Las huellas de México


Durante una reciente visita a la Ciudad de México conversamos con Lydia Cacho en exclusiva sobre las heridas que ha dejado en ella una vida marcada por la infamia.


POR Jovel Álvarez  



Foto: Jovel Álvarez

Después de tres meses de escritura desesperada, Lydia Cacho llegó a un pequeño edificio de Polanco, en la Ciudad de México, para entregar su libro Los demonios del Edén. Era 2005, y en sus brazos iba cargando decenas de fólderes con las evidencias que documentaban la red de pornografía infantil que operaba en Cancún bajo la protección de políticos y empresarios de alto perfil. Al entrar a la oficina de su editorial, la periodista decidió no usar el elevador, sino subir por las escaleras. Corrió y llegó al cuarto piso agitada, agotada. Entró a la sala y todos le preguntaron por qué entraba así. En ese momento Cacho se dio cuenta de que aquello era un reflejo de lo que en realidad hacía: ya corría para salvar su vida.

El objetivo de ese libro, de acuerdo con Lydia, era “contar una historia que tenía que ser contada y salvar las vidas de estas niñas y niños que estaban bajo riesgo”. Nadie estaba tan consciente en ese momento del escándalo que vendría como Lydia. “Estaba segura de que iba a venir una crisis enorme, que en la editorial no creyeron que fuera a llegar, pero se las advertí”, dice. Y así fue.

La periodista fue secuestrada meses después por policías poblanos en Cancún que tenían la orden de torturarla, asesinarla y tirar su cuerpo al mar. Sin embargo, la presión ejercida por la prensa durante su traslado de más de 20 horas por tierra hizo que llegase con vida a Puebla, adonde la esperaba una venganza orquestada por uno de los empresarios denunciados en su libro y por el “Góber precioso”. Cacho pasó por tortura física, psicológica y sexual, y su liberación bajo fianza se consiguió sólo porque la opinión pública ya estaba convulsionada ante su detención. A esto le siguió un extenuante proceso judicial.

Han pasado 12 años desde aquella infamia, de la que quedó una mujer que hoy ve sus innumerables heridas de guerra y reflexiona sobre ellas.

Lydia ha perdido al menos a 17 amigos y amigas periodistas en manos del narcopoder, ha sobrevivido a tres intentos de homicidio, dos atentados, al menos 17 amenazas de muerte y ha huido del país en cinco ocasiones para salvar su vida.

Foto: Jovel Álvarez

“Nunca me he sentido blindada, pero hay una parte del cerebro que funciona así para sobrevivir y seguir adelante. Entonces me cuento a mí misma que sí, y le cuento a mi familia que sí, y mis amigos me dicen que sí, y así estamos todo el tiempo, contándonos esa historia, porque de otra manera viviría en la crisis perenne. Sí queda la sensación de agotamiento emocional y vital, y a veces estás buscando la esperanza a tu alrededor y es difícil asirte de algo o de alguien”, comenta.

Aunque del pasado quedan solo cicatrices, algunas duelen ocasionalmente.

“El día que estaba en el larguísimo careo con el comandante de la policía que me torturó, algo sucedió. Hubo una pregunta en la que me empezaron a doler muchísimo las muñecas. No tiene mucho sentido, pero tiene que ver con haber estado esposada, la tortura, y las 20 horas en el auto con los policías. Entonces el cuerpo lo revive aunque la mente intente retrasar ese recuerdo u olvidarlo”, comenta.

Para esta mujer mirar sus heridas resulta indispensable. “No reconocer tus heridas, no trabajar en ellas, no llorarlas, ni sanarlas, te puede convertir en un tirano”, afirma.

Pese a la nobleza que motiva sus acciones, Lydia ríe distendida cada vez que la palabra “heroína” llega a sus oídos.

“En nuestra cultura y en nuestro acervo literario el héroe o la heroína siempre son seres que terminan en la soledad o en el abandono, y por eso tal vez me da tanta preocupación la palabra héroe”, afirma. “No creo que soy una persona excepcional. Pienso que he trabajado muchísimo para lograr todo. Lo que se ve es apenas la punta del iceberg de todo el esfuerzo que he hecho y todo lo que he cultivado para llegar a hacer todo lo que hago. Cuando le dices a las demás personas: ‘Mira, ella es especial, tiene algo que nadie más tiene y por eso es tan valiente y tan heroica’, le estás diciendo a la sociedad que solo seres excepcionales pueden cambiar el mundo y no creo que eso sea cierto”, asevera.

Lydia es una mujer que encara la adversidad y le dice la verdad de frente. “Con los años he aprendido que cuando me he enfrentado a los mafiosos y les digo las cosas mirándolos a los ojos, como a Kamel Nacif, se quedan sorprendidísimos y no saben cómo reaccionar porque uno de los efectos de la violencia es justamente que te arrodilles frente a ellos”, reflexiona.

Foto: Jovel Álvarez

La ruptura del paradigma de los medios de comunicación tradicionales es uno de los logros que más enorgullece a Cacho, aunque el precio de ello sigue pagándolo. “Lo estamos pagando nosotros y lo están pagando ustedes y lo va a seguir pagando probablemente una generación más hasta que logremos que esos viejos dueños de estos emporios mediáticos que se resisten a romper sus vínculos con los narcopoderes y con todos los demás poderes políticos y empresariales corruptos, se mueran”, dice.

La nula protección de los medios a sus periodistas, los constantes asesinatos y la rampante impunidad, son el espejo del México de hoy, y de acuerdo con Cacho “van a pasar muchísimos años y probablemente muchas generaciones para que se pueda transformar y dependerá de la persistencia y la resistencia, tanto de la prensa como de la sociedad civil organizada. Va a ser mucho más difícil romper los esquemas de corrupción, porque lo que sucede es que esto que llaman el síndrome del quemado, que tenemos la mayoría de mexicanos, lleva a la gente a irse dando por vencida pedazo a pedazo”, afirma.

Lydia Cacho encarna un paradigma nuevo, el de una mujer empoderada y valiente que pese al dolor, busca demostrarse a sí misma que la vida todavía importa.



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