Asuntos Externos: La toma de Wall Street


La toma de Wall Street: Cómo dejé de preocuparme y aprendí a amar las protestas


POR Staff Rolling Stone México  



La toma de Wall Street: Cómo dejé de preocuparme y aprendí a amar las protestas

Por Matt Taibbi

Tengo una confesión que hacer, al principio no comprendí bien la toma de Wall Street. Las primeras veces que fui al parque Zuccotti, salía con sentimientos encontrados. Me encantó la energía y estaba fascinado con la obvia sensación orgánica del movimiento, la manera en la que estaba creciendo por sí solo. Pero mi impresión inicial fue que no sería tomado muy en serio por los Citibank y los Goldman Sachs del mundo. Podrías poner 50 mil manifestantes enojados en Wall Street, incluso 100 mil y lo más probable es que Lloyd Blankfein no sudaría ni un poco. Él sabe que no despertará el día de mañana para ver a Cornel West o a Richard Trumka al mando de la Reserva Federal, sabe que las finanzas modernas son un parásito mecánico gigante, que solamente un cirujano experto puede eliminar. Pueden gritar y protestar todo lo que quieran, pero él y sus compañeros “Frankenstein financieros” son los únicos que saben cómo apagar la máquina.

Eso es lo que pensaba durante las primeras semanas de la protesta, pero empiezo a ver las cosas desde otro ángulo. La toma de Wall Street fue siempre mucho más grande que un movimiento en contra de los grandes bancos y las finanzas modernas, se trata de proveer un foro para que la gente pueda manifestar lo cansada que está, no sólo de Wall Street, sino de todo. Esto es un visceral, apasionado y profundo rechazo por la dirección que lleva nuestra sociedad, la renuencia a dar un paso más dentro del abismo de falsedad comercial, cálculo a corto plazo, idealismo marchito y bancarrota intelectual en la que la masa americana se ha convertido. Sí es posible ponerse en huelga en contra de tu propia cultura, eso es lo que está pasando ahora. El que tenga tanto alcance y tenga una motivación tan básica ha hecho que pase por encima de muchos, tanto de las ideologías políticas de derecha como de las de la izquierda.

Los medios de comunicación de derecha, no tardaron en atacar al movimiento con sus clásicos clichés idiotas, catalogando a la OWS (Occupy Wall Street, por sus siglas en inglés) como un puñado de sucios hippies que deberían encontrar un trabajo en lugar de estar mal gastando el presupuesto destinado para pagar los tiempos extra de la policía a cargo de Mike Bloomberg, con sus pijamadas urbanas. Tal cual lo hicieron hace medio siglo, cuando el debate sobre la guerra de Vietnam dejó ser acerca del por qué se estaban asesinando brutalmente millones de civiles Indochinos inocentes y se convirtió en un referéndum sobre pelo largo, mujeres sin sostén y retórica hippie, los depravados charlatanes de los medios de comunicación de la derecha han solapado descaradamente una generación de fraude, corrupción y pervertidos rescates comerciales, volteando todo el debate sobre los propios manifestantes –su higiene, su “envidia” de los ricos y su “hipocresía”–.

Los manifestantes, trinaba la Supreme Reichskank (es un juego de palabras haciendo referencia al banco de los Nazis y a lo maldita que es Ann Coulter, periodista sarcástica de Estados Unidos) Ann Coulter, necesitan tres cosas: “regaderas, trabajos y un punto”. Su colega Charles Krauthammer fue aún más allá al tachar a los manifestantes de hipócritas por tener iPhones. La Toma de Wall Street, dijo, son “Manifestantes tomando Starbucks, vestidos de Levi’s, aferrados a sus iPhones que denuncian a los corporativos americanos mientras lloran por Steve Jobs, titán corporativo, billonario ocho veces mayor”. Aparentemente, porque Goldman y Citibank son corporaciones, ningún manifestante puede consumir ningún producto corporativo –sin jeans, sin celulares y definitivamente sin café– si acaso quiere protestar el que sus impuestos estén pagando las apuestas de banqueros millonarios en contra de sus miserables hipotecas.

Todos nacemos deseando la libertad de imaginar un mejor y más bello futuro, pero América se ha convertido en un lugar tan tristemente confinado y predecible que estrangula hasta matar ese deseo innato. Todo desde nuestra cultura general hasta nuestra política y nuestra economía se siente opresivo y sin respuesta. Vemos 10 millones de comerciales al día y cada día es la misma persecución a punta de cuchillo por dinero, dinero y más dinero; lo único que cambia minuto a minuto es que cada tic del reloj trae consigo a otra era espacial de vendedores que sueñan con una nueva forma de venderte algo o de entrar en tu bolsillo. Esta implacable continuidad del sistema político de dos partidos comienza a sentirse como una pesadilla de Jacob Ladder que no termina; estamos entrando a otro turno de cuatro años de pan-con-lo-mismo y el sólo pensar en tener que emocionarme por otro pequeño cambio en el cuatrienio por la dirección hacia uno u otro polo de alienación por la mierda corporativa, es suficiente para que cualquiera quiera aplastarse la mano con un martillo.

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