Un ruido perfecto


Bono, líder de U2, recuerda la música e historia de Lou Reed


POR Staff Rolling Stone México  



Bono, líder de U2, recuerda la música e historia de Lou Reed

“Poder transformar el dolor en belleza es el sello de un gran artista”
Por Bono

Bono y Lou ReedEl mundo es actualmente mucho más ruidoso, pero el ruido en cuestión no es del tipo que te incita a subir el volumen. El mundo de las palabras es un ahora un poco silente y mucho más tonto, el mundo de la música ya no es tan brillante.

Lou Reed extraía música del ruido. Del ruido de la ciudad. Los camiones que retumban sobre los baches; la pesada respiración del metro, el ruido sordo bajo el suelo; el ruido blanco de Wall Street; el ruido rosa del antiguo Times Square. El neón parpadeante del centro, sus casas de masajes y de tatuajes, bares y cafeterías, las putas y las vallas publicitarias que componen la vida de la gran ciudad.

La ciudad de Nueva York fue para Lou Reed lo que Dublín para James Joyce, el universo completo de su escritura. No tenía que vagabundear más allá de su periferia para hallar material, siempre había allí más que suficiente para sus canciones de odio y amor. De Metal Machine Music a Coney Island Baby, del trabajo realizado junto a The Velvet Underground a la obra creada con Metallica, la ciudad a la que dedicó su vida era una musa superior a cualquier otra. Hasta que Laurie Anderson se adentró en su vida, hace 20 años, podrías ser perdonado si llegabas a pensar que el único amor de Lou era el ruido de la ciudad de Nueva York. Si llegó a pensar que la gente podía ser estúpida, también creía que los neoyorquinos podían ser los más inteligentes de todos.

Nos conocimos en 1986, durante la gira conocida como la Conspiración de la Esperanza, de Amnistía Internacional. Hablaba con The Edge acerca de los sonidos de la guitarra, de los sonidos de una motocicleta con Larry, de James Joyce conmigo y –quizá este recuerdo sea falso– de las relaciones con Adam. En cierta ocasión, con su perfecta voz cansina, Lou comentó que se sentía enfadado consigo mismo por haberle prestado una de sus motocicletas a su novia. Ella tuvo un pequeño percance, dañando el suave aparato de una manera que sin duda molestaba al cantante. Le pregunté cómo seguía su novia. Él me miró secamente y me dijo, “Bono, tú podrías reemplazarla en cualquier momento”.

Su socarronería podía confundirse fácilmente con rudeza, y a Lou le encantaba este malentendido. En cuanto a sus registros hoteleros, su pseudónimo en aquella época era Raymond Chandler. Le pregunté qué era lo que más le gustaba del genio noir de las historias de detectives. “El humor mordaz y la concisión”, replicó. Le pedí un ejemplo: “‘Esa rubia es tan hermosa como un labio partido’. Insuperable”. Luego profirió una sonora carcajada.

Lou ilustró la idea de que el arte puede ser el descubrimiento de la belleza en los lugares más inesperados. Uno de sus temas más famosos, “Perfect Day”, es aún más perfecto porque trata de un adicto a la heroína que pasea por el parque bajo la cálida luz solar, completamente distanciado de los problemas que le condujeron a su adicción. Ha sido cantada seriamente por todo un abanico de voces desde que fuera escrita, en 1972, incluyendo la mía y la de ciertos coros infantiles. Mi dolor es siempre presa de un redoblamiento cuando los escucho cantar el último verso, “You’re going to reap just what you sow”, sin conciencia alguna de la gelidez sugerida.

Transformer fue el disco que me atrapó poco después de su lanzamiento, en 1972. Mi mejor amigo Giggi y yo nos sentábamos durante horas, a fin de escuchar todas esas historias callejeras, creyendo que nosotros teníamos alguna idea de lo que significaba caminar por el lado salvaje. Teníamos 12 y 13 años respectivamente.

La transformación reside en el núcleo del mejor trabajo de Lou Reed: La capacidad o incapacidad de la gente para transformarse. Sabemos que la posibilidad de convertir el dolor en una belleza grandiosa, constituye la marca de un buen artista y sabemos que el desafío habita en el corazón del romance, pero lo que nos fascina no es otra cosa que la ligereza aérea de las canciones de Lou Reed. Globos de metal, con helio dentro, nunca grávidos, a pesar de las temáticas, el humor a media cuadra de la crítica ácida. Magia y pérdida, sin duda. Lou Reed era un alquimista, que podía transformar los metales comunes en oro, el metal pesado en canciones tan disciplinadas que parecían salidas del Edificio Brill; tal y como en realidad aconteció, porque ése es el mundo en el que Lou puso en marcha su carrera.
Lou es el retoño de dos influencias imposibles de subestimar. Una: El talento de sus camaradas de The Velvet Underground, quienes enseguida influyeron sobre cualquier banda que comenzara a pisar la década de los años setenta. (Si quieren pruebas incontrovertibles, sólo tienen que prestar atención a nuestra canción “Running to Stand Still”). Nosotros, U2, nos extasiamos cuando The Velvet decidieron reunirse para realizar unas cuantas presentaciones selectas a principios de los años noventa, incluyendo unas con nosotros. “Pale Blue Eyes” es pura perfección pop.

Dos: El cuentista Delmore Schwartz. Lou retomó este tema unas cuantas veces conmigo e incluso me hizo leer In Dreams Begin Responsibilities. (Lo hice, y es cierto). Asimismo me regaló una colección de ensayos, The Ego is Always at the Wheel. (Es así, lo sé bien). Yo le conseguí una colección de poemas escritos por Seamus Heany un par de meses más tarde. Nuestra última conversación consistió en darnos las gracias.

La música es eterna. La seguirán creando sin él. Fue maravilloso ver a Lou reunido con Bob Ezrin en su Berlin: Live Shows in 2006, y al mismo tiempo enterarse de que su adorado Julian Schnabel estaba filmando y diseñando el set. Creo que en un principio la idea era convertirlo todo en una ópera rock para los escenarios, no para la pantalla. Quizás eso pueda ocurrir ahora, mientras el mundo digiere la seriedad de esta pérdida que hemos tenido que soportar.

Es muy fácil pensar en Lou Reed como si sólo se tratase de una criatura salvaje que colocaba canciones sobre la heroína en las listas del pop, como si fuera un dandy decadente, una lagartija salida de la sala de estar de The Factory de Andy Warhol. Pero esto sería una completa falsedad. Lou era considerado, meditativo y extremadamente disciplinado. Antes de que la hepatitis que pescó como drogadicto retornara, la condición física de Lou era inmejorable. Él aseguraba que esa ligereza y esa clara complexión, eran producto del tai chi. Así es como lo recordaré, una figura tranquila en el ojo de un huracán metálico, un artista que puede sacar raras figuras del abismo amorfo de la cultura pop, un compositor que extrae melodías de la disonancia de lo que Yeats llamó “Esta sucia marea moderna” y, claro, el rostro auténticamente imperturbable del pop. El universo no ríe hoy.



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