Howard Stern, el hombre más feliz del mundo


La longeva lucha y el triunfo neurótico de Howard Stern


POR Staff Rolling Stone México  



La longeva lucha y el triunfo neurótico de Howard Stern

La longeva lucha y el triunfo neurótico de Howard Stern
Por Neil Strauss

¿Tu pene es grueso y grande?”, pregunta Howard Stern. La cuestión ha sido dirigida a un invitado en su estudio de radio en Nueva York, un jueves por la mañana. Desgraciadamente, el invitado soy yo.

El ala para Howard Stern, ubicada en la base de operaciones neoyorquinas de SiriusXM, no consta solamente de un pasillo con oficinas y estudios: En realidad se trata de un campo de batalla. Una vez traspuesto el umbral, cualquiera es presa fácil. Los empleados, armados con grabadoras, micrófonos y cámaras de video, deambulan por las salas, y su misión consiste en crear contenido las 24 horas del día. Mientras tanto, los escritores y productores salen disparados de sus oficinas, como si fuesen caricaturas de Warner Bros., haciendo acopio de las imágenes, noticias, bromas y llamadas que pudieran servir para las emisiones radiales.

Dentro del estudio, Stern está sentado, cansado y sin embargo todopoderoso, sobre un trono hecho por él mismo, circundado por un escritorio tripartito, una consola mezcladora atestada de papeles y cuando menos cinco computadoras que bloquean su visión. Su equipo de apoyo se encuentra a cierta distancia: el compinche Robin Quivers está dentro de una jaula de cristal emplazada en el lado opuesto del estudio, mientras que su antiguo ingeniero de efectos especiales, Fred Norris, se mantiene oculto tras un biombo a su izquierda. Por otro lado, sus invitados, vulnerables y flanqueados por el personal de Stern, han tomado asiento sobre un sofá rojo. Cada elemento de la habitación ha sido diseñado para recordarnos que éste es el Reino de Stern, y si tú no funges como consejero del rey, seguramente eres un miserable bufón.

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Tuve que visitar el estudio a fin de atestiguar lo que ocurre en su programa de radio. Al final, Stern concedería una entrevista exclusiva. Sin embargo, en vez de ello, terminé convertido en el bufón, bombardeado con mil preguntas a lo largo de una hora hasta que, finalmente, me hizo divulgar ante millones de escuchas algo que ni siquiera le había podido confesar a mi propia novia –y que me costaría mil disculpas y docenas de rosas–.

Y por esta razón, tras 35 años de transmisiones, Howard Stern no sólo sigue ocupando la cima en su campo, sino que él mismo constituye un campo único. En 2006 abandonó la radio FM a fin de dedicarse de lleno a Sirius, la radio satelital, pero sus detractores aseguraron que acababa de condenarse a una carrera irrelevante en el ámbito popular. Sin embargo, cinco años más tarde, Stern, de 57 años, no deja de proyectar su gigantesca sombra sobre la conciencia masiva. Y esto no se debe solamente a que, casi a solas, ha contribuido a que Sirius tenga casi tantos suscriptores como escuchas tenía su programa terrestre, sino que su manera de prosperar, consistente y exitosa, como uno de los parias mediáticos más poderosos le ha convertido en un estadista respetadísimo. El término “atleta del shock”, que solía ser algo así como un sinónimo de su propio nombre, ahora parece un equívoco anacrónico para alguien más famoso y quizá más inteligente que la mayoría de sus invitados, para alguien que puede aparecer en el programa televisivo de David Letterman y sugerirle al propio anfitrión nuevas maneras de conducción y operación y para alguien que puede encerrarse en una habitación e improvisar cuatro horas seguidas de comedia, cuatro días a la semana. Stern y su séquito, que incluye al equipo de noticias Howard 100, dedicado única y exclusivamente a la cobertura de su homónimo, pueden ser escuchados todo el día, a lo largo de toda la semana, no sólo a través de dos canales SiriusXM, sino también en su propio canal de cable: HowardTV, accesible mediante suscripción.

¿Acaso su psicopatología narcisista ha sido elevada al nivel de una obra de arte? “He preguntado la misma cosa innumerables veces, pero no he recibido ningún diagnóstico”, dice en su oficina una vez concluida la emisión del día. Pero enseguida ríe y añade, “Pero sin duda puedo ser el mejor narcisista del planeta”. Y así ocurrió que, a finales del año pasado, el autoproclamado rey de los medios masivos renovó su contrato con SiriusXm por otros cinco años y con un salario anual promedio de 80 millones de dólares, tentado por la posibilidad de ser escuchado a través de un programa ajustable a teléfonos celulares y por la misión consistente en moldear sus canales hasta convertirlos en formatos parlantes capaces de sobrevivirle. Pero detrás de estos retos se esconde un temor: el miedo a detenerse cuando apenas ha comenzado.

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Cuando la gente te pregunta cómo haces para realizar entrevistas tan buenas, siempre contestas que todo se debe a tu peculiar sentido de la curiosidad. Pero mientras me entrevistabas, caí en la cuenta de que también tiene que ver con tu limitada capacidad de retención.
Estás en lo cierto. Sobre todo me critican porque suelo interrumpir a la gente. Pero creo que las interrupciones son mi punto fuerte. Parece contradictorio, pero sencillamente no debes permitir que los demás sigan y sigan. Tú eres el director de la orquesta. Tú debes ser el que dice, “Mi audiencia desea algo nuevo y fresco”. No quiero que mis invitados fracasen. Mis observaciones señalan que un buen entrevistador no sólo hace buenas preguntas, sino que asimismo posee una especie de sexto sentido que le indica lo que resulta interesante para su público masivo. Pero esto es algo que no puede ser impartido en una institución.

¿Cómo adquiriste entonces este sexto sentido?
Tengo una teoría: mis padres me llamaban a la sala y me pedían que imitara a toda clase de personas. Acostumbraba imitar a las madres de nuestro barrio. Y mis padres se morían de risa. Pero de pronto –y esto es de lo peor que le puedes hacer a un chico– mi padre gritaba: “¡Detente! Te estás extendiendo. ¡Sé breve! ¡Genera interés!”. Así que para lograr que mis padres prestaran atención, tuve que aprender a sintetizar. Mi paranoia más grande consiste en extenderme demasiado.

Además de no querer aburrir a la audiencia, ¿te interesa lo que los demás tienen que decir acerca de sí mismos?
No lo creo. En mi vida privada no puedo mantener conversaciones con los demás. No tengo la paciencia que me permita permanecer ahí escuchando a la gente, y en realidad no sé cómo socializar. Es muy raro. Pero cuando estoy haciendo buena radio, lo noto enseguida. Cuando mis entrevistados tocan el núcleo, lo noto. Puedo sentirlo. Pero yo no camino por ahí sintiendo interés. No tengo por qué ser el interlocutor que debe escucharte.

¿Eres calculador a lo largo de tus emisiones?
Siento que lo calculo todo mentalmente, y esta situación me enloquece. Una vez concluida la transmisión, regreso a mi oficina, hago Meditación Trascendental y me desmayo. Mi cabeza está en llamas. Me siento exhausto. Yo trabajaba de lavaplatos. Lo disfrutaba mucho más por el esfuerzo físico y el uso de mi cuerpo. Tenía amigos y la vida era sencilla. Esto, en cambio, es obsesivo. Te lo juro, durante la emisión me estaba volviendo loco.

Si alguien midiera la actividad de tus ondas cerebrales durante una emisión, sería muy interesante detectar algún cambio en tu estado mental.
La gente que me ha visto trabajar –cuando no llevo puestas las gafas para sol y mis ojos son visibles– dice que mis ojos van de atrás hacia adelante, una y otra vez, a mil kilómetros por hora. Le dije a mi esposa, “Estoy en una zona distinta”. Como si mis ojos viajaran a la parte posterior de mi cerebro y, cuatro horas más tarde, el show ha terminado.

¿Te da miedo que tu agudeza comience a deteriorarse con la edad?
Supongo que sí. Incluso me pregunté si valía la pena firmar un contrato por cinco años. Pensaba: “Carajo, ¿seguiré siendo veloz y brillante?”. Creo que sí. Cuando mi contrato expire tendré 61 años, una buena edad para retirarme. ¿Quién podría decirlo?

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¿Por qué comenzaste a ir a terapia?
Bueno, pues mi primer matrimonio tocaba a su fin y yo estaba muy confundido. Sabía que mi vida estaba vacía: me sentía neurótico y completamente consumido por el trabajo. El trabajo era lo único que me importaba. Sabía que las cosas no iban bien, así que dije: “¿En dónde carajos podré obtener alguna respuesta?”. Nunca me he sentido atraído por la religión, pero mi matrimonio comenzaba a irse por el caño y yo necesitaba ayuda para poder describir el asunto frente a mis hijos, para poder darle un sentido a todo esto y a la vez comunicarme con ellos. Porque una vez divorciado, el papel de un padre es muy distinto.

¿Qué te pareció tu primera sesión?
Me dio mucho miedo. Nunca antes me había abierto de esa manera ante otra persona. Nunca antes había conversado así con otro ser humano, mucho menos con un hombre. Y nunca había considerado seriamente mis sentimientos. Los sentimientos no tenían nada que ver conmigo. Recuerdo que al terapeuta comencé a contarle algunas historias, como si estuviese en la radio. Yo reía. Él me dijo: “¿Por qué te ríes? Son cosas muy importantes. Y algunos eventos son realmente tristes”.

A causa de tu trabajo, que te mantiene sumamente ocupado, estoy seguro que la terapia es una distracción que tú mismo te impones.
Mi terapeuta señaló algo: “¿Por qué no admites que disfrutas de tu programa?”. Yo estaba a punto de abandonar mi trabajo a fin de conservar la cordura. Él me dijo: “Hay una parte de ti a la que le gusta y que lo necesita”. Porque si yo soy la clase de persona que no quiere sentir ninguna conexión con la audiencia, ¿por qué envío tweets todo el tiempo? Tengo oportunidad de estar solo, pero en vez de ello me conecto con la audiencia. Así que una parte de mí requiere desesperadamente de esta conexión y de la aprobación y de los millones que me escuchan.

¿Pero no te parece que un adicto hablaría de la misma manera de la droga?
Es una adicción. Tienes toda la razón. Estoy adicto a la gente. La gente es mi droga. ¿La gente, o la atención y la aprobación? La adicción a la gente tiene todo que ver con eso: con la atención, la aprobación, la legitimidad. Creo que todo eso opera en este caso. Es como desesperarse.

Como estar adicto al sexo. Existe un agujero interior que sólo puede ser relle- nado a través de la atención. Y cuando el efecto desaparece, la persona necesita una dosis idéntica o incluso mayor.
La adicción al sexo, la adicción a la gente, es lo mismo. La soledad da miedo. Escúchame: ¿cuánto sexo será realmente necesario? El problema no es el sexo. Tras mi divorcio pensé: “Maravilloso. Ahora puedo salir y tener sexo”. Me dediqué a seducir mujeres, pero de repente caí en la cuenta de que no necesitaba de tanto sexo. Sólo quería alguien a mi lado cada minuto. Utilizaba a las mujeres como si éstas fuesen madres sustitutas. Tras la revelación, mi comportamiento comenzó a parecerme infantil. Lo digo en serio: ¿fue lo mejor de lo mejor, aquello de poder coger noche tras noche? Muchas personas me usaban por mi fama y yo por su belleza, y todo comenzó a parecerme realmente vacío.

Tomando en cuenta que a lo largo de tu matrimonio te sentiste como animal enjaulado, resulta sorprendente que semejante libertad no te haya parecido satisfactoria.
Parecía un banquete frenético, más que otra cosa. Me sentía frenético. Quería tenerlo todo y tenerlas a todas. Como si yo tuviera derecho a todo eso y más. Sabía que era una actitud poco saludable: nadie tiene derecho a tenerlo todo.

¿Con cuánta gente estuviste en ese periodo?
Con muchas. Estaba loco. Las noches escolares son sagradas para mí. Cuando tengo un programa a la mañana siguiente, me voy a la cama a las 8:30 hrs., a las 9:00 hrs., pero yo me queda despierto hasta las 10:30 hrs. Sí, sí, muy salvaje. No estaba totalmente fuera de control. Pero yo sentía que debía tener una mujer distinta cada noche. Mi soltería duró un año. Tal vez. Honestamente, no sé con cuántas mujeres estuve, pero fueron muchas.

¿Más de 100?
No, no, no. No soy un animal. Pero para mí fue demasiado.

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