Hermanos Químicos


Exploramos el alma obsesivo-compulsiva de Breaking Bad, el programa más torcido de la televisión


POR Staff Rolling Stone México  



Exploramos el alma obsesivo-compulsiva de Breaking Bad, el programa más torcido de la televisión

Exploramos el alma obsesivo-compulsiva de Breaking Bad, el programa más torcido de la televisión

Por Brian Hiatt

Walter White me mira con atención. No le gusta lo que ve. Es casi medianoche y nos hemos encontrado en las polvorientas sombras de un estacionamiento en Albuquerque, Nuevo México, entre las filas repletas de remolques. “¿Eres miedoso?”, me pregunta. “¿Eres un cobarde?”. Ya no se trata de Walter –ahora me confronta su álter ego, Heisenberg, el rey de la anfetamina, y de acuerdo con lo que sus despiadados ojos azules leen, yo soy sólo un estorbo débil y demasiado humano: Oye, quizá ahora me he transformado en Jesse Pinkman.

El momento se esfuma y esboza una sonrisa enmarcada por su siniestra barba de chivo. Sus ojos se descongelan. El hechizo se rompe. Ahora se trata sólo de Bryan Cranston, un paternal actor de 56 años que acaba de concluir otra jornada laboral de 13 horas desempeñando lo que él llama “el papel de mi vida”, y que le ha favorecido con tres premios Emmy y contando.

Nos dirigimos a un bar. “Comienzo a parecérmele”, dice con su barítono calmo e histriónico. “Es maravilloso constatar que puedes intimidar a los demás bajando la voz y mirándoles con fijeza. La mayoría de las personas retroceden un poco”.

Breaking Bad es, sobre todo, una historia que gira alrededor de las transformaciones –a diferencia de prácticamente todos los demás personajes que pueblan la historia de la televisión, Walter White cambia más allá de lo concebible a lo largo de los 62 episodios. Y no se trata tanto de un arco de personalidad como de una vertiginosa caída del ascensor moral. De acuerdo con lo que rutinariamente dice Vince Gilligan, el creador de la serie, Walt ha pasado de ser Mr. Chips para convertirse en Cara Cortada. “Bryan puede hacerlo todo”, dice Aaron Paul, quien interpreta al improbable compañero de White, Jesse Pinkman. “Su personaje hace las cosas más horrendas”.

Gilligan añade: “Un personaje principal puede ser del tipo de Walter White o de Tony Soprano o Don Draper, alguien que hace cosas muy cuestionables, pero como resulta que se trata del protagonista del programa, a la larga es inevitable comenzar a ver las cosas más o menos a través de sus ojos. A veces me gusta equipararlo al síndrome Estocolmo, según el cual como televidente, comienzas a verlo todo tal y como ellos acostumbran hacerlo, lo que constituye un peligro cuando estamos hablando de alguien tan retorcido como Walter White”.

Con su incesante paranoia, Breaking Bad es algo así como los últimos frenéticos minutos de Goodfellas, pero alargados con el propósito de cubrir seis temporadas televisivas. Es un delirio febril que gira alrededor de unos Estados Unidos malditos. Su tono es mucho menos naturalista y sus situaciones menos plausibles que las de los contrincantes que se disputan la corona del mejor-programa-de-todos-los-tiempos (The Sopranos, Mad Men, The Wire). “Estamos obsesionados con la creación de momentos inolvidables”, dice Gilligan, quien pasó siete años trabajando como guionista de The X-Files. “Y a veces éstos rayan en lo operístico o quizá en lo hiperreal, incluso en lo surrealista. Esto no es más que un espectáculo”.

Cranston llega a un pub irlandés, en donde nos encontraremos con Aaron Paul. “Bryan es un miedoso; no nos acompañará dice Paul, de 32 años. “Y puedes citarme cuando te plazca”. A pesar de los 24 años que hay entre ellos, Paul y Cranston son amigos de verdad; incluso han planeado una cita doble con la esposa de Cranston y la prometida de Paul a fin de ir a ver a Sigur Rós.

Gilligan, de 45 años, creció en pequeño poblado en el estado de Virginia; su madre era maestra y su padre un ajustador de seguros. Desde el momento que vio Star Wars supo cuál era su destino: Hacer películas. Al principio se enamoró de los efectos especiales. “Deseaba construir mi propia versión de C-3PO o R2-D2. Durante la preparatoria solía quedarme todos los fines de semana en casa con el fin de crear naves espaciales y películas en el sótano, o para moldear la cara de mi padre en yeso con la ayuda de mi hermano menor”, dice. “No fui a mi fiesta de graduación. Me la pasaba enfrascado en todos estos asuntos. Mi vida social en esa época era lamentable, pero creo que a la larga hubo dividendos”.

Asimismo, le daba por jugar Calabozos y Dragones, leía una obra tras otra de Kurt Vonnegut y Ray Bradbury, y detonaba algunas “bombas menores” en el patio de su casa. Se enroló en la escuela de cine de Nueva York a través de una solicitud que incluía una película suya llamada Henaissance, una cinta que narra la historia de un hombre que gradualmente se convierte en gallina. “¡Siempre aparece este tema de la transformación!”, exclama.

En la Universidad de Nueva York comenzó a beber y empezó a salir con algunas chicas. Asimismo, logró vender su primer guión de larga duración, Home Fries, que luego se convirtió en una película bastante mediocre estelarizada por Drew Barrymore. “Básicamente cometí el error de pensar: ‘Vaya, ya estoy dentro del juego’”, dice. “‘De ahora en adelante todo será una luna de miel. Ni siquiera tendré que trabajar hasta romperme la espalda y ganaré una cantidad inimaginable de dinero elaborando y ofreciendo guiones’”. Tomando en cuenta el consejo bienintencionado que le aseguraba que California arruinaría su distintiva perspectiva regional, Gilligan compró una casa a 45 minutos de la ciudad de Richmond y comenzó a estancarse.

No era tanto que pudiera volverse un tipo malo como uno gordo. “Era como en The Shining, sobre todo durante el invierno. Me quedé atrapado por la nieve un par de veces y si yo hubiese sido un tipo independiente en esos tiempos habría sido fabuloso, porque así hubiera podido terminar muchas tareas. Podía escribir todo el día si me daba la gana. Pero en vez de ello me dio por sumergirme en los videojuegos, desperdiciando un tiempo precioso”. Escribió otras dos películas –incluyendo la que eventualmente se convertiría en Hancock, cinta que exaltó a Will Smith– pero los estudios de filmación mutilaron las versiones originales, y las ofertas comenzaron a escasear. Lo que lo salvó fue su desempeño en The X-Files.

Pasó siete productivos años en dicha serie y colaboró en la creación de The Lone Gunman, una ramificación fallida. Su carrera se estancó de nueva cuenta –a pesar de que los ejecutivos de Sony siempre se mostraron entusiastas cuando escuchaban sus novedosas ideas– y resulta difícil no percibir un cierto cariz autobiográfico en el anhelo insatisfecho de Walter White, quien dejó el trabajo que a la larga le hubiese valido un Premio Nobel y tuvo que convertirse en maestro de preparatoria.

Pero aún le cuesta trabajo creer que alguien hubiera podido interesarse por la idea detrás de Breaking Bad. “Vamos, se trata de un hombre de mediana edad que está muriendo de cáncer y que fabrica cristal anfetamínico; en mi mente siempre estuvieron presentes The Producers y Springtime for Hitler. En retrospectiva, no sé si alguien se le puede ocurrir una idea peor que Breaking Bad para un programa de televisión, a menos que tu verdadero deseo sea fracasar”.



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