ESPECIAL DEL BICENTENARIO: De “alteza serenísima” a “padre de la Patria”


Por Alejandro Rosas Hace unos meses, la Patria le pasó lista a lo que queda de los héroes de la independencia de México, en una ceremonia que para unos fue solemne y emotiva; para otros fue un sacrilegio, y para algunos más, otro desangelado e insulso evento de un fallido Bicentenario, al cual el gobierno […]


POR Staff Rolling Stone México  



Por Alejandro Rosas

Hace unos meses, la Patria le pasó lista a lo que queda de los héroes de la independencia de México, en una ceremonia que para unos fue solemne y emotiva; para otros fue un sacrilegio, y para algunos más, otro desangelado e insulso evento de un fallido Bicentenario, al cual el gobierno nunca pudo encontrarle ni pies ni cabeza.

ALLENDESi bien hoy se encuentran expuestos en Palacio Nacional, desde 1925 los restos de los insurgentes descansan en la victoria alada del Paseo de la Reforma –conocida popularmente como “el ángel”–, aunque su peregrinar ha sido azaroso. Al momento de morir fusilados, Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez (1811), los primeros insurgentes fueron decapitados y sus cabezas expuestas públicamente durante 10 años en la Alhóndiga de Granaditas.

GUERREROEn una siguiente etapa, Morelos perdió a sus dos grandes lugartenientes en el mismo año de 1814: Hermenegildo Galeana cayó en combate –todavía en un inexistente estado de Guerrero– y Mariano Matamoros murió fusilado en Valladolid. El propio Morelos no tardó en correr la misma suerte y fue pasado por las armas en 1815. A Pedro Moreno y Xavier Mina les tocó bailar con la más fea en 1817. Guerrero la libró y pudo ser parte de la consumación de la independencia, pero nuestros políticos –parricidas desde el inicio de nuestra vida independiente– le tendieron una celada y lo llevaron al cadalso en 1831, cuando siete años antes ya habían dado cuenta del otro libertador: Agustín de Iturbide.

ITURBIDEComo si fuera un rompecabezas, a partir de 1823 los restos de los insurgentes comenzaron a ser llevados a la catedral, fueron colocados en el Altar de los Reyes y luego en la capilla de San José; a lo largo del siglo XIX se deterioraron casi de la misma forma como la nación lo hacía –con excepción de los restos de Iturbide, el gran villano de la historia, que descansa exiliado en la catedral–. Andrés Quintana Roo, doña Leona Vicario, Guadalupe Victoria y Nicolás Bravo se fueron sumando cuando la muerte, por causas naturales, los llamó a rendir cuentas.

Las malas condiciones en que se encontraban los despojos propiciaron una investigación (1911) para identificar de quién eran cráneos, fémures y demás huesos que se encontraban distribuidos y revueltos en distintas urnas. La odisea terminó cuando fueron trasladados al Ángel de la Independencia (1925), pero, según se dijo entonces, con una nueva baja entre las filas insurgentes: los restos de Morelos desaparecieron hasta el 2010, en que, como por arte de magia, volvieron a aparecer tras la exhumación de todos los insurgentes.

4dntvuhh2yeo4npyb3igdet73odaolf$pakw1376wt0b7fp538bbgtroofsz39aAunque parece una obviedad, los restos de los caudillos –sus calaveras, clavículas y costillas despostilladas– nos devuelven su humanidad y la posibilidad de concebirlos como simples mortales. La historia oficial, la que nos contaron durante todo el siglo XX, siempre les negó esa dimensión: no eran humanos, sino héroes; seres míticos, predestinados e infalibles y el mayor de ellos, sin duda, es Miguel Hidalgo, el cura de Dolores.

El bribón del cura
11 años de guerra (1810-1821), medio millón de víctimas, la destrucción de la economía, el caos de la violencia, situaciones al límite: la guerra de independencia propició el surgimiento de una serie de personajes que quizás bajo otras circunstancias no habrían destacado como lo hicieron.

A diferencia de lo que sucedió con las independencias del resto de Iberoamérica, México fue el único lugar donde buena parte de la guerra fue encabezada por curas. Además de Hidalgo, Morelos, Matamoros o Mercado, otros sacerdotes, casi anónimos, rezaban el padre nuestro mientras dirigían batallas, asaltaban una columna realista o preparaban una emboscada. Literalmente cumplían con el dicho: “a Dios rogando y con el palo dando”.

HODALGOPor momentos, la guerra de Independencia parecía una guerra religiosa: sacerdotes al frente de las tropas, la guadalupana como bandera, misas antes del combate, pólvora y bendiciones. Hidalgo logró levantar un ejército de poco más de 100 mil personas en tan sólo unas semanas. Fue algo circunstancial; aquella madrugada del 16 de septiembre de 1810, Ignacio Allende estaba llamado a encabezar la insurrección, pero al momento de ser descubiertos, el capitán del regimiento de Dragones de la Reina reculó e Hidalgo dio el paso sin retorno.

Sin embargo, el cura de Dolores se dejó arrastrar por la naturaleza humana con sus vicios y virtudes; la humildad cedió a la soberbia y con el poder en sus manos afloraron las pasiones. La relación de Hidalgo con Allende y el resto de los oficiales fue por demás tirante. Don Ignacio representaba el orden y la disciplina del ejército. La muchedumbre que seguía al cura desconocía ambos términos. Las primeras batallas ganadas por el ejército insurgente fueron producto de su numeroso contingente pero frente a la organización del ejército virreinal, pronto llegaron las derrotas.

Hidalgo se ganó la voluntad del pueblo gracias a que permitió el saqueo, la rapiña y hasta la muerte. Hombre de extremos, tuvo momentos luminosos como decretar la abolición de la esclavitud y la restitución de tierras durante su estancia en Guadalajara en diciembre de 1810. Pero las sombras de la soberbia y el egocentrismo se posaron en su persona: permitió el asesinato de españoles y se hizo llamar “alteza serenísima”. No sorprende que el propio Allende intentara envenenarlo y llegara a llamarlo “el bribón del cura”. A juicio del capitán, la muerte de Hidalgo remediaría los excesos permitidos por él.

La oportunidad nunca se presentó y Allende no pasó a la historia como el hombre que envenenó al padre de la patria. Víctimas de una emboscada, los caudillos insurgentes fueron aprehendidos y procesados. Miguel Hidalgo murió arrepentido de haber llevado la guerra de independencia por los derroteros de violencia que por momentos pusieron en riesgo el futuro del movimiento insurgente. Reconoció ante sus enemigos haberse “dejado poseer por el frenesí”, causando incalculables males. Aún así, en la crudeza de su movimiento se reflejó la violencia de varios siglos de injusticia social, ignorancia y pobreza auspiciada por la corona española.

“Padre de la patria” es un término excesivo bajo cualquier circunstancia. Sin embargo, el cura de Dolores se ganó un lugar en la historia. Su grandeza, como la de sus compañeros de armas, se encuentra en el acto íntimo, libre y voluntario de atreverse, de tratar de modificar una realidad injusta y lacerante. Hidalgo traspasó el umbral de la vida cotidiana y transformó la historia.

“Para hacer una insurrección –escribió el historiador Lorenzo de Zavala– era preciso estar dotado de un carácter superior, de una alma elevada, de una fuerza de espíritu capaz de sobreponerse a los obstáculos que oponía un sistema de opresión tan bien combinado como el del gobierno español. Estas cualidades no podrán disputarse a estos hombres ilustres”.

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Alejandro Rosas es historiador, escritor y autor, entre otras obras, de Mitos de la historia mexicana, Los presidentes de México, Muertes históricas y Sangre y fuego.



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