Josefina Vázquez Mota, en busca de la Presidencia de la República Mexicana


Josefina Vázquez Mota, candidata del PAN por la Presidencia de la República Mexicana, habla acerca de su vida y su propuesta política


POR Staff Rolling Stone México  



Josefina Vázquez Mota, candidata del PAN por la Presidencia de la República Mexicana, habla acerca de su vida y su propuesta política

Por Daniel Krauze

“Intentar conocer a un político en campaña a través de una entrevista es como buscar detalles de la vida personal de un actor mientras actúa en un escenario”. Esto es lo primero que escucho, de boca de un amigo, después de que Rolling Stone me pide que entreviste a Josefina Vázquez Mota. Y es lo primero que me viene a la -mente como advertencia, como presagio– cuando me sacudo la lluvia y, vestido como si fuera a la boda de mi hermano, entro al hotel Marriott y me enfilo al Club de Industriales para entrevistar a la primera candidata mujer con posibilidades de ganar una elección presidencial en México.

Han sido días ocupados para Josefina Vázquez Mota. Un día antes de la entrevista, en la mañana del domingo, acudió a su toma de protesta en el “Estadio Azul”. Las redes sociales llamaron “acarreados” a los pocos que se dieron cita en el lugar. Hoy está aquí, en el Club de Industriales, a punto de finalizar una charla que (por el número de invitados que arrojan vistazos furtivos al reloj de sus celulares) parece haber comenzado hace más de una hora . Diversos empresarios toman la palabra cuando la candidata termina de hablar. Se ponen de pie y sueltan híbridos de opiniones y preguntas: 90% de lo primero, 10% de lo segundo. Más que interesarles lo que Vázquez Mota pueda responder, les importa hacerse notar y expresar su punto de vista de la manera más rebuscada. Ahí se nota el “callo» de la candidata. Responde a preguntas que no tienen ni pies ni cabeza con una retórica que no parece ensayada sino fresca, como si fuéramos los primeros en escuchar sus proyectos. Sus respuestas revelan a una experta en orientar cuestionamientos enmarañados hacia las ideas que a ella le interesa poner sobre la mesa. Una pregunta –casi en Arameo de tan confusa– sobre su paso por la Sedesol, la lleva a hablar sobre asuntos de seguridad nacional; otra –más larga que la Cuaresma– culmina con el lema que, tanto en Twitter como en mi entrevista, la candidata ha adoptado para hoy: “Por un México de ciudadanos con poder y libertades, sin prebendas ni privilegios”. No es la primera vez que escucharé esto de “sin prebendas ni privilegios”.

Más que entusiasmarme, me preocupa la habilidad de Vázquez Mota para redirigir cualquier conversación hacia sus temas. Me parece una evasión. Tomo asiento en un sillón de piel en una esquina recóndita del salón y saco la hoja en la que apunté las preguntas, revisándolas minuciosamente en busca de alguna señal de alerta, algún meandro por el cual se me pudiera escabullir la entrevistada y, con ella, los escasos 40 minutos que tengo para entrevistarla. Finalmente concluye la plática, me pongo de pie y sigo las instrucciones de un “elemento” del equipo de Vázquez Mota.

“Ahí sube las escaleras y en uno de esos cuartos espérate”.

“¿En cuál de todos?”, pregunto, y el hom- bre se encoge de hombros mientras sus pul- gares juguetean con su BlackBerry. “No sé, no sé. Pero es allá arriba”.

Las escaleras llevan a la intersección entre dos pasillos. En cada uno de ellos hay, al menos, cinco salones. Decido abrir cada puerta en busca de mi fotógrafo, al que jamás he visto. Finalmente lo encuentro en el penúltimo salón: Un rectángulo angosto, dominado por una mesa de madera oscura y seis lugares que nadie usará, a pesar de que el fotógrafo cree posible que nos inviten a cenar después de la entrevista. Al fondo hay un sillón y dos mesitas. El fotógrafo me pide que me ponga de pie y dos hombres –el de la BlackBerry y otro, más joven y sonriente– entran al cuarto.

A un paso de la puerta, Vázquez Mota abraza a una niña de 10 años. Tras el instante de efusividad, la señora entra al cuarto y es recibida por el fotógrafo, con quien aparentemente ha trabajado antes. Yo la espero, sin decidir cómo acomodar los brazos, a un metro de distancia, ensayando el saludo en mi cabeza. No estoy acostumbrado a estos encuentros políticos, no han sido parte de mi vida. Elijo un “Josefina, muchísimo gusto”, mientras el hombre de la BlackBerry me presenta, haciendo énfasis en mi apellido. La estrategia para romper el hielo funciona: Mi hermano León acaba de entrevistar a la candidata en Los Ángeles, apenas dos días antes de mi visita al Club de Industriales.

Ataviada con un impecable vestido blanco que bien podría usar Michelle Obama y con brazos y piernas firmes como los de una instructora de Pilates, Vázquez Mota toma asiento a la mitad del sillón de piel, mientras yo me acomodo sobre una de las mesas. El fotógrafo distribuye luces, dispara flashes, zigzaguea entre tripiés y cables. Yo saco mi grabadora prestada, desdoblo el arrugado papel en el que anoté las preguntas y empezamos a hablar de su infancia.

En el transcurso de la entrevista me daré cuenta de que Vázquez Mota tiene tres sonrisas que, entre ellas, ocupan casi toda la gama de sus gestos. Rara vez veré a sus labios esbozar algo que no forme parte de esa alegre triada. Sí, su semblante se tornará brevemente serio mientras habla de la desigualdad social en México, pero en general responderá con los labios extendidos de oreja a oreja. Tiene una sonrisa esperanzadora y reconfortante, reservada para hablar de proyectos políticos; otra, lúdica y más cálida, con la que responde preguntas sobre sus intereses personales; y la última, maternal, salpicada de nostalgia, cuando se refiere al pasado. Ésa es la sonrisa que emplea cuan- do habla de su infancia, de siete hermanos peleándose por escoger un programa en la única televisión de su casa; de aquellas visitas con su padre a La Alameda, para comprar libros; de cómo heredaba los uniformes de la escuela que sus hermanas habían usado.

“Ni siquiera me daba cuenta de qué tanto teníamos o no en lo material; éramos una familia muy tradicional, muy unida. Recuerdo mi niñez con una gran felicidad, mucha paz, vacacionando en Teziutlán, Puebla, de donde son mis papás”, me dice, y ni sus ojos ni sonrisa se inmutan frente al octavo flash de nuestro fotógrafo.

Le pregunto por sus pasatiempos. Vázquez Mota no duda en mencionar la lectura. Mujercitas. Las llaves del reino. Agatha Christie. Y ya más grande y a escondidas de su padre: El Padrino.

Por la velocidad con que toca el tema de los libros dudo de sus respuestas. Después de todo, México es un país que, a pesar del bajísimo nivel educativo, vive preocupado por la cantidad de libros que se compran y se leen. El país que, famosamente, hizo trizas a Enrique Peña Nieto por tardarse una eternidad en mencionar su libro predilecto en la Feria del Libro de Guadalajara. ¿Tenía Josefina la respuesta ready made? Lo cierto es que, a pesar de la sonrisa inamovible, finalmente le creo. No necesito preguntarle el destino de Don Corleone para cerciorarme de que dice la verdad. Así como también le creo sus gustos musicales de adolescencia y juventud. Los hermanos Carpenter, Creedence, Agustín Lara, Donna Summer.

“¿Y ahora?”, le pregunto.

Lupita D’Alessio. Silvio Rodríguez. Joan Manuel Serrat. Pablo Milanés. Eugenia León. Joaquín Sabina. ¿Cómo no creerle? Imagino que de haber llevado a cabo una encuesta sobre los gustos musicales de Josefina, el 95% de los encuestados hubieran incluido a la trova y a la D’Alessio.

De gustos personales brincamos a los recuerdos de la ciudad de México, en la que creció. Aquí, Vázquez Mota sienta las bases para desplegar su tema central: La necesidad de ampliar la libertad para el mexicano del siglo XXI. Le pregunto cómo ha cambiado México desde su infancia y, quizás porque creció en una casa con ingresos modestos, lo primero que menciona es que “ahora todas los hogares cuentan con más de un televisor”. Pero, ¿qué era mejor antes?, insisto. Y la candidata no duda: La libertad de movimiento que gozaba cuando era niña. “Uno iba solo a la papelería a comprar las estampas del colegio; uno iba sola a comprarse sus dulces a la tiendita de la esquina. Nunca escuché a mi mamá decir: ‘Cuídate’.

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La entrevista Rolling Stone a los precandidatos

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