Los años perdidos de Dylan


En la cúspide de su fama, Bob Dylan arrojó su carrera al fuego y se salvó a sí mismo creando en el proceso, la música más incomprendida de su carrera.


POR Staff Rolling Stone México  



En la cúspide de su fama, Bob Dylan arrojó su carrera al fuego y se salvó a sí mismo creando en el proceso, la música más incomprendida de su carrera.

Por Mikal Gilmore

“Woodstock fue mi punto de inflexión”, dijo alguna vez Bob Dylan a propósito de un incierto periodo acaecido en 1966. “Poco después del accidente. Estaba por ahí sentado, bajo la luz de la Luna llena. Miré hacia el sombrío bosque y me dije: ‘Algo tiene que cambiar’”.

Todo lo que Dylan había hecho hasta entonces había sido descrito como poderosamente influyente y mítico. Sus temas de principios de los años sesenta derivados del folk –en especial “Blowin’ in the Wind” y “The Times They Are A-Changing”– le habían conferido una voz al enojo propiciado por los derechos civiles que tardaban en llegar y una guerra que no hacía sino escalar. Su música eléctrica –que con un rugido cobró vida en 1965 gracias a “Like a Rolling Stone”– era la furiosa portadora de novedosas posibilidades. Tal y como Greil Marcus escribió: “El mundo seguía sus pasos”.

La música que Dylan creó una vez concluido 1966 resultó ser muy distinta. Los legendarios discos The Basement Tapes y John Wesley Harding, grabados en 1967, han sido considerados parte fundamental de lo mejor y más emprendedor de su catálogo. Pero el disco que lanzó en junio de 1970, Self Portrait, era una desgarbada colección de temas folk y country, con una selección de canciones en vivo sumamente aleatoria; constituyó lo más sorprendente y controvertido jamás hecho por el músico. Todo el mundo lo consideró una traición a su efecto y potencial, así como a sus admiradores.

Ahora, 43 años después, una nueva selección de canciones, Another Self Portrait (1969-1971): The Bootleg Series Vol.10, nos ofrece una manera muy distinta de escuchar esta música. Dylan cantaba acerca de la riesgosa búsqueda de una nueva identidad y una nueva voz… Otra manera de ser. Aparentemente estaba renunciando a los ideales del tumulto y la rebelión, a favor de otras verdades: El idilio hogareño y la tradición folk. Pero, a través de todo ello asomaba la cabeza de un problema muy diferente: La batalla que Dylan libraba contra el mundo a causa de la auténtica naturaleza de su llamado y de sus responsabilidades. “Yo pensaba”, dijo en 1968, “que mi Ser y mis canciones eran la misma cosa. Pero ya no lo creo. Aquí estoy yo y allá están mis canciones”.

La fase Self Portrait de Dylan constituiría el pasaje más incomprendido de su vida y obra. “Nunca podremos perdonarlo totalmente”, señaló más tarde cierto biógrafo. Pero gran parte del excelente trabajo realizado por Dylan en los años subsecuentes fluyó directamente desde este previo fracaso. Es decir, tal vez después de todo, esto no fue ningún error. Quizá valió más la pena que nadie, incluyendo al propio Dylan, supiera esto en aquellos tiempos.

Muy temprano por la mañana, el 29 de julio de 1966, luego de una extenuante gira mundial, Bob Dylan sufrió un accidente en una carretera cercana a su casa en Woodstock, Nueva York, “El Sol me cegó unos instantes”, dijo tiempo después. “Se me ocurrió mirar directamente hacia él y, claro, mi vista se oscureció durante un segundo y entré en pánico. Frené abruptamente y la llanta trasera de mi motocicleta se atascó mientras yo salí volando”. La ex esposa de Dylan, Sara Lowndes, le estaba siguiendo en un auto, así que lo llevó de inmediato al consultorio de su doctor. Dylan se rompió algunas vértebras y pasó semanas en recuperación, y luego algunos meses en reclusión. La veloz trayectoria de su carrera tuvo que frenar en seco. Pero la fuerza reconstructora de dicho accidente no fue apreciada en su totalidad sino hasta el 2012, cuando declaró en Rolling Stone que el suceso lo había “transformado”.

A la vez, Dylan se enfrascó en una actividad febril –y sumamente innovadora– un año más tarde. A principios de 1967, el cantante invitó a Woodstock a The Hawks, su banda de apoyo a lo largo de la gira de 1966; es decir, al guitarrista Robbie Robertson, al bajista Rick Dank, a los tecladistas Richard Manuel y Garth Hudson y, poco después, al baterista Levon Helm.

Por espacio de varios meses, Dylan y The Hawks (quienes cambiaron su nombre a The Band en 1968) se dedicaron a grabar más de 100 canciones. Muchos de los temas parecían emanar directamente de la mente y la boca de Dylan justo al momento de ser tocadas por primera vez, el trabajo realizado colectivamente fue intitulado The Basement Tapes. Dylan amaba su nuevo régimen musical: “Así es como uno debe ponerse a grabar”, le comentó a Jann Wenner, fundador y editor de RS durante una entrevista realizada en 1969. “En un contexto pacífico y relajado, en el sótano de algún amigo. Con las ventanas abiertas y los perros dormidos en el suelo”. Esa temporada, Dylan se levantaba temprano, preparaba el café y se sentaba ante una máquina de escribir, a veces escribiendo hasta 15 letras para 15 canciones distintas en un solo día.

A fin de grabar su primer disco formal desde el accidente, Dylan viajó a Nashville en octubre de 1967, compuso 12 nuevas canciones y las tocó en guitarra acústica acompañándose de músicos locales. Las sesiones no demoraron mucho. “Dylan y yo nos volvimos famosos porque nos gustaba utilizar las primeras tomas”, dijo el productor Bob Johnston. El trabajo que realizó junto a Dylan comenzó en 1965, con Highway 61 Revisited. Johnston era experto en la creación de condiciones que permitían a los artistas tocar y cantar sin sentirse forzados a fingir o amanerarse, además de que siempre hallaba a los músicos idóneos para una atmósfera determinada.

La obra resultante, John Wesley Harding, constituyó un fino tejido conformado por parábolas acerca de gente maldita o deshonesta, a veces en busca de una manera de eludir su destino. Dylan insistió para que Columbia Records le diera un tratamiento poco conspicuo al álbum: John Wesley Harding fue lanzado dos días después de la Navidad de 1967 sin ningún tipo de promoción. Pero como Dylan no había lanzado nada en 18 meses –los consumidores no habían reparado realmente en The Basement TapesHarding no tardó en convertirse en el disco más vendido de toda su carrera. Y con esta misma velocidad logró surtir efecto tanto en el rock, como en su cultura.



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