamente nueva. Parafraseando al gran Willie Nelson: “El 90% de la población mundial termina al lado de la persona equivocada. Y esto es lo que le da vida a las rocolas”. La rocola de Lou giró y vivió por el amor, pero también en nombre de muchas otras cosas; la belleza, el dolor, la historia, la valentía, el misterio.

Lou estuvo enfermo los últimos dos años, primero a causa de los tratamientos de interferón, una muy vil pero a veces eficaz serie de inyecciones para combatir la hepatitis C, que, por desgracia, viene acompañada de ciertos efectos secundarios particularmente nefastos. Más tarde desarrolló un cáncer de hígado, coronado por una diabetes avanzada. Siguió practicando tai chi dos horas al día, además de la fotografía, sus libros, las grabaciones, su programa de radio con Hal Willner y muchos otros proyectos. Amaba a sus amigos, a quienes les llamaba, enviaba correos o escribía mensajes de texto cuando no podía estar con ellos. Intentamos comprender y aplicar todo lo que nuestro maestro Mingyur Rinpoche decía, sobre en las cosas difíciles, como por ejemplo, “Debes dominar la habilidad de sentirte triste sin tener que sentirte triste en realidad”.

La primavera pasada, a última hora, recibió un trasplante de hígado que en apariencia funcionaría perfectamente y casi de inmediato, recuperó su salud y su energía. Pero poco después esto también comenzó a fallar y así nos quedamos sin salida. Pero cuando el doctor dijo: “Hasta aquí hemos llegado. No nos quedan opciones”, la única parte que Lou escuchó fue “opciones”. No se rindió sino hasta la última media hora de su vida, cuando súbitamente aceptó su destino; completamente, de un solo golpe. Estábamos en casa –lo había sacado del hospital unos días antes– y a pesar de su extrema debilidad, se mostró tajante porque quería salir y fundirse con la brillante luz matutina.

Como mediadores, teníamos que estar preparados para esto… Cómo mover la energía del estómago hacia el corazón, y de ahí a la cabeza, por donde tendría que salir. Nunca antes había visto una expresión tan maravillosa como la que tenía Lou cuando murió. Sus manos estaban haciendo el flujo de agua 21, un ejercicio de tai chi. Sus ojos estaban abiertos de par en par. Yo abrazaba a la persona que más amaba en el mundo, hablándole mientras moría. Su corazón se detuvo. Él no tenía miedo. Pude acompañarle caminando hasta el fin del mundo. La vida –tan bella, tan dolorosa, tan maravillosa– no puede ser mejor que lo vivido en aquel momento. ¿Y la muerte? Estoy convencida de que el propósito de la muerte es la liberación del amor.

En este momento sólo puedo sentirme inmensamente feliz. Estoy realmente orgullosa de que cómo vivió y murió, de su increíble poder y su enorme gracia.

Estoy segura de que aparecerá en mis sueños, en los que seguramente estará vivo. Y, de pronto, heme aquí de pie, sola, impactada y agradecida. Qué extraño, emocionante y milagroso que podamos cambiarnos mutuamente a tal grado y amarnos tanto a través de nuestras palabras, nuestra música y nuestras vidas reales.



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