Pólvora como música de fondo


Siria, el mundo árabe y su problemática, vista desde las entrañas. Por Carlos Loret de Mola


POR Staff Rolling Stone México  



Siria, el mundo árabe y su problemática, vista desde las entrañas. Por Carlos Loret de Mola

Hace dos años, un grupo de ellos hizo una pinta callejera contra el régimen de Siria. El presidente Bashar al-Assad respondió mandándoles cortar las uñas. Desde entonces, han muerto 70 mil personas, medio millón han huido de su país, dos millones han abandonado sus hogares y el mundo entero está preocupado por Siria… pero sólo un poquito.

Por @Carlos Loret de Mola A.

Mi pasaporte tenía un tesoro. Enterrada en la página 16, con el escudo de Michoacán como sello de agua, una visa para periodistas con la que la República Árabe-Siria me permitía el acceso a su territorio con un camarógrafo y un productor.

Siria no tiene embajada en México, así que el papeleo debe cubrirse –$66 dólares– en la representación diplomática en Washington, claro, cuando está abierta. Muchos funcionarios han huido y desaparecido, temerosos de que el régimen al que sirven termine enjuiciado por crímenes contra la humanidad, luego de haber disparado indiscriminadamente contra civiles que protestan contra el actual presidente, Bashar al-Assad, quien lleva poco más de una década en el poder que heredó de su papá, acumulando la familia más de 40 años en la cima.

Con una visa en el pasaporte, se puede tomar un vuelo que aterrice en Damasco, ciudad capital, totalmente bajo control del régimen de Assad.

Hay otra manera de entrar a Siria: La ilegal. La frontera norte, que colinda con Turquía, no está bajo control del régimen de la familia Assad: Es territorio de los rebeldes. En los poblados fronterizos, ex combatientes se dieron cuenta que deja más el negocio de traficar personas que andar jugándose la vida por tumbar a un gobierno.

Un vehículo con placas sirias cobra $150 dólares por cada persona que ingresa al país por carretera, sorteando los retenes, circulando entre poblados dominados por los rebeldes, hasta llegar a la segunda ciudad más importante de Siria, Alepo.

En síntesis, por tierra es más fácil llegar al bastión de los rebeldes. Por aire, al del régimen. Para moverse de un lugar al otro, es más seguro salir del país y volver a entrar, que tratar de cruzar por dentro.

El Camino de Damasco

El avión de Egypt-Air casi vacío aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Damasco. En cada pared, puerta, columna, en los pines que pellizcan las solapas de los burócratas, como estampita pegada en los escritorios de Migración, la cara del presidente Bashar al-Assad de traje, de sport, de campesino sembrando un árbol de esperanza, de militar con un avión de combate atrás y unos lentes oscuros de Top-Gun.

Los símbolos del autoritarismo brotan en un gobierno que mantuvo durante 50 años una Ley de Emergencia que le daba todo el poder sin contrapesos. Las primeras protestas fueron para pedir su derogación. El régimen las recibió a tiros, encarcelamientos políticos, torturas y masacres en las que pagaron juntos idealistas, rebeldes, revolucionarios, hombres, viejos, mujeres y niños. “I love Bashar”, de nuevo la cara gentil del mandatario, reza un souvenir.

La terminal aérea está situada a 13 kilómetros del centro de la ciudad. El concierto de Damasco inicia al poner el primer pie fuera del edificio: Aproximadamente, cada 10 minutos hay una explosión. Todo el día, toda la noche. Son morteros y misiles que intercambian en ocasiones régimen y rebeldes, en una guerra de guerrillas que no tiene un frente de combate fijo e identificable, sino que se desarrolla en medio de barrios llenos de casas y departamentos, comercios y escuelas.

No es una guerra convencional con soldados uniformados que recorren distancias inimaginables cargando una mochila camuflada, que se esconden en trincheras cuando hay ataques aéreos y van conquistando o perdiendo ciudad por ciudad.

En Siria, de pronto los rebeldes (que visten todos diferentes, se transportan en los coches que les donan y disparan lo que consiguen) lanzan un cohete y desaparecen del mapa amalgamándose entre los civiles. Pasan unos minutos. Repentinamente, un avión del régimen dispara un misil a un departamento donde cree que están sus enemigos. Pasa, y el ruido urbano habitual prevalece. A veces, las explosiones se escuchan a lo lejos, y en otras ocasiones son tan cerca que dan miedo.

La gente ha terminado por acostumbrarse: Jovencitas en la salida de la secundaria chatean en sus teléfonos inteligentes. Ya no les sorprende que una brutal detonación haga vibrar el suelo y los coches, los salones de clases y la reja que los separa de la calle; ellas continuarán indolentes con sus pícaras sonrisas y sus falditas escolares coqueteando con los novios, chismeando con las amigas, atadas sus manos, dedos y miradas al aparatito de telecomunicaciones.

Durante el día, hay tráfico y están abiertos los comercios y empresas que han logrado sobrevivir a la crisis económica asociada a una guerra que –este 20 de marzo de 2013– cumple dos años de edad. Circulan mejor el dólar y el euro que las libras locales.

Una gran cantidad de establecimientos venden teléfonos celulares. Los aparatos y sus tarifas de tiempo aire son económicos, la señal es estable y las llamadas no se cortan. Internet funciona de manera intermitente.

En Damasco, la vida sigue… con pólvora como soundtrack. No se registran robos de bolsas, carteristas, ladrones de celulares, estafadores. En Siria, los únicos crímenes que hay son los de esa humanidad. La integridad del ciudadano está a salvo mientras no le toque cerca una explosión o cuando no sea conducido a una estación de policía para un interrogatorio (a manos del régimen en Damasco o los rebeldes en Alepo).

Como el régimen de Assad es secular con tintes pro-occidentales y no un Estado islámico (Bashar estudió para dentista en Londres y le gusta la música de Phil Collins), en las calles de Damasco se topan mujeres guapas de cuerpos bíblicos en minifaldas con damas cubiertas de la cabeza a los pies.

En el centro histórico casi no hay combates. En los dos años de conflicto, han sido unos cuantos los episodios de violencia. La acción se desarrolla sobre todo en una franja de 6 a 15 kilómetros de distancia que se extiende hasta los suburbios. (En el mínimo, es como si alguien estuviera paseando por el Zócalo del DF y los combates sucedieran en el Ángel de la Independencia).

En la noche es otra historia. Damasco –la ciudad habitada ininterrumpidamente más antigua del mundo– se transforma en un pueblo fantasma gobernado por retenes militares, barricadas, calles cerradas y el sonido, ahora más intenso, de la guerra. Los damascenos se esconden en sus casas –los que salen corren el riesgo de quedar atrapados en el fuego cruzado o ser secuestrados para cobrar un rescate que respalde las actividades bélicas.



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