Asuntos Internos: ¿A qué queremos jugar?


México deberá cambiar su imagen y lugar en el mundo. Por Gabriel Guerra Castellanos


POR Staff Rolling Stone México  



México deberá cambiar su imagen y lugar en el mundo. Por Gabriel Guerra Castellanos

Durante lustros, los gobiernos mexicanos no han sabido qué hacer con la imagen ni con la política exterior, en otras palabras, con su lugar en el mundo. Es hora de cambiar eso.

Por @Gabriel Guerra Castellanos

Desde sus orígenes, México enfrentó al mundo siempre más como una amenaza que como una oportunidad. Después de la larga peregrinación de los aztecas, que culminó con su asentamiento en la hoy caótica y pizpireta Ciudad de México, las demás llegadas de extranjeros terminaron mal para los de casa: Fueran invasiones y guerras de unos contra otros, la llegada de los españoles primero, de otros europeos igualmente rapaces después o de nuestros afables y expansionistas vecinos del norte; durante siglos, abrir las fronteras era una especie de pesadilla interminable, una suerte de cadena de “spam” incesante en el que cada nuevo arribo era peor que el anterior.

No hay que ser muy profundo o analítico para entender entonces el por qué de la aversión y la reserva mexicana al mundo. La Conquista y la Colonia no se caracterizaron por ser tiernas ni suavecitas en el trato a los pueblos originarios o indígenas, y entre la barbarie de toda guerra y los estragos causados por las enfermedades que importaron los españoles, fue un milagro que la población nativa no fuera totalmente eliminada. Según cálculos conservadores, cerca de dos terceras partes de los indígenas murieron por la espada o la viruela, sin contar los que padecieron (y fallecieron) durante la esclavitud disfrazada de evangelización y los amargos tiempos de la Colonia.

No todos los indígenas se opusieron a la llegada de los españoles, algunos colaboraron voluntaria o forzadamente, pero la historia mexicana no fue precisamente generosa con ellos: Ni la tristemente celebre Malintzin o Malinche –que dio nombre al adjetivo que hoy usamos para hablar de los entreguistas o extranjerizantes– y tampoco los tlaxcaltecas, que no sólo han tenido que cargar con el peso de vivir en un estado tan pequeño que el exceso de velocidad lo lleva a uno a Puebla, sino que además cargan con la probablemente injusta fama de traidores, por haberse aliado con los españoles en contra de sus amos y señores aztecas.

Con muchos trabajos, México se independizó, y le tomó más tiempo en hacerlo que en empezar a ser invadido por todos lados. En distintos momentos y con diferentes pretextos, a europeos y norteamericanos les dio por intervenir en una nación joven, frágil y dividida, que no sabía ni tenía cómo defenderse, y cuyos políticos, cosa rara, estaban más preocupados por sus propios intereses que por los del país.

Un paseo que antes era obligado, y hoy ya no está de moda, es al Museo Nacional de las Intervenciones en Churubusco, en el que se relatan algunas de las más notorias, desde la española inmediata después de la Independencia hasta las estadounidenses de principios del siglo XX, pasando por la francesa de la Guerra de los Pasteles, la de EE UU que resultó en la perdida de la mitad del territorio, la otra francesa para tratar de imponer a Maximiliano como emperador, y una que otra adicional. En resumen, lo que el museo logra, además del relato histórico, es explicar (o alimentar, según sea el caso) la exacerbada paranoia frente al exterior que muchos mexicanos sentían, sienten o sentirán en algún momento de sus vidas.

Pero como somos bien contradictorios, por no decir “contreras”, por un lado nos brota el nacionalismo y lo defensivo, pero por el otro a muchos les da por querer emular o imitar lo extranjero, a veces sólo por moda o seguir la corriente, y en otras porque de plano tenemos alguna tuerca suelta en la cabeza. Sólo así me puedo explicar el afán colaboracionista de muchos paisanos nuestros: Con la corona española o la francesa, con los estadounidenses o con quien estuviera a la mano. Y no hablo de tlaxcaltecas ni de prisioneras mayas al servicio del invasor, sino de quienes activamente se aliaron con los intervencionismos extranjeros. En fin, cada quien con su cada cual.



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