Amy Winehouse 1983 – 2011


Especial: Amy Winehouse


POR Staff Rolling Stone México  



Especial: Amy Winehouse

Por Jenny Eliscu

Sentados a la mesa de una popular cafetería de Miami, con la lluvia visible a través de la ventana, Amy Winehouse y su esposo, Blake Fielder-Civil, tenían un gran cúmulo de razones para celebrar. “Rehab” trepaba hacia los primeros lugares de las listas y la pareja se había escapado esa misma mañana a fin de contraer nupcias. Cuando el gigantesco coctel de fresas congeladas que ella ordenó hizo acto de aparición, Winehouse se deleitó con la excesiva chabacanería de la bebida: “¡Le llaman la Gran Rosarita!”.

Yo estaba con ellos, entrevistando a Winehouse para el artículo principal de un nuevo ejemplar de Rolling Stone. El año: 2007. Me había encontrado con ella cinco días antes, en Toronto. La boda me tomó por sorpresa: durante nuestra primera ronda, Winehouse se había mostrado inconsolable a causa de una violenta trifulca previa con Fielder-Civil. En la cafetería, ella me miró y señaló una de mis mejillas: “Tienes una pestaña ahí”, dijo con dulzura. “Tienes que pedir un deseo. La tomaría yo, pero si me acercara y te tocara sería muy extraño”. Su dulce gesto me desarmó tanto como su descarada intoxicación –y todo ese polvo blanco aún visible en las ventanas de su nariz, resultado de sus frecuentes visitas al baño, no cesaba de perturbarme–. “Yo cuido de la gente”, dijo más tarde. “Soy muy leal y solidaria. Y estoy siempre a la defensiva”.

Ésta es la Winehouse que sus amigos y familiares conocían: una personalidad dulce y maternal emparejada con una necesidad insaciable de auto-destrucción. Todo terminó trágicamente en su departamento londinense, el 23 de julio pasado, cuando Winehouse fue hallada muerta a la edad de 27 años. La policía declaró que la muerte de la cantante carecía de explicación, al menos mientras no se tuvieran los resultados del estudio toxicológico, pero su familia cree que su deceso fue causado por un síndrome de abstinencia: ella había intentado dejar el alcohol de un día para otro –luego de un desastroso retorno al circuito de las giras en junio.

“Hace tres años, Amy acabó con su fármacodependencia”, dijo su padre durante el funeral realizado el 26 de julio en Londres. Entre las personalidades allí presentes mencionaremos a Kelly Osbourne y al productor Mark Ronson. “Los doctores dijeron que eso era imposible, pero lo consiguió. Ella luchaba con todas sus fuerzas contra la bebida y llevaba sobria exactamente tres semanas”. El padre de Winehouse dijo ante los congregados que su hija no había estado sumida en una depresión, y que la noche de su muerte había tocado la batería y cantado un buen rato, en su departamento.

Mientras Back to Black, su grandioso y definitorio segundo álbum, se colocaba de nueva cuenta en el Top 10, las multitudes se agolpaban en las inmediaciones de su casa en Camden, creando con su presencia un velorio improvisado; y había de todo: flores, pinturas, cigarros y botellas de vodka. “Ella sabía de lo que era capaz y ni siquiera tenía que esforzarse mucho para conseguirlo”, escribió Adele, cuyo sobrecogedor éxito en las listas no podría haberse dado sin las puertas abiertas por Winehouse. “Si le daban ganas de hacer algo, lo hacía, pero si el asunto no le interesaba, mandaba todo al carajo. Amy allanó el camino para los artistas como yo”.

La voz de Winehouse era como una cáscara sensual y triste, como un corazón roto marinado en whisky y tabaco. Sonaba como si proviniera de otra época, un eco de Sarah Vaughan y Billie Holiday, quizá de Janis Joplin, quien, como Jimi Hendrix, Jim Morrison, Brian Jones de The Rolling Stones y Kurt Cobain también murió a los 27.

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