Hasta pronto, Leonard Cohen: La muerte de un Don Juan


Cómo Cohen perfeccionó una nueva manera de componer, entre lo sexual y lo espiritual; y cómo continuó reinventándose hasta el final.


POR Staff Rolling Stone México  



Por Rob Sheffield.

Si existe un momento que ejemplifique perfectamente el depravado ingenio de Leonard Cohen es su presentación de “Sing Another Song, Boys” en el infame festival de Isle of Wight de 1970. El poeta se apareció por el escenario a las cuatro de la mañana en su arrugada gabardina color caqui, con guitarra acústica bajo el brazo y sus ojos ferozmente oscuros que agujeraban los lentes de las cámaras al mirarlos. Con su ronca voz, emitió otra balada sobre amantes condenados al fracaso.

“They’ll never, ever reach the moon”, cantó. “At least not the one that we’re after”. Ni siquiera notaba cuando su voz se salía de rango. “It’s oating broken on the open sea look out there, my friends!”, incluso las coristas se percibían alarmadas por la locura dibujada en su rostro. “And it carries no survivors”. La concentración de Cohen se antojaba religiosa. Mientras les hacía el amor con la mirada a un millón de extraños en un miserable festival al aire libre. Todos los testigos temblando, sin descanso y drogados, sin embargo atrajo a todos con su encanto. Nadie más podría haber logrado algo así.

Gracias por tu vida, Leonard Cohen. Este hombre era tanto la grieta que separa las cosas como la luz que penetra poéstas. Nadie más escribía baladas tan honestas y magníficas para sentarse solo en la oscuridad, mirando hacia la ventana, o hasta la pared. “Joan of Arc“, “Chelsea Hotel“, “Tower of Song“, “Famous Blue Raincoat“, “Closing Time“. Era el músico judío-canadiense más codiciado, mucho antes de que Drake naciera, persiguiendo el dinero y la piel. Como Bowie y Prince, creó su propio reino de espiritualidad y sexualidad, y como ellos llegó hasta la cima de sus poderes musicales. Ningún otro compositor se adaptó a la vejez con mayor temple y gusto.

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