Tres hermanas felices


Cómo las tres chicas de Haim se convirtieron en la banda más ‘cool’ del año.


POR Staff Rolling Stone México  



Cómo las tres chicas de Haim se convirtieron en la banda más ‘cool’ del año.

Por Jonah Weiner

Mike Shinoda está loco por ver a Haim esta noche. El MC de Linkin Park se encuentra en un palco en el Teatro Fonda de Hollywood, donde Haim –tres hermanas del Valle de San Fernando que han tocado juntas desde que eran niñas– están por presentarse ante un público con un lleno total. “Bandas como Mumford & Sons o fun., son buenas”, dice él. “Pero, ¿dónde está la ferocidad? Esta es una excepción”.

Abajo, en el camerino de las hermanas Haim, el ambiente es tan feroz como la lectura de un libro. Danielle (guitarrista y vocalista principal, de 24 años) viste una playera de mangas largas, pantalón de mezclilla negro y botas de punta color café, mete pedazos de gengibre y limón en una taza de agua caliente. Muy cerca, Este (bajista, armonías y ocasional vocalista principal, de 27 años) inhala vapor caliente de un aparato parecido a un bong para el malestar de garganta. “Pasar esto por la aduana es divertido”, dice. Este es diabética, así que no puede beber y no fuma marihuana, pues el alcohol tiene demasiada azúcar y le preocupa consumir azúcar si le da munchies. Tiene una bomba de insulina sujeta a ella todo el tiempo; se levanta el dobladillo del vestido para mostrar un dispositivo cerca de su cadera derecha parecido a un bíper. “¿Ves?”.

Alana (tecladista, armonías, ocasional vocalista de 21 años) admira un enorme retrato de la banda que pintó un fan a partir de una foto publicitaria. Los cabellos de las hermanas, que caen como cascada, abarcan cerca de 40% del lienzo; la mano derecha de Este es peculiarmente grande. Alana mira más de cerca a su retrato y apunta a su barbilla. “Supongo que tenía un barro el día que tomaron esto. Muy amable de su parte el incluirlo”.

Haim ha sido una banda esencial en el circuito indie local por años, compartiendo carteles con rockeros de California como Jenny Lewis y Dawes; le abrieron a Florence and The Machine y Mumford; colaboraron con Major Lazer, Kid Cudi y Childish Gambino. Este año, cuando Haim trabajaba en su disco debut Days Are Gone, invitaron a su amigo Benmont Tench de The Heartbreakers para tocar el órgano en una pista; también reservaron una sesión de composición con Sia, la creadora de hits de mayor demanda en el mundo, con créditos en éxitos de Rihanna y Flo-Rida. Haim consideró la colaboración demasiado pop, y fue cuando la gente de Shakira se reservó la pista por seis meses.

A pesar de todas las formas en las que Haim parecen novatas consumadas, ellas dicen que no es así. “Cuando empezamos a tocar, éramos chicas del Valle de San Fernando…Nunca habíamos visto el otro lado de la colina”, dice Alana. “No conocíamos a nadie en ninguna escena”. Esta noche, además de Ke$ha, los únicos VIPs detrás del escenario son sus papás, Mordechai y Donna, y su abuela, que está de visita de Israel. “Nosotros éramos sus roadies”, dice Donna, sonriente. Donna es una maestra de pintura de primaria que se convirtió en agente de bienes raíces, se crió haciendo covers de Joni Mitchell con una guitarra acústica en cafeterias de su natal Filadelfia; Mordechai, también agente de bienes raíces, fue baterista en un coro de niños en Israel. La pareja le enseñó a Haim a tocar instrumentos cuando eran niñas, formando una banda familiar llamada Rockinhaim, que hacía covers de The Eagles y Santana en ferias callejeras y eventos de caridad.

En 2007, las hermanas empezaron a escribir canciones sin sus padres; Donna y Mordechai pasaron a hacer tareas de staff detrás de escena. Por un tiempo, Haim consideró cambiarse el nombre a First of Three, a modo de guiño a su baja posición en cualquier cartel en el que tuvieran la suerte de figurar. Pero lo mantuvieron y el mes pasado, Days Are Gone vendió 90,000 en su primera semana. En el Reino Unido, superó al nuevo lanzamiento de Justin Timberlake, debutando en el Número Uno.

Days Are Gone es un álbum estimulante. Más allá del sello de aprobación del neo Dios del metal, Shinoda, Haim está lejos de ampollarse, pero se puede triturar. Brincotean entre sonidos: resonantes riffs de guitarras, ganchos gordos y armonizados dignos de Rick Springfield; cuerdas de disco sacadas directamente de “Walking on Broken Glass”; dulces melodías que rinden tributo a Christine McVie; voces entretejidas que rinden tributo a Destiny’s Child; percusiones tartamudeantes y a destiempo. En una fiesta este año, Timbaland les dijo a Haim que le encantó su canción “My Song 5”. “¡En la que prácticamente nosotras nos robamos parte de su trabajo!”, dice Danielle. Cuando publicaron las cifras de su primera semana, Jay Z les mandó una nota felicitándolas.

Sin embargo, encabezar la cartelera del Fonda esta noche es un gran logro para ellas. Cuando toman el escenario, es con una efusividad sin miedo a parecer tontas, y juegan la carta de locales al máximo. Hacen bromas sobre los méritos del Cahuenga Pass contra la carretera 101 y anuncian a gritos su camión de tacos favorito de Echo Park. Antes del encore, se pierden de vista por más tiempo del habitual. “Para que quede asimilado”, dice Danielle. “Es como un: ‘Vamos a disfrutar esto un rato’”.

Después del concierto, suben a una fiesta en la azotea. Circulan admiradores, todos ellos músicos: Ke$ha pone su brazo encima del hombro de Alana; Ariel Rechtshaid, quien produjo buena parte de Days Are Gone; Ludwig Göransson, quien compuso los temas centrales de New Girl y Community y que también trabajó en el álbum de la banda; Rostam Batmanglij, de Vampire Weekend, a quien Este llama Frosty Rosti. Del otro lado de la azotea, Shinoda interroga con ansiedad a Danielle. “¿Puedo hablar contigo sobre componer algún día? ¿Cuál es su proceso?’”.

Se habla de quizá ir a otro lado después, pero las hermanas llevan meses fuera, de gira y quieren dormir en sus camas esta noche. Alana y Este se dirigen a la casa de la familia en Valley Village, donde todavía viven. Danielle renta un bungalow a pocos minutos, en Studio City. Queda claro que todavía estiman a su pueblo natal. “El Valle”, dice Alana, “es la onda”.

Al día siguiente, las hermanas se encuentran alrededor de una mesa de esquina en Little Dom’s, un restaurante italiano al viejo estilo hollywoodense en Los Feliz, para un almuerzo. La gira ha ido bien. Fueron a tiendas de artículos usados en Lawrence, Kansas; estuvieron en un huerto de nogales de 930 hectáreas cerca de El Paso, Texas; recorrieron Washington D.C. en Segway. En el camino, navegan Chowhound en busca de recomendaciones culinarias y matan tiempo viendo Selena y A Goofy Movie una y otra vez. “He llorado viendo A Goofy Movie en aviones”, dice Danielle. “Pero asegúrate de ver la original y no la secuela”, advierte Alana. “Es terrible. Sale Pauly Shore”.

Acaban de tomarles la orden cuando un fornido cuarentón con camisa de cuadros se acerca a la mesa. Se presenta como Chris. “Voy a llevar a mi hija a su show mañana por la noche para su cumpleaños”, dice Chris. Le da a Danielle una copia del libro del CD de Days Are Gone y un plumón. “¿Siempre cargas con nuestro CD?”, pregunta Alana. Ella y sus hermanas, sonrientes, dan sus autógrafos. “Bueno, pues, yo también soy fan”, contesta Chris, un poco tímido.

“Esta es la primera vez que alguien nos hace esto”, dice Este. “¡Los vamos a buscar en Pomona!”. El hombre se va. “¿Dijiste ‘Pomoda’?”, le pregunta Alana a Este.

El primer instrumento que aprendió a tocar cualquiera de las hermanas Haim, fue la batería. Su papá puso una en la sala, sentaba a sus hijas en sus piernas y les enseñaba a tocar. Pronto le asignó a cada niña un instrumento, reclutó a Donna y la banda Rockinhaim nació. Era una banda de covers, al rock clásico y el funk. Danielle fue buena con la guitarra desde temprano; Este no, así que Mordechai, creyendo que 4 cuerdas serían más fáciles, “me compró un bajo muy barato Fender Jazz Precision por 50 dólares”, recuerda Este. “Yo pensaba: ‘Esto es lo más increíble del mundo’”. Las tres hermanas tomaron clases de piano y aprendieron a leer música.



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