Asuntos Internos: Un capo americano de la droga


Cómo un deportista preparatoriano de Texas llegó a la cima de unos de los más poderosos y despiadados cárteles


POR Staff Rolling Stone México  



Cómo un deportista preparatoriano de Texas llegó a la cima de unos de los más poderosos y despiadados cárteles

Cómo un deportista preparatoriano de Texas llegó a la cima de unos de los más poderosos y despiadados cárteles

Por Vanessa Grigoriadis y Mary Cuddehe

En una calurosa mañana de mayo hace unos años, Édgar Valdez, un narcotraficante conocido como “La Barbie”, se despertó en una de sus casas de Acapulco. En la década de los años cincuenta, esta hermosa ciudad costera fue el sitio preferido de las celebridades norteamericanas: Frank Sinatra merodeaba los bares de los hoteles, Elizabeth Taylor se casó ahí por tercera vez de ocho y John F. Kennedy pasó su luna de miel con Jacqueline en Acapulco. El glamour empezó a decaer en los años ochenta, pero la ciudad siguió siendo un popular destino turístico hasta hace unos años, cuando los cárteles mexicanos convirtieron a este paraíso en una zona álgida de la guerra contra las drogas.

Edgar-Valdez-Villarreal Como cabecilla del cártel de drogas más poderoso de la ciudad, “La Barbie” ahuyentó a las celebridades para siempre y puso nerviosos a los turistas de adentrarse demasiado en Acapulco cuando los cruceros llegaban al puerto. Se sentía un poco mal por eso, “pero así es el mundo”, pensaba, “matar o morir”. “La Barbie” tiene piel aceitunada, pero su apodo proviene porque es un hombre apuesto con ojos verdes. Era conocido por su actitud despreocupada, aunque se podía volver aterrador y sanguinario en un instante. A sus 31 años y con 1.80 mts. y 95 kilos, mantenía el cuerpo fornido del linebacker que había sido en la preparatoria. “La Barbie” tenía un estuche en su casa con 60 relojes Rolex así como algunos Audemars Piguet con diamantes incrustados, pero a diferencia de la mayoría de los narcos, no usaba barba ni joyas de oro. Prefería vestir como un latino sofisticado de vacaciones, con playeras de Polo con el emblema de un jinete y un mazo, como las que usan los jockeys argentinos.

De hecho, el mito de “La Barbie” es tan grande en México, que su adicción a estas playeras empezó una nueva tendencia: “Narco Polo” y tiene a la clase trabajadora mexicana abarrotando los puestos callejeros en busca de una. “Las playeras como las de ‘La Barbie’ se han vuelto una moda”, le dijo a la prensa Mario López, gobernador del estado de Sinaloa en junio. “Muchos jóvenes quieren imitar a hombres como él, a sus ídolos”. Pero su sentido de la moda no fue lo único que diferenció a “La Barbie” de otros capos mexicanos de la droga: también era un norteamericano, un deportista de clase media nacido y criado en Texas. Es el único ciudadano de EE.UU. que se sepa hasta ahora que ha llegado a la cumbre de un cártel mexicano y es el único norteamericano en la lista de capos de la droga más buscados por el Departamento de Estado (el gobierno de EE.UU. ofreció dos millones de dólares por información que pudiera llevar a su arresto).

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Durante años, mientras las drogas entraban a Acapulco de Colombia, “La Barbie” controlaba las principales rutas de distribución originadas en esta ciudad y movía hasta dos toneladas de cocaína hacia EE.UU. al mes. La mayoría de las drogas iban a Memphis y Atlanta, donde se cree que “La Barbie” era el principal proveedor de varias redes violentas, incluyendo una dirigida por el medio hermano del DJ Paul de Three 6 Mafia. “La Barbie” autorizaba el movimiento de drogas con un valor de hasta 130 millones de dólares al año a EE.UU., pero con una audacia típica, hacía poco esfuerzo por lavar el dinero, prefería cargar el dinero en tráilers, que luego cruzarían la frontera. En el mundo sin ley de los cárteles, ese ingreso de dinero hacía de “La Barbie” un objetivo importante.

TN_16846 “La Barbie” creía en la venganza y en deshacerse de sus enemigos. En sus 15 años en el negocio de la droga, pudo alienar a los líderes de casi todos los cárteles principales en México: los Zetas, el cártel del Golfo, e incluso los cárteles de Sinaloa y Beltrán-Leyva para los que trabajaba. “A ‘La Barbie’ le sobraban los enemigos”, dice George Grayson, un estudioso sobre México del College of William & Mary y el autor de México: Narcoviolencia y un estado fallido. “Hubiera podido tener el récord mundial de gente que quería matarlo”, pero “La Barbie” se mantenía fríamente indiferente, incapaz de ver la conexión entre su salvajismo personal y de cómo su familia y amigos llegaron a temerle. “Con todo lo malo que hizo, ‘La Barbie’ siempre pensaba que el mundo lo veía con buenos ojos”, dice una fuente familiarizada con “La Barbie”. “Es uno de esos tipos risueños que cree que su vida es encantadora”.

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