Frontera de la Locura: Cruzando la línea con los vigilantes antiinmigrantes de Arizona


Frontera de la Locura: Cruzando la línea con los vigilantes antiinmigrantes de Arizona


POR Staff Rolling Stone México  



Frontera de la Locura: Cruzando la línea con los vigilantes antiinmigrantes de Arizona

Por Damon Tabor

Las ventanillas están bajas y Piggy está cantando. Nailer, Orlog, Jester y Icon van adelante, volando por la carretera en la camioneta blanca de Nailer; hay una bandera estadounidense puesta de cabeza en la defensa trasera. Estamos cazando mexicanos.

Nailer, de 53 años, es el líder del grupo. Las largas horas en el desierto de Arizona lo han reducido al hueso y su piel se ha puesto color cuero estribo. Su espalda trae un enorme tatuaje de Don Quijote derrotando un ejército de esqueletos. Otro, de su perro muerto llamado Budwerd, está hecho en tinta negra mezclada con las cenizas del animal. Nailer y los demás hombres están ataviados con camuflaje y corazas. Tienen armas de bolsillo, radios y chalecos de estrategia cargados con revistas extra; todos, a excepción de Piggy, llevan rifles de asalto AR-15. Piggy, un libertario de 39 años con cabello hasta la cintura y dos “esposas” paganas, prefiere un exótico Fabrique Nationale belga. La radio trina. Junkyard, un desgarbado veterano de Vietnam con el cabello descuidado, va en el asiento del pasajero, apunta su rifle por la ventana (como los otros hombres, él usa su alias para la radio mientras patrulla). Wraith, un mecánico de voz suave que viaja en el asiento trasero del Jeep, observa el escenario. A varios kilómetros hacia la derecha está México; a la izquierda hay una gran parte del desierto de Sonora. Atravesamos el Valle de Altar, un corredor angosto de 84 kilómetros conocido como el Camino de la Amnistía o el Callejón de la Cocaína, por el flujo de drogas y de migrantes indocumentados que ingresan por ahí a Arizona.

En los últimos años, al menos una docena de grupos como el de Nailer han empezado a patrullar de forma agresiva la frontera del estado. Algunos están bien financiados y organizados: Un grupo llamado Project Bluelight es dirigido por un ex mercenario que entrenó a rebeldes nicaragüenses en el escándalo Irán-Contra. Otros simplemente están trastornados: J.T. Ready –un integrante de la marina, neonazi que fue llevado ante la corte marcial dos veces, que fundó un grupo llamado U.S. Border Guard– le disparó y mató a su novia, a la hija de ella, al novio de la hija y al bebé de 15 meses en mayo, antes de apuntarse a sí mismo. Algunos de los que se unen a las milicias fronterizas están indignados por la inmigración y el contrabando de drogas; otros tienen hambre de ser vistos o les gusta andar por el desierto con un rifle. Para cierto tipo de hombre blanco agraviado, el desierto de Arizona ofrece una oportunidad única de ponerse a mano.

De muchas formas, estos grupos parecen funcionar como una unidad auxiliar a la patrulla fronteriza –aunque hay una que opera a lo largo de una importante frontera internacional, sin supervisión o capacitación alguna. La agencia ha desacreditado en público a los grupos fronterizos, pero la realidad es más compleja: Los vigilantes (quienes lo hacen por mano propia) comparten información con agentes de campo y les notifican acerca de misiones. Algunos, como Nailer, dicen tener relaciones cercanas con la “Inteligencia de la Migra”. En un caso del que fui testigo, las agentes se asociaban activamente con un grupo fronterizo para aprehender a inmigrantes indocumentados que habían cruzado la frontera recientemente.

“¡Tenemos a una persona!”, grita Piggy, apuntando a los cerros que tenía hacia el norte. Para este tipo de momentos viven estos hombres: Cazar inmigrantes ofrece un poco más de emoción que el trabajo de Piggy, que da clases en una universidad técnico-vocacional.
“Él es un BP”, dice Wraith, queriendo decir que es un agente de la Patrulla Fronteriza, o migra. “No”, contesta Piggy. “Tiene jarrones de agua”.

Más adelante, la camioneta de Nailer se detiene en medio de una nube de polvo. Nailer y Jester, un chaparro pero corpulento cargador de grúas, bajan con sus rifles y cruzan la carretera. Orlog, un delgaducho telefonista en una fundación para el lupus, los sigue de cerca. Un hombre con ropa oscura está parado en los árboles a varios cientos de metros. “Es un explorado – ¡está vestido de negro!”, grita Nailer, aunque muchos inmigrantes que no tienen nada que ver con el narcotráfico visten ropa oscura para cruzar la frontera durante la noche.
El hombre empieza a correr colina abajo hacia nosotros. Nailer corta hacia la izquierda, luego corta por el costado de un cauce pedregoso para interceptarlo. Por un momento incómodo, los dos hombres se miran en medio de un río seco.

“Levanta las manos”, ordena Nailer. El hombre levanta las manos y Nailer lo esculca, para sacarle una identificación de su bolsillo.
El hombre se llama Fermín y tiene 43 años. Tiene una cara ancha, redonda y cabello grueso y oscuro. Viste pants negros y una playera de polo negra. En la mano derecha trae un garrafón de agua casi vacío. Suda mucho y luce exhausto.

Nailer conduce a Fermín a la carretera donde los demás esperan. “Nadie le apunte su rifle”, ordena. Le entrega a Fermín una botella de agua y señala hacia la parte trasera de la camioneta. Fermín, que iba a Los Ángeles para reunirse con su hermano, se sube, se sienta y toma de la botella, casi sin respirar. Cada año, cientos de personas mueren tratando de cruzar la frontera; Nailer dice que el hombre es un “rescate”.

Una hora después, luego de explorar un camino de contrabando cercano, lleno de mochilas descartadas, nos detenemos junto a tres camionetas blancas con la franja verde diagonal de la Patrulla Fronteriza. Nailer entrega a Fermín a los agentes. Un oficial se acerca con ropa blindada y un audífono de chícharo. “¿Qué pasa?”, pregunta bruscamente. “Les venimos a dejar a un sicario”, dice Nailer, en su natal inglés, excepto por la palabra sicario.

El agente mira a Fermín. “¿Qué onda?”, le pregunta en español. “¿Estás listo?”
“Sí”, dice Fermín. Los agentes lo meten a una caja metálica en la parte trasera de una camioneta.
“Pobre tipo”, dice Wraith cuando agarramos carretera otra vez.
“Al menos no está muerto”, responde Piggy. “Podemos decir que salvamos una vida este fin de semana”.



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