El Papa Francisco


El Papa Francisco: Un vistazo a la carrera del primer papa latinoamericano.


POR Staff Rolling Stone México  



El Papa Francisco: Un vistazo a la carrera del primer papa latinoamericano.

Por Mark Binelli

Prácticamente todos los miércoles, en Roma, los fieles y los curiosos se reúnen en la Plaza de San Pedro a fin de celebrar una audiencia general con el Papa. Desde la elección del otrora Jorge Mario Bergoglio en marzo pasado, la asistencia a los eventos papales se ha triplicado hasta alcanzar los 6.6 millones.

Durante una reciente mañana decembrina particularmente gélida, los miles de peregrinos amasados parecen refulgir bajo la luz solar, cubriendo la plaza como si fuesen una alfombra de píxeles. Quizá se deba a todos esos smartphones levantados hacia los cielos. De cerca, el Papa Francisco, el vicario número 266 de Jesucristo en este planeta, y un hombre evidentemente humilde, cuya empatía y devoción hacia los pobres encajan perfectamente con estos tiempos, se ve más corpulento que en televisión.

Tras haber prescindido de los accesorios pontificios más extravagantes, se muestra sorprendentemente sofisticado este día en particular, ataviado con un abrigo blanco cruzado, una bufanda blanca y una sotana de un color ligeramente más cremoso, todo impecablemente hecho a la medida.

El tema de la catequesis de Francisco, su enseñanza, gira en torno al Juicio Final, aunque, siendo fiel a su estilo, este hombre no pretende evocar imágenes de fuego y azufre. Su predecesor, Benedicto XVI, a propósito de este tema, sentenció alguna vez: “En la actualidad solemos pensar: ‘¿Qué es el pecado?’ Dios es grandioso, nos comprende, así que el pecado no cuenta; al final, Dios se mostrará benevolente con todos’. Es una linda esperanza. Pero la justicia existe, así como la culpa auténtica”.

Francisco, de 77 años, pide que la gente piense acerca de la posibilidad de que vérselas con el creador pueda ser algo emocionante, una especie de boda en la que Jesús y todos los santos del cielo nos estarán esperando con los brazos abiertos. Levanta la vista de su texto en dos ocasiones a fin de subrayar ciertas frases centrales: “Avanti senza paura” (“avanza sin temor”) y “che quel giudizio finale è già in atto” (“el juicio final ya está aconteciendo”).

Proferido por este Papa, este último punto cobra la apariencia de un recordatorio amistoso. Su voz es encantadoramente suave, incluso cuando viaja amplificada por encima de la enorme plaza pública. Eventualmente se mueve de su lugar para saludar a la gente. Benedicto, un académico taciturno, mantenía su interacción con el público en general reducida al mínimo. Pero Francisco, tal y como ocurría con Bill Clinton, prospera gracias al contacto personal y suele pasar hasta una hora saludando a los creyentes. Cerca del estrado, un rudo equipo conformado por italianos, de los cuales un par no hicieron sino hablar por celular a todo pulmón durante el sermón del Papa, ha sacado cámaras fotográficas, como si fuesen paparazzi. “¡Papa Francesco! ¡Papa Francesco!”, gritan, desgañitándose incesantemente, esforzándose para que el Santo Padre de la Iglesia Católica les mire. Los más desvergonzados levantan a sus hijos por encima de sus cabezas. “¡Papa Francesco!”, gritan, “¡I bambini! ¡I bambini!”.

Esto de la celebridad papal es algo muy gracioso. Como arzobispo de Buenos Aires, Bergoglio nunca se destacó por ser un orador particularmente dotado. Pero ahora que es el Papa Francisco, su reconocible humanitarismo resulta indudablemente revolucionario.

Contra el fondo absurdo e imposiblemente barroco del Vaticano, un mundillo que sigue operando como una corte medieval, la elección de Francisco representa lo que su amiga Elisabetta Piqué, periodista argentina que lo conoce desde hace más de diez años, llama “un escándalo de normalidad”. Desde su elección en marzo del año pasado, Francisco se ha dedicado a confundir las cafeína muy similar al té que es tan popular a lo largo de Sudamérica) que un extraño le ofreció en Brasil; provocando la risa de los cardenales con chistes sobre sí mismo horas después de haber sido elegido (ante aquéllos que fueron invitados a su primera cena oficial declaró impávido: “Que Dios les perdone por lo que han hecho”).

Tras el desastroso papado de Benedicto XVI, un recio tradicionalista que debería haber portado una camiseta a rayas y un guante con navajas en los dedos a fin de aterrorizar a los adolescentes en sus pesadillas, el gran manejo de aptitudes elementales que Francisco ostenta, entre ellas sonreír en público, semejó un pequeño milagro para el católico promedio. Pero su mente cobijaba planes para transformaciones mucho más radicales. Desdeñando el palacio papal y prefiriendo un modesto departamento de dos recámaras, increpando públicamente a los líderes de la Iglesia a causa de “su manera de estar obsesionados” con asuntos sociales propicios para los desencuentros, por ejemplo el matrimonio gay, los anticonceptivos y el aborto (“¿Quién soy yo para juzgar a otros?”, fue su célebre respuesta cuando se le pidió su opinión acerca de los curas homosexuales), y –tal vez lo más sorprendente de todo– dedicando una gran porción de sus primeras enseñanzas escritas de gran envergadura a una ardiente crítica del capitalismo de libre mercado no regularizado, el Papa reveló que sus propias obsesiones están alineadas con las del hijo de su jefe.

La enternecedora fantasía estilo El Sr. Smith va a Washington/Bulworth/Aaron Sorkin, en la que una noble figura política se atreve finalmente a decir la verdad ante el pueblo norteamericano, no suele ocurrir en la democracia de la vida real, como con toda seguridad habrás notado. Un exceso de dinero y de intereses especiales infecta la política electoral. Probablemente esto sólo podría ocurrir en una institución tan añeja y retrógrada como el Vaticano, en donde el voto secreto y la completa falta de transparencia posibilitaron el ascenso de un ente tan desconocido como Bergoglio. Si esta competencia se hubiera dado en aras de un lugar en la política de Kentucky, el equipo de investigación de la oposición habría reducido la campaña del candidato a un montón de cascajo en unas cuantas semanas.

Sea como sea, el cónclave papal que entronizó a Bergoglio asumió que estaba eligiendo a un candidato anodino, por mero compromiso. A los cardenales les atraía la idea de un Papa proveniente de América Latina, región que constituye uno de los mercados más importantes de la Iglesia. Asimismo, respondieron bastante bien al emotivo discurso de tres minutos que Bergoglio ofreció durante el cónclave, en el que señaló que la Iglesia, en aras de su propia supervivencia, debe desistir de “esa vida al interior de sí misma, de esa vida basada en sí misma, para ella misma”.

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