Asuntos Internos: Cómo dos ‘geeks’ alienados y enojados nos dieron la historia del año


Glenn Greenwald y Edward Snowden. Los hombres que revelaron los secretos


POR Staff Rolling Stone México  



Glenn Greenwald y Edward Snowden. Los hombres que revelaron los secretos

Por Janet Reitman

Una mañana del pasado diciembre, Glenn Greenwald abrió su laptop, revisó sus correos y tomó una decisión que casi le cuesta la historia de su vida. Columnista y bloggero con un gran séquito de seguidores, Greenwald recibe cientos de correos cada día. Así que el primero de diciembre de 2012, Greenwald recibió una nota de una persona pidiendo su Public Encryption Key para poder mandarle un mail de manera segura. Greenwald, que estaba trabajando en un libro acerca del control mediático en el discurso político, mientras también escribía su columna para The Guardian, tenía cosas más urgentes que hacer.

Así que ignoró la nota. Poco tiempo después, la persona misteriosa le envió un detallado instructivo codificado. Después le mandó un video que Greenwald describe como “codificación para periodistas”, el cual lo “llevó de la mano en el proceso como si fuera un completo idiota”.

El jueguito duró un mes. Finalmente, después de tratar y fracasar en llamar la atención de Greenwald, la fuente se rindió.

Pasarían seis meses para que Greenwald volviera a saber algo de aquélla fuente anónima gracias a su amiga y documentalista Laura Poitras, a quien la fuente había contactado sugiriendo que hiciera un equipo de trabajo con Greenwald. En junio los tres se reunirían en un cuarto de hotel en Hong Kong donde Edward Snowden, la fuente misteriosa, les daría miles de documentos secretos. Ha sido “la situación más comprometedora en la historia de la información clasificada y de inteligencia estadounidense”, como dijo el subdirector de la CIA, Michael Morell, exponiendo el aparente alcance ilimitado de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) y desatando un debate global acerca del uso de la vigilancia –tentativamente para luchar contra el terrorismo- contra el derecho a la privacidad.

Greenwald era antes abogado, cuya defensa mesiánica de las libertades civiles lo hizo un héroe entre los círculos de izquierda. Famoso por ser combativo, vive para “hacer enojar a la gente”, como dice uno de sus colegas.

Por su parte, Snowden tenía una visión idealizada de Estados Unidos y su papel en el mundo. Profundamente afectado por el 9/11, Snowden se enlistó en el Ejército en 2004 esperando unirse a las Fuerzas Especiales y pelear en Irak. “Creía en el bien que estábamos haciendo”, dice. “Creía en la nobleza de nuestras intenciones de liberar a la gente oprimida de otros países”. Pero pronto se decepcionó: “La mayoría de las personas enlistadas parecía emocionada de matar árabes, no de ayudar a los demás”, comenta –y meses después de empezar su entrenamiento en las Fuerzas Especiales, se rompió ambas piernas y tuvo que abandonar.

De regreso en Maryland en 2006 consiguió trabajo de técnico computacional para la CIA. En 2007 fue enviado a la estación de la CIA en Ginebra, donde le empezó a molestar mucho de lo que veía en la Agencia. También recuerda, en una entrevista para el New York Times, la venganza de un directivo cuya autoridad alguna vez cuestionó. Eventualmente dejó la CIA “experimentando una crisis de consciencia”, como recuerda uno de sus amigos. Pero Snowden también aprendió una valiosa lección: “Intentar trabajar en contra del sistema sólo lleva al castigo”.

Después de que Obama fue electo, Greenwald se separó de muchos de sus antiguos aliados liberales jurando ser tan duro con el nuevo presidente como lo había sido con su predecesor. Fue particularmente crítico de la política de Obama que volvía inmune a los funcionarios que cometieron delitos durante la administración de Bush.

Este “sistema de justicia de dos niveles”, como lo pone Greenwald, fue especialmente notable en un ex oficial de la NSA llamado Thomas Drake, de quien Greenwald escribió en 2010. Drake es famoso en los círculos de “soplones” por proporcionarle al Congreso información sobre programas de vigilancia posteriores al 9/11 y divulgar información de mala administración dentro de la NSA. En 2010 fue acusado de espionaje y mal manejo de información clasificada, aunque el caso en su contra se cayó. Sin embargo, la investigación le costó su trabajo, agotó sus ahorros y arruinó su reputación. Para Greenwald y para Snowden, Drake sería una moraleja de lo que le pasa a los disidentes que trabajan dentro del sistema.

El 11 de septiembre, que casualmente fue el primer día de Drake en Fort Meade, alteró la ecuación. Drake explica el cambio en dos sentidos: El primero fue una masiva expansión de las capacidades de espionaje de Estados Unidos cuando la Agencia se “desapegó de la Constitución” y empezó a espiar tanto a estadounidenses como extranjeros, en su territorio y fuera de él. El otro cambio, que se sintió en toda la comunidad de inteligencia, fue la rápida expansión de la NSA misma.

Para el momento en que Snowden se unió a la fuerza de trabajo de la NSA, la vigilancia que más tarde expondría no sólo se estaba institucionalizando, sino se estaba volviendo un gran negocio. Sin embargo, este sistema tenía sus propios problemas internos. “Cuando contratas a todos estos contratistas para llevar las funciones que inherentemente son del gobierno, necesitas documentos que autoricen este tipo de accesos y operaciones”, Drake dice. Los documentos que alguna vez habían sido secretos y a los cuales sólo algunos cuantos podían acceder en cajas de seguridad, ahora estaban siendo digitalizados y reunidos en registros electrónicos que sustentaban la completa arquitectura de la seguridad nacional.



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