100 años de Octavio Paz


A un siglo del natalicio del ilustre escritor mexicano Octavio Paz, recordamos su herencia y genio.


POR Staff Rolling Stone México  



A un siglo del natalicio del ilustre escritor mexicano Octavio Paz, recordamos su herencia y genio.

Por Nicolás Alvarado
Ilustración de Jesús Sánchez

Corro el riesgo de que este texto sea inescrutable para los que me siguen en el tiempo, ya sólo porque se ocupa de una especie en franca extinción: El intelectual público. Hay, desde luego, en mi generación –la que ronda hoy la cuarentena– personas que se dedican al trabajo de las ideas y que, a partir de él, inciden en el debate y por tanto en la vida pública; salvo excepciones, sin embargo, no se trata ya de lo que en otros tiempos se conocía como gente de letras: Son expertos, personas que acumulan grados y posgrados en asuntos cada vez más específicos, que precisan y profesionalizan y por tanto estrechan su área de conocimiento, que publican volúmenes ya no sobre el campo o incluso sobre el objeto que se sitúa en él sino sobre una arista, un rasgo, una línea. Son útiles, por supuesto, y son valiosos pero acaso resulten parcialmente prescindibles ya sólo por su desinterés en representar un pensamiento organizado: Su Política tiene una orientación ética dada pero no va aparejada a una Ética en tanto sistema de valores único y propio, y menos a una Estética, relegada en tal esfera a lo accesorio, a lo ornamental, a lo intrascendente.

Además de expertos, entre mis contemporáneos sigue habiendo escritores, y algunos de ellos son excelentes. Aventuraré, a guisa de ejemplo, el nombre de dos que me parecen contarse entre los mejores narradores de mi generación, uno de los cuales figura además –a mi juicio y al de muchos otros– entre nuestros mejores poetas: Álvaro Enrigue y Julián Herbert. La obra de ambos constituye, en gran medida, un sistema: Hay una Ética y una Estética, hay una cosmovisión… pero ayuna de Política. Libros como Hipotermia de Enrigue y Canción de tumba de Herbert –para citar el que me parece el mayor logro literario de cada uno– recurren a un procedimiento que constituye una de las maravillas de la literatura: Hacer de lo íntimo lo universal, lo eterno. No encontrará el lector ahí, sin embargo, ni en ninguna otra de las obras de estos autores, ni en sus colaboraciones periodísticas o sus apariciones mediáticas –muchas en el caso de Enrigue, pocas en el de Herbert– una Política, entendida como un sistema de pensamiento sobre lo público. Ambos son inteligentes, y ambos –meconsta por haber conversado con ellos con y sin cámaras– tienen ideas sobre lo público; son, sin embargo, las de ciudadanos privados, tan poco susceptibles de incidir sobre el debate público como las de cualquiera. Enrigue y Herbert, y tantos otros escritores de la misma generación, pertenecen a una tradición de poetas, entendidos no como quienes se dedican a escribir versos –aunque Herbert también lo haga– sino como quienes se ocupan de materias eternas y universales. Huelga decir que es ésta una tradición indispensable en la literatura, y que México ha aportado –en figuras como Rulfo, Arreola y Elizondo– grandes nombres a ella; no son nombres de hombres, sin embargo, que participen de la vida de la República.

Hay entre los que tienen más o menos mi edad escritores que se ocupan de lo público, desde luego, y acaso el ejemplo más descollante entre ellos sea Fabrizio Mejía Madrid; no puedo, sin embargo, considerarlo un intelectual público sino más bien un escritor comprometido, matiz sutil pero necesario: Más interesado en ofrecer respuestas que en plantear preguntas, Mejía Madrid aparece adscrito a un cierto movimiento y a una cierta ideología y parece interesado en promover una cierta causa. Queda entonces, a mi juicio, como única encarnación contemporánea del intelectual público Jorge Volpi, escritor que combina la creación literaria con la incidencia en la vida pública sin posicionarse en una trinchera específica y que contribuye al debate de las ideas sobre lo público desde sus apariciones mediáticas, sus colaboraciones periodísticas y su participación en foros.

No vislumbro en las siguientes generaciones –a lo mejor por ignorancia, pero mucho me temo que no es así– a quienes puedan continuar esa tradición, lo que me explico a partir de las transformaciones que han sufrido la esfera de lo público –que se ha atomizado a merced del individualismo contemporáneo– y el mundo de las letras –que cada vez parece más emparentado con lo artístico y menos con lo intelectual. El asunto se antoja preocupante ya sólo porque el pasado inmediato parece haber tenido no pocos intelectuales públicos, los más importantes de los cuales habrían de ser –como bien apunta Armando González Torres en un librito brillante titulado Del crepúsculo de los clérigos, publicado en 2008– Carlos Fuentes, Carlos Monsiváis y Octavio Paz.

Hay que ver en Fuentes, Monsiváis y Paz, sin embargo, a tres animales completamente distintos, el más raro de los cuales podría ser Paz. Monsiváis fue un intelectual público por encarnar un sistema de valores congruente y universal –el interés por la diversidad sexual y religiosa, la cultura popular como síntoma, el interés en la construcción de ciudadanía y en una cierta forma de justicia social– si bien por momentos (y particularmente en el último tramo de su vida) coqueteó francamente con el compromiso militante. Fuentes se acerca más a mi noción de intelectual público “puro” pero acaso en perjuicio de su estatura como escritor: Otra vez hacia el final de su vida, publicó muchos libros literarios irrelevantes o de plano mediocres, meros expedientes para introducir al debate público una agenda democrática y progresista. Paz se antoja, en cambio, más constante en términos tanto literarios como políticos: Su obra poética y ensayística guarda la misma calidad en todos los momentos de su carrera –Árbol adentro es tan bueno y tan importante como Libertad bajo palabra, La llama doble está casi tan inscrito en nuestro canon como El laberinto de la soledad– y su Política y su Ética se antojan orientadas por los mismos principios y valores a todo lo largo de su trayectoria.



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