Asuntos Internos: ¿Qué nos pasó?


Hace no demasiado tiempo, viajar al extranjero era una experiencia de lo más normal, incluso grata, para los mexicanos…


POR Staff Rolling Stone México  



Hace no demasiado tiempo, viajar al extranjero era una experiencia de lo más normal, incluso grata, para los mexicanos...

Hace no demasiado tiempo, viajar al extranjero era una experiencia de lo más normal, incluso grata, para los mexicanos. No me refiero al destino en sí, o al viaje como tal, si no al trato que recibíamos a donde fuera que llegáramos…

Por Gabriel Guerra C. (@gabrielguerrac)

Desde el agente migratorio hasta el de aduanas, el taxista, bell-boy o recepcionista del hotel, pasando por meseros, vendedores y demás, nos saludaban amablemente, nos hacían algún comentario agradable acerca de nuestro país, nuestras costumbres, comida, paisaje, playas, telenovelas… Hasta El chavo del ocho era motivo de comentarios simpáticos y bien intencionados, lo cual habla de la generosidad de nuestros anfitriones.

Hoy las cosas son bien distintas. El pasaporte mexicano ocasiona cejas levantadas, preguntas un poco más incisivas, tal vez una revisión adicional. En algunos aeropuertos en EE UU la banda de equipaje destinada a vuelos procedentes de México está como que “apartadita”, un poco como las que en el aeropuerto del DF se utilizan para los vuelos de Centro y Sudamérica. Y no sé si sea paranoia mía, pero como que hay en esas miradas un poco de sospecha o reserva, sin duda, pero también algo de pena o conmiseración.

Obvio que si al pasaporte verde le sumamos algún detalle diferente en el vestir, automáticamente se incrementan las suspicacias. Claro, sólo a mí se me ocurre ir por la vida viajera con sombreros de esos llamados de Panamá, que son más bien de Ecuador, o muy bien hechos en México por mis amigos Tardán (esos que según el viejísimo jingle se usan de Sonora a Yucatán), con lo que atraigo la atención hasta de los policías mexicanos en el aeropuerto.

Y créanme, queridos lectores, no está chistoso que los policías del aeropuerto del DF se le queden viendo a uno, sabiendo cómo se las gastan ahí… Y es que ya no sólo es en el extranjero donde a los mexicanos nos miran con reservas o sospechas. Aquí mismo, sea en chilangolandia o Guadalajara o Monterrey o Tuxtla Gutiérrez o Villahermosa, nos encargamos de vernos los unos a los otros con escepticismo. Con o sin sombrero, aquel señor se nos figura un posible narcotraficante, ese otro un lavador de dinero, la señora una “mula”, el joven y la señorita probablemente políticos compradores o vendedores de votos, tratantes de personas o contrabandistas. El vecino ya se nos hace raro porque cambió de coche, y el encargado de vigilar el parque de la colonia seguramente cómplice de algún asesino serial. Ya no sabemos si la imagen en el espejo es realmente la de alguien de fiar o si se trata de un impostor.

¿En qué momento nos pasó ésto?

México se tardó años, décadas, siglos, en superar la imagen de un país atrasado, plagado de corrupción, en el que el sombrero charro y la hamaca simbolizaban la flojera, la desidia, la cultura del “mañana”. Nuestros vecinos del norte y el sur así nos miraban, nuestros “conquistadores” españoles y sus vecinos europeos también, y por más que la educación oficial se esforzaba por inculcarnos un cierto orgullo por nuestros orígenes y raíces, para muchos mexicanos la palabra indio era usada peyorativamente, lo charro era sinónimo de corriente o pueblerino, y se buscaba más afanosamente el origen en Andalucía que en Tenochtitlán. Eso fue cambiando con el paso de los años. Fuimos dejando atrás muchos de nuestros complejos de país conquistado y derrotado militarmente; supimos encontrarle la cuadratura al círculo de la relación con nuestro vecino incómodo al norte, ese que lo mismo nos generaba atracción que repulsión, envidia de la mala y de la peor; poco a poco empezamos a encontrar nuestro lugar en el mundo, a sentirnos cómodos dentro de nuestra propia piel, a asumir nuestra condición, nuestra identidad de mexicanos. Y lo que uno siente por dentro lo proyecta hacia fuera. Desde principios de los años noventa hasta hace poco, los mexicanos fuimos ganando autoestima, sintiéndonos y siendo más competitivos con el exterior, en muchos aspectos, desde los más triviales hasta algunos un poco más importantes.

El tequila dejó de ser solamente bebida para springbreakers y se convirtió en trago caro en los bares de moda en NY. De la cerveza mexicana ni qué decir, se volvió moda en medio mundo a pesar del proteccionismo y el nacionalismo de muchos. ¿La comida mexicana? Antes se hacían chistes acerca de la “venganza de Moctezuma”, y de repente empezaron a brotar restaurantes de comida mexicana de todos colores, sabores y precios, lo mismo en París o Londres o Madrid que en el vecino EE UU. De los tacos horrendos en tortilla dura precocinada y los burritos, la gente fue conociendo las múltiples variantes de la cocina mexicana, incluyendo también, pues no podían faltar, a los puestos de tacos, muchos de ellos montados sobre elegantes camiones o remolques en EE UU. En uno de esos, en California, nuestro emprendedor paisano no se aguantó las ganas de alburear a los americanos y bautizó a su taquería “Mama Testa’s”.

No todo fue bebida y comida. Las empresas y los empresarios mexicanos incursionaron fuera, y con mucho éxito. Ejecutivos mexicanos ocuparon posiciones de primer nivel en las grandes compañías internacionales, y cada vez más nos encontramos con los logotipos que conocemos desde chiquitos en México en los lugares más remotos y más insospechados. Bueno, hasta en deportes nos fuimos superando, y los antes llamados “ratoncitos verdes” de la selección mexicana de fútbol se convirtieron en… algo más que ratoncitos. Los seleccionados juveniles nos han llenado de orgullo con campeonatos mundiales y ahora una medalla olímpica, y aunque los adultos todavía dejan un poco que desear, ya no hacemos los ridículos de antaño. Y hay vida (deportiva) más allá del “fut”: En clavados, en tiro con arco, en Tae Kwon-Do, en muchas disciplinas atletas de México figuran ya cotidianamente en los medalleros, con enorme esfuerzo personal y generalmente poco apoyo de los funcionarios que luego se quieren colgar las medallas ajenas. Y entonces, con todas esas cosas positivas, ¿qué nos pasó? ¿Por qué nos ven ahora medio feo?

La respuesta obvia y evidente –que no la única– es la del narcotráfico y la violencia que lo acompaña. Esto no es nuevo, llevamos ya varios años, desde antes de que iniciara el sexenio de Calderón, viendo cómo poco a poco la violencia se volvía cotidiana en algunas zonas del país pero, sobre todo, cómo muchos personajes vinculados al crimen organizado fueron infiltrándose en todos los aspectos de la vida cotidiana.



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