Historias de periodistas


Historias de periodistas. Por Fernando Rivera Calderón


POR Staff Rolling Stone México  



Historias de periodistas. Por Fernando Rivera Calderón

Por Fernando Rivera Calderón
Ilustraciones de Patricio Betteo

Cuando era niño los admiraba, los veía como seres inquebrantables e impolutos, pero como sabemos, los niños no tenemos idea de muchas cosas.

Años después intenté volverme uno de ellos, pero conforme los fui conociendo, digamos que empecé a cuestionar severamente mi vocación. Pensé que si el periodismo me iba a convertir a la larga en uno de esos tipos fruncidos y amargados que se valen de la información para darle flote a su megalomanía, prefería dedicarme al macramé.

Quizás fueron demasiados años metido en las redacciones de periódicos y revistas y mis expectativas tal vez eran muy altas hacia el gremio; sinceramente no esperaba que tantas vacas sagradas, después de algunos años, se convirtieran en elefantes blancos para mí. Sin embargo, por otro lado, el periodismo no tiene la culpa de que algunos periodistas no estén al nivel de los tiempos que corren.

Cuando leo que la confianza en los periodistas se ha desplomado a nivel mundial en los últimos años, recuerdo la época en la que comencé como corrector de estilo en cierto periódico en el que los reporteros de futbol hacían sus crónicas viendo los partidos por la televisión. En ese tiempo me parecía algo gracioso, no imaginaba que 20 años después se estaría pagando la factura de tanto desacato a la realidad.

Pero el desacato más grande no está en los reporteros, ni siquiera en esos pobres que vendían su alma por un sobrecito con 100 pesos al mes, los desacatos mayores siempre están en las altas esferas donde la información se vuelve el hilo conductor de una trama mucho más compleja y donde la sensibilidad desaparece por puro instinto de supervivencia.

Ahí donde la información es poder los periodistas se vuelven todo menos periodistas: se vuelven divas, se vuelven tiranos, se vuelven monstruos, modelos, estrellas de TV, pero cuando ese poder se acerca al poder político habitualmente se doblegan y bajan la cabeza. No tiene mucho que pude ver en primera fila a algunas de nuestras más encumbradas celebridades informativas, de esas que a la hora de cuestionar en pantalla hasta le pegan a la mesa, haciendo cola para saludar al Secretario de Gobernación en turno como en los mejores tiempos del besamanos priísta, nada más que en los tiempos del PAN

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Me encantaría decirles nombres, pelos y señales pero tampoco quiero quedarme sin trabajo el resto de mi vida y además así jugamos el juego de la inteligencia y ustedes, queridos lectores, intentan adivinar. No es difícil. Y tampoco se preocupen por ellos, dudo mucho que alguno quiera ponerse el saco aunque vea su reflejo. Es como si les hablara de ese magnate de los medios, del Saddam Hussein del periodismo nacional, ese que se mandó hacer su efigie en bronce como monumento a su humildad y que anda por la vida ofreciendo conferencias sobre la libertad de expresión y la ética en el periodismo. Sería difícil pensar que un hombre así cambia las portadas de sus publicaciones cuando éstas afectan los intereses de sus amigos, altos jerarcas políticos, empresariales y religiosos, pero sin duda la amistad significa mucho para él y en esta vida todos tenemos prioridades, sobre todo si éstas nos significan la posibilidad de vender más publicidad. Hay que ver la amistad con sus ojos: como una inversión a largo plazo.

Claro, no es que nuestro señor X sea el único que lo hace, pero sí es el más obsesionado en mostrarse como un adalid del periodismo, cosa que no es. En todo caso me parecería un adalid de la amistad. Hay otros empresarios que nunca han pretendido dejar de ser “vendemuebles”, aunque hagan “periodismo”, y su actuar es mucho peor, pero no se ponen la camiseta de periodistas.

Hay otros directores de periódicos que más bien se quedan sin amigos. Conocí a uno que disfrutaba mucho las juntas editoriales porque –es una teoría personal– era el único momento del día en que alguien escuchaba sus chistes. Como a mí sus chistes nunca me hicieron gracia y además como él se reía solo con ellos, me parecía innecesaria la presencia de cualquier humano a su alrededor, de entrada la mía. Abandoné sus sesiones cotidianas de stand up comedy, pero él se formó un séquito que aprendió a decirle que sí y a reírse de sus malísimos chistes.

Recuerdo el día que un buen amigo, colaborador del periódico, ganó uno de los premios literarios más importantes de la lengua castellana y alguien se lo comunicó al director. Éste, burlón como siempre, dudó que se tratara del mismo que colaboraba en las páginas de su propio periódico: “¿Cómo crees que va a ser el mismo?”, dijo, hasta que finalmente lo convencimos de que sí lo era. Dos días después le había organizado un cóctel en un salón de un elegante hotel del centro de la ciudad y se paraba el cuello tomándose fotos a su lado y brindando por su éxito.

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