Asuntos Internos: El Señor de los Ajustes


¿Alguien sabe dónde está el gasto público? Por Antonio Navalón


POR Staff Rolling Stone México  



¿Alguien sabe dónde está el gasto público? Por Antonio Navalón

Se necesita primero no olvidar, que el gasto público es en cualquier lugar del mundo la sangre que corre por las venas del cuerpo económico de los países

Por @Antonio Navalón

Eran los años treinta, en medio de la gran crisis que se desencadenó tras el Jueves Negro, cuando el autor británico J. R. R Tolkien se puso a escribir su celebre trilogía El Señor de los Anillos.

Eran los años treinta cuando el desempleo, la ineficacia y el fracaso del sistema económico conocido, estaban alumbrando a los Sauron de nuestra época: Adolf Hitler, Josef Stalin y Benito Mussolini.

Eran los años treinta cuando se vivía una terrible crisis económica, por lo que un hobbit tuvo que luchar para evitar que el mal triunfara.

Desde la llamada Gran Depresión, en la historia del mundo no ha habido una crisis tan recurrente, tan estructural, tan sistémica y tan global como la que se desencadenó en 2008.

Aquel día de septiembre en el que, como se narra en el libro escrito por Andrew Sorkin Too Big to Fail, Henry Paulison secretario del Tesoro de Estados Unidos, tuvo que dejar caer Lehman Brothers simplemente porque el Departamento de Estado y la Casa Blanca, no hicieron a tiempo la llamada oportuna al Foreign Office inglés para que Barclays lo comprara… La historia del mundo cambió.

Cinco años después de iniciada la gran recesión, México vive una era de esperanza. En nuestro país, como en aquellos que presentan grandes déficits de igualdad social, que cuenta todavía con un bono demográfico importante y muchas cosas por conquistar, cada cambio de gobierno –como el experimentado en México en 2012– significa una nueva ilusión.

Sin embargo, hay que ser conscientes de que, nunca como antes, los gobiernos tienen tal grado de ignorancia sobre cómo tratar una economía globalizada, que no están siendo capaces de encontrar una solución universal.

En México, la esperanza política que supuso el Pacto por México se ve cada día, cada semana, cada quincena torpedeada por la no activación de la actividad económica.

Como mexicanos, no necesitamos ni estamos afectados por lo que Angela Merkel ha impuesto en Europa, que es una salud ideal que sólo podrán cumplir quienes sobrevivan. Tampoco la necesitamos, porque no tenemos afortunadamente esa división, ni luchar mucho para redefinir el alcance de nuestra deuda dentro de una guerra cainita entre los dos partidos políticos que componen el esquema del gobierno de Estados Unidos.

No es que estemos solos. No es que seamos independientes. ¿Qué país lo es? Pero sí es verdad que resulta incomprensible no observar los casos del crecimiento. Tal vez la crisis haya llegado ya a tal punto que nos atenaza a todos. Claro que mucho peor que deber, es no tener nada con qué pagar.

Y da la sensación de que el mundo en la otra gran crisis –la originada en 1929– se la jugó por el triunfo entre el bien y el mal. 80 millones de muertos en la Segunda Guerra Mundial atestiguan el nivel de frustración y de problemática que llegamos a alcanzar tras la Gran Depresión.

Por fortuna, hasta ahora, la crisis originada en 2008 no ha generado a los hijos del crack: entre los buenos, Roosevelt; entre los malos Hitler, Mussolini, Stalin y los sistemas autoritarios.

Ahora, cuando vemos al Señor de los ajustes, cuando observamos lo que está pasando, parece un gigantesco espectáculo de anfibios, donde, en vez de luchar los pueblos han decidido dirigirse a las playas y suicidarse colectivamente.

No está claro al final de la historia qué es mejor, si una guerra mundial con 80 millones de muertos o la eliminación masiva de la esperanza de los pueblos.

De cualquier manera, en el caso mexicano, queda claro que en tiempos de Twitter las esperanzas duran poco. Que como entendió muy bien Lula, ex mandatario brasileño (personaje tan grato a los oídos y al recuerdo político del actual gobierno mexicano), cuando uno está en racha debe aprovecharla hasta conseguir que la ilusión del momento se convierta en realidad traducida en cifras.



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