El rock de la Plaza


50 años de Alex Lora: resistencia y mucho rock & roll


POR Staff Rolling Stone México  



Foto: Chucho Contreras

Por Cheko Záun

Para preparar este artículo, se hizo una sesión fotográfica en uno de los sitios que ha marcado la vida de México: la Plaza de las Tres Culturas. Ahí se situó el pueblo mexica llamado tlatelolca. Durante la conquista se edificó el templo de Santiago y en el México contemporáneo se construyó el conjunto habitacional Nonoalco Tlatelolco.

En este lugar el aire cambia, la vibra se siente diferente y con Alex Lora posando para las fotografías se convertía en algo indescriptible. La gente que pasaba le gritaba: “Alex, ¡que viva el rock & roll!”. Él contestaba lo mismo. Ese es el saludo que desde hace 50 años se le ha dado a Lora, quien tomó la bandera del rock nacional y la ha defendido sobre todos los cambios de música y de gobiernos. Este es el grito de guerra de un hombre que dice “Nunca digas que no”. Un verdadero adicto al rock & roll.

Con ese escenario, su vida en 1968, siendo un joven de 16 años, era diferente. Recordó que él y su amigo de escuela “El Verch”, eran un dueto de lacras que traían de cabeza a la institución. En ese entonces esperaban que los porros llegaran a sacarlos de clase y, con esto, evitarse ir a la escuela. Un día en la formación, antes de entrar a clases, no llegó el prefecto, Lora y “El Verch” tomaron el megáfono y empezaron a gritar: “¡Huelga, huelga! ¡No hay clases! ¡Chingue a su madre! ¡Vámonos!”. Todos los alumnos, obedientes, corrieron a la puerta, rompieron el candado y se fueron. Esto le costó a Alex Lora y a su amigo la regañiza de los directores de la escuela y de sus padres. Ya se veía la rebeldía y, como él mismo dice, “su amor por el desmadre”. Claro, en ese tiempo, Lora y su compañero eran muy jóvenes, pero en el caso de los estudiantes movilizados, quienes deseaban un mundo diferente, sin autoritarismos, donde se escuchara su voz, estaban tomando el derecho de decidir.

Tras la matanza del 2 de octubre, se perdió una inocencia que nunca se recuperó, hasta la fecha. Lora era muy joven, pero al final, a él y a sus amigos también les afectó. Al grado que años después compuso las canciones “Amor del 2 de octubre” y “Lágrimas en la lluvia”. 10 días después de la matanza, se dio la primera tocada de Three Souls in my Mind, la cual se toma como la inicial, pues por fin cada uno de los integrantes tenía su propio instrumento. En el pasado, dependían del humor de sus amigos para que les prestaran las guitarras.

Alex ya tenía experiencia con otras bandas como Los Avengers, Music Bottle y Middle Age, pero con Three Souls consiguieron tocar en fiestas escolares y caseras, y kermeses. Lora supo desde el principio que la conexión que logra con su público es el desmadre. “Toda la vida he echado desmadre y hasta la fecha lo sigo haciendo”, afirma Lora en una charla exclusiva. Eso y sus composiciones, han retratado la realidad de muchos, han sido la fórmula de la eterna juventud: “Básicamente, el chiste es echar desmadre como en la secundaria”, nos comenta. Sabe que con su actitud contagia a los demás y permite que se haga la catarsis que nos hace gritar: “¡Que viva el rock & roll!”.

El rock antes de Avándaro no estaba satanizado. “Muchos jóvenes de familias acomodadas podían tener acceso a los instrumentos y que en aquel entonces eran más caros y difíciles de conseguir”, afirma. Algunos de los grupos eran Soul Division y Pop Music Team, este último hizo polémica cuando después de la matanza del 2 de octubre, lanzó su tema “Tlatelolco”, que fue censurado por el gobierno. El vocalista de esta banda era Jorge Berry, quien tiempo después se convirtió en un famoso conductor de noticias. Las tocadas se realizaban en escuelas de paga como La Salle, el CUM; así como en la Narvarte, San Ángel y los frontones de Coyoacán. Los jóvenes y el rock estaban tomando una voz fuerte dentro de la sociedad, pero cuando llegó 1971, con el fantasma del 2 de octubre como sombra funesta, vino el llamado “halconazo”, conocido también como el Jueves de Corpus o La Matanza de Corpus, que se dio el 10 de junio de ese año, en el que grupos de choque adiestrados por el gobierno atacaron y mataron a estudiantes que marchaban pacíficamente por San Cosme.

Cuando se efectuó el Festival de Rock y Ruedas de Avándaro, se esperaban 10 mil personas y llegaron casi 500 mil. El gobierno estaba buscando sólo un pretexto para acallar las voces disidentes y tenían miedo de que todos estos jóvenes pudieran salirse del redil. “Cuando El Tri llegó a Avándaro, nos quedamos a dormir en los camiones de Mudanzas Galván que transportaban todo el equipo de audio. Llegamos desde el viernes para amanecer el sábado y al ser el único grupo presente, los ingenieros nos pusieron a tocar para probar el sonido mientras iba llegando la gente”, recuerda. El público les pedía más canciones y fue así, no oficialmente, inauguraron el Festival. La banda se fue al camión a dormir, mientras los otros grupos estaban hospedados en el Golf Motel Avándaro, donde hicieron el sorteo para ver en qué orden iban a tocar. Al no estar presente el Three Souls decidieron dejarlos al final, supuestamente de 7 a 8 am, pues la carrera de automóviles empezaría a las 8. El grupo tocó a las 8:30. La gente iba despertando y agarrando la onda, por lo que la suerte les sonrió y así fue como en dos ocasiones tomaron el escenario del Festival.

“El gobierno, al ver el éxito del concierto, tuvo miedo, prohibió el rock, e hizo que se corriera la voz de que esta música era nefasta para los jóvenes, por no tener nada que ver con la identidad mexicana y con sus raíces, que esa música invitaba a suicidarse, drogarse, prostituirse y todo lo más bajo que puede generarse en una sociedad”, menciona Lora.

Ante este acorralamiento, los grupos de la clase media alta desaparecieron y los que quedaron al frente del rock fueron los de clase media baja. “Así fue como nació la identidad del rock, pues lo transformó en música de calle, rebelde y contestataria”.

La auténtica casa de El Tri y de los grupos de la resistencia rocanrolera, sin duda, fue la zona conurbada del Estado de México, donde surgieron los hoyos fonky “así bautizados por el escritor de la onda Parménides García Saldaña”. Se trataba de terrenos o bodegas sin baños, sin seguridad y con mal equipo de sonido donde acudían hasta 20 mil personas. Alex recuerda, con respecto a ese periodo, que la sociedad conservadora los veía como narcosatánicos.



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