Carlos Monsiváis


Antes de que el hoyo fonki se convirtiera en hoyo punk, Monsiváis provee de las primeras señalizaciones entre uno y otro para luego inventar un tercero: ‘el hoyo tibiri’…


POR Staff Rolling Stone México  



Antes de que el hoyo fonki se convirtiera en hoyo punk, Monsiváis provee de las primeras señalizaciones entre uno y otro para luego inventar un tercero: 'el hoyo tibiri'...

Del hoyo fonqui al hoyo punk
Por José Xavier Návar

No es que haya sido roquero de tiempo completo ni mucho menos, pero el que hizo la crónica del fallido concierto del 9 de marzo de 1969, en el Estadio de la Ciudad de Los Deportes (en donde no tocaron los anunciados Union Gap, en medio de un monumental desmadre y Los Byrds, tuvieron que salvar el pellejo, en el fragor de una épica batalla aérea de sillazos entre chavos de onda, fresas y la naquiza en pleno, porque a los organizadores –Los Hermanos Castro— se le hizo fácil sonorizar el hoy Estadio Azul, con tres amplificadorcitos de café cantante, sin que se oyera nada, lo que motivó el alebreste), es también el que se paró a mediados de los años setentas en donde, literalmente, las paredes sudan.

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Ahí donde el personal se apretujaba (y todavía apretuja): en el hoyo fonqui, para atestiguar la transición de uno a otro socavón, en hoy históricas crónicas (a las que pueden acceder los roqueros mexicanos para educarse o ilustrarse en materia de rock mexicano, castigado con esa marginación luego del avandarazo, del que asimismo, a distancia, fue testigo) también se detuvo en el tianguis del Chopo para ser, por un tiempo, parte del trueque y paisaje activo.

Pero como no, si su pasado de letrista rucanrulero con The Tepetatles, el combo de Alfonso Arau, lo volvió en 1965 un referente de la respuesta mexicana a Los Beatles que se dejó oír en el Quid, de las calles de Puebla. A él, que previamente hizo un doctorado de dancing en los salones de baile México, Colonia, Los Ángeles y el todavía en acción California Dancing Club.

En Escenas de pudor y liviandad se puede sentir lo que es “soltar vapor” en el hoyo, con Paco (El) Grueso como protagonista en el Salón Chicago, que estaba en Peralvillo, antes de que se inventara el vocablo “chido”, Sergio Arau, Botellita y anexas, junto a la aparición del “naco” (que, previamente bajo el título de “No es que esté feo, sino que estoy mal envuelto”, apareció el 14 de enero de 1976, en el Suplemento de la Cultura en México, de la Revista Siempre como Notas sobre la estética de la naquiza). A Toncho Pilatos de Guadalajara, le toca también en ese entonces, ser parte del protagonismo del despectivo con el que se sigue (des)calificando a prietos y macuarros.

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Antes de que el hoyo fonki se convirtiera en hoyo punk (pista que incluso se puede leer actualizada en su último libro (Apocalipstick), Monsiváis provee de las primeras señalizaciones entre uno y otro para luego inventar un tercero: el hoyo tibiri. Parece mentira, pero sin ser reportero o especialista en rock y pop, se desayunó, comió y merendó, en medio de recomendables Rituales del Caos, a Gloria Trevi, Luismi (¡aghh!), Madonna, Sting y New Kids on The Block, junto con El Enmascarado de Plata y El Niño Fidencio, entre otros.

Monsiváis era un lector infatigable, influenciado por los clásicos, el nuevo periodismo norteamericano, la cultura pop y fiel a su ética de izquierda. Octavio Paz -que primero le metió un gancho a su hígado literario afirmando que, “antes de un hombre de ideas era un hombre de ocurrencias”- acabó diciendo que Carlos Monsiváis era “un nuevo género literario”.

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Tan memorables como sus cameos en Los Caifanes y Lola la Trailera 2, son sus apariciones en El Circo de la Maldita Vecindad (soltando bombas), atestiguado el primer desembarco mexicano de Juan Luis Guerra y el 4 40, marginándose –según las malas lenguas del Chopo— del tecno, el metal y la neosicodelia, como afirmando para la posteridad de lo digital “Todos somos El Santo”.



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