Asuntos Internos: Desánimo y destino


Asuntos Internos:Desánimo y destino. Si existe un estado de ánimo generalizado entre los mexicanos en este año de centenario y bicentenario, éste pareciera ser el desaliento.


POR Staff Rolling Stone México  



Asuntos Internos:Desánimo y destino. Si existe un estado de ánimo generalizado entre los mexicanos en este año de centenario y bicentenario, éste pareciera ser el desaliento.

Si existe un estado de ánimo generalizado entre los mexicanos en este año de centenario y bicentenario, éste pareciera ser el desaliento. Y, a riesgo de parecer impropio, creo que tenemos razón de sentirnos así.

Por Macario Schettino

Dice el diccionario que el desaliento es el decaimiento del ánimo, esto es, del espíritu, la fuerza, la voluntad o incluso el pensamiento. Todo ello se nos ha decaído, y hay que entender por qué.

pesos mexicanos_2Hace 20 años, México entraba al primer mundo. El primer país de América Latina en resolver sus problemas con la deuda, controlar la inflación, y asociarse con los ricos. Después de una década perdida, nos empezaban a llegar productos inimaginables, a precios accesibles; después de ver al peso perder valor día con día, el dólar se mantenía estable. Por primera vez había créditos hipotecarios, aunque caros, y llegaban empresas a lugares en donde antes no se paraba ni una mosca. La emoción regresaba a los mexicanos, después de esos 10 años de miseria: entrábamos al primer mundo.

Cinco años después, el sueño se transformó en pesadilla. Las mismas fuerzas globales que nos habían hecho creer en un país que avanzaba, nos hundían en una profunda crisis económica, parecida a las anteriores, pero ahora con grandes deudas familiares. Los créditos hipotecarios que tanto festejamos un par de años antes, ahora resultaban impagables. Los productos inimaginables ahí seguían, pero ahora inaccesibles, porque el dólar, nuevamente, multiplicaba su valor en pesos. A la emoción seguía la ira, y el presidente al que todos agradecían unos meses antes, ahora era el villano nacional.

La ira económica se transformó en voluntad de cambio político, y en 1997, casi sin darnos cuenta, acabamos con un régimen político en una sola elección. En ese año, el PRI perdió el control de la Cámara de Diputados, y con ello el régimen de la Revolución dejó de existir. La emoción regresó, ahora no por el avance económico (que sin embargo lo había), sino por la inminencia del cambio político profundo. En el 2000, el PRI perdió la presidencia, y con ello México se convertía, nuevamente, en un país de futuro.

invertir-dineroDos años después, la gran obra de esa administración, el nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, se canceló frente a las manifestaciones de los pobladores de uno de los ejidos involucrados. La transformación que tanto anhelaban los mexicanos se empezó a diluir. Poco a poco, la emoción del cambio político siguió el camino del cambio económico, ahora mediante la polarización entre las dos opciones que en 1997 habían terminado con el monopolio del PRI.

En poco más de una década, México vivió dos grandes momentos de emoción colectiva que terminaron en fracasos. Una economía que aparentaba entrar mágicamente en el primer mundo terminó en una profunda crisis; una democracia que parecía consolidarse concluyó en una elección tensa, casi violenta, y para un grupo importante, dudosa. Y el desgaste emocional de estos dos momentos parece habernos dejado agotados, decaídos en espíritu, fuerza, voluntad e intelecto.

Tanto es así, que ni siquiera nos damos cuenta de que buena parte de lo que esperábamos que ocurriera a inicios de los años noventa finalmente ocurrió, y de que el cambio político, el fin del régimen, también es un hecho. Por un lado, hoy tenemos millones de familias con vivienda y auto, que no tenían hace diez años; por el otro, los votos cuentan, y cualquiera puede ganar, en cualquier lado. Tenemos hoy el mayor porcentaje de mexicanos en clase media de toda nuestra historia, y el mayor poder sobre el gobierno que hayamos tenido nunca.

imagesPero estamos desanimados. Habrá quien achaque el desánimo a la violencia de los últimos años, la guerra contra el narco; habrá otros que busquen en el 2006 la explicación del decaimiento; y no faltará quien suponga que es la crisis de 2009, la que llegó de Estados Unidos, el motivo del desaliento. Me parece que ninguna de estas explicaciones es correcta. Lo que nos pasa a los mexicanos, lo que explica nuestra sensación, es la conciencia parcial de que caminamos mucho tiempo por un rumbo equivocado, el darnos cuenta de que buena parte de lo que creímos no tenía mucho sentido. Estamos desanimados porque estamos perdidos.

Durante el siglo XX, México vivió en un régimen político muy particular, el régimen de la Revolución Mexicana. Este régimen, sin embargo, no fue resultado de la Revolución, sino que la inventó. La Revolución Mexicana, así con mayúsculas, nunca existió. México vivió, a partir de 1910, guerras civiles variadas, destrucción y muerte, pero no un movimiento popular dirigido a relevar a un dictador para impulsar un sistema político democrático, nacionalista y defensor de la justicia social.

El régimen de la Revolución es creación de Lázaro Cárdenas, quien recupera parte de lo hecho por los gobiernos previos, de los sonorenses Obregón y Calles, pero le da un giro novedoso. Moviliza a obreros y campesinos como nunca antes había ocurrido, y sobre ellos construye un régimen autoritario de orientación comunista. Tanto como se podía, teniendo frontera con Estados Unidos.

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