El Steve Jobs que nadie conoció


El Steve Jobs que nadie conoció. Cómo un joven ‘hippie’ se reinventó como un visionario de la tecnología y cambió el mundo.


POR Staff Rolling Stone México  



El Steve Jobs que nadie conoció. Cómo un joven ‘hippie’ se reinventó como un visionario de la tecnología y cambió el mundo.

Cómo un joven ‘hippie’ se reinventó como un visionario de la tecnología y cambió el mundo.

Por Jeff Goodell

Steve JobsCuando conocí a Steve Jobs pensé que era un loser. El año era 1980 y yo era sólo un chavo de Silicon Valley que no sabía nada de computadoras. Había conseguido un trabajo en una empresita de computadoras cerca de mi casa porque mi mamá trabajaba ahí, se llamaba Apple. Estaba en lo que parecía un consultorio dental abandonado en Bandley Drive, en Cupertino, a un par de cuadras de donde está la sede central de Apple hoy. Jobs tenía 25 años y lo que recuerdo de él es la forma en la que caminaba por la oficina gritando y que usaba jeans rajados y cómo todos le tenían miedo. Yo conocía su tipo: inculto, jactancioso, un tipo que se cree mucho.

En ese momento, yo no tenía idea lo que significarían las computadoras y que este tipo resultaría ser uno de los mayores visionarios de nuestra era. Para mí, él sólo parecía un hippie perdido, y yo no estaba muy interesado. Después de menos de un año en Apple, me fui para buscar cosas más emocionantes, como jugar blackjack en Lake Tahoe.

Pasaron pocos años para que yo entendiera lo que había dejado atrás. Jobs no sólo convirtió a Apple en la empresa más valuada en el mundo, un estimado de 342 mil millones de dólares, sino que reescribió las reglas de los negocios, al combinar el idealismo de los años sesenta con el capitalismo que dicta que la avaricia es buena.

En un momento en que el software era el modelo, él creó hardware. Cuando todos se concentraban en lo macro, él estaba concentrado en lo micro. Nunca hizo nada primero, pero lo hacía mejor. Más que nada en el planeta, él es responsable por la fusión del reino humano con el digital, por darnos la habilidad de codificar nuestros más profundos deseos y pensamientos más íntimos con el toque de un dedo. “Es el Bob Dylan de las máquinas”, dice Bono, quien conocía a Jobs de años atrás. “Es el Elvis de la dialéctica hardware-software”.

Steve Jobs¡Pero a veces podía ser tan imbécil! Quienes conocían a Jobs mejor y trabajaban más de cerca con él –y yo he hablado con cientos de ellos a lo largo de los años– siempre se sorprendían con su personalidad brusca, su brutalidad que distaba de disculparse. Gritaba, lloraba, pataleaba, tenía una forma cruel y casual de llevar a los empleados a un punto casi de quiebre y hacerlos a un lado; pocas personas querían regresar a trabajar para él. Cuando adoptó a una hija con su pareja ChrisAnn Brennan a los 23 años, no sólo negaba su paternidad, puso a Brennan por los suelos en público, al decirle a Time en 1983 que “28% de la población masculina de EE UU podría ser el padre”. Su lado infantil emergería apenas unos años después, luego de haber sido molestado, golpeado y humillado por la vida.

Creció pobre, un hijo adoptado que se sintió rechazado por sus padres biológicos, sintiéndose patético y burlado y fuera de lugar, y fue muy inseguro la mayor parte de su vida, seguro de que no duraría mucho.

Steve siempre tuvo ese aire de James Dean, de vivir con desenfreno”, dice Steve Capps, uno de los principales programadores de la primera Macintosh de Apple. Mientras trabajaban hasta muy entrada la noche para diseñar y armar el dispositivo que revolucionaría la computación personal, Jobs hablaba mucho sobre la muerte. “Era un poco morboso”, recuerda Capps. “Solía decir: ‘No quiero llegar a los 50 años’ ”. Brennan recuerda a Jobs haciendo comentarios similares cuando tenía sólo 17 años. “Steve siempre creía que iba a morir joven”, dice Brennan. “Creo que es parte de lo que le dio a su vida, ese sentido de la necesidad. Nunca esperó vivir más de 45 años”.

En 2005, no mucho después de que le diagnosticaran el cáncer que a la larga lo mataría, Jobs dio un discurso ahora famoso en la Universidad de Stanford, en el que llamaba a la muerte “posiblemente el mejor invento de la vida, uno “se deshace de lo viejo para dar lugar a lo nuevo”. Quizás era de esperarse que Jobs, el arquetipo del inventor moderno, viera a la muerte en esos términos –como si la vida misma fuera una idea armada por una versión más grande y poderosa de sí mismo en alguna cochera en el cielo–. Pero si la muerte es el mejor invento de la vida, el mejor invento de Steve Jobs no fue el iPod ni el iPhone ni el iPad. Fue Steve Jobs. Antes de que pudiera alterar el paisaje del mundo como lo encontró, primero tenía que diseñar y armar el Jobs que el mundo llegaría a idolatrar. “Steve era una persona superficial y narcisista que se desarrolló emocionalmente sobre la marcha”, dice John Perry Barlow, un pionero digital y ex letrista de Grateful Dead que conoció a Jobs por varios años. “Creó mucho hardware buenísimo, pero con los años, también se iba inventando a sí mismo”.

Steve JobsDesde el principio, Jobs era un joven temperamental. Metía agujas a un enchufe y se quemó la mano. Le tuvieron que limpiar el estómago luego de que tomara veneno para hormigas. Se despertaba temprano, por lo que sus papás le regalaron un caballito mecedor, un gramófono y unos discos de Little Richard para que se entretuviera. “Era un niño tal difícil”, su madre le diría más adelante a Brennan, “para cuando cumplió dos años, yo sentí que había sido un error y quería devolverlo”. Como muchos otros padres de la época, Paul y Clara no tardaron en dejar al niño frente a una tecnología relativamente nueva llamada televisión, donde se devoraba todo, desde Dobie Gillis y I Love Lucy hasta Jonny Quest.

Cuando Jobs tenía tres años, Paul trasladó a la familia de San Francisco a Mountain View, un pueblo poco sofisticado de fraccionamientos y hortalizas, al sur de Palo Alto. Resultó ser una movida fortuita que dejaba al joven Steve justo en medio de la cultura de ingeniería que empezaba a florecer en Silicon Valley. No es que la familia Jobs tuviera mucha conexión con ella. Paul trataba de arreglar coches viejos y de incursionar en bienes raíces, pero el dinero siempre parecía eludirlo. En cuarto grado, la maestra de Steve, Imogene Hill, le preguntó a la clase, “¿Qué es lo que no entienden en el universo?”. Cuando le tocó a Steve contestar, su respuesta era desgarradora: “No entiendo por qué de repente somos tan pobres”.

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