Julian Assange. La entrevista Rolling Stone


Julian Assange, fundador de WikiLeaks, habla sobre su batalla con el ‘Times’, su tiempo en soledad y el futuro del periodismo.


POR Staff Rolling Stone México  



Julian Assange, fundador de WikiLeaks, habla sobre su batalla con el ‘Times’, su tiempo en soledad y el futuro del periodismo.

Bajo arresto domiciliario en Inglaterra, el fundador de WikiLeaks habla sobre su batalla con el ‘Times’, su tiempo en soledad y el futuro del periodismo.

Por Michael Hastings

julian assangeJulian Assange se acaba de mudar a su nuevo escondite en lo profundo del campo de Inglaterra. La casa de dos cuartos –prestada por un seguidor de WikiLeaks– es cómoda, con una enorme chimenea de piedra y una terraza en el fondo, pero no es tan magnífica como la propiedad en la que pasó los últimos 363 días bajo arresto domiciliario, esperando que una corte británica decida si será extraditado a Suecia donde enfrentará acusaciones de acoso sexual a dos mujeres con las que tuvo encuentros ocasionales en agosto de 2010.

Assange está sentado en un sillón rasgado y viste un suéter de lana, pantalones oscuros y un brazalete electrónico en su tobillo derecho, que se asoma sólo cuando cruza las piernas.

A sus 40 años, el fundador de WikiLeaks se parece más a un comandante rebelde agobiado que a un hacker o un periodista. Ha mejorado su actitud con los medios –tiene mayor disponibilidad para contestar preguntas y es menos probable que se pare y retire a la mitad de una entrevista– pero la larga batalla legal lo ha dejado aislado, en la quiebra y vulnerable. Hace poco, Assange habló con alguien a quien llama una “fuente de inteligencia” occidental, y le preguntó sobre su destino. ¿Alguna vez volverá a ser un hombre libre, regresar a Australia, donde nació, e ir y venir como le plazca? “Me dijo que estoy jodido”, dice Assange.

“¿Y estás jodido?”, pregunto.

Assange hace una pausa y mira por la ventana. La Interpol ha emitido una supuesta “notificación roja” por su arresto en nombre de las autoridades suecas para interrogarlo en “relación con una cantidad de delitos sexuales” –Gaddafi, acusado de crímenes de guerra, obtuvo esto sólo con una “notificación naranja”– y el gobierno de EE UU lo ha etiquetado como un “terrorista de alta tecnología”, lo que desató una enorme investigación sin precedentes diseñada para retratar al periodismo de Assange como una forma de espionaje internacional. Desde noviembre de 2010, cuando WikiLeaks enfurecía y ridiculizaba a los gobiernos mundiales con el lanzamiento de lo que se conoció como Cablegate –unos 250 mil cables diplomáticos clasificados de más de 150 países– los seguidores del grupo han sido detenidos en aeropuertos, citados para testificar ante un gran jurado y con órdenes de entregar sus cuentas de Twitter y correos electrónicos a las autoridades.

Assange siempre estaba muy comprometido con el mundo y siempre se metía en problemas. Nacido en un pequeño pueblo de Queensland, pasó buena parte de su juventud viajando por Australia en compañía de su madre y padrastro, que dirigían una compañía de teatro. De adolescente descubrió las computadoras –su primera fue una Commodore 64– y se volvió uno de los primeros hackers del mundo, haciéndose llamar Mendax, que en latín significa “noblemente mentiroso”. Luego de irrumpir en sistemas de la NASA y del Pentágono cuando tenía 16 años, fue arrestado por 25 casos de hackeo, lo que lo empujó hacia un camino recto. Pero mientras viajaba por el mundo, trabajando como consultor tecnológico durante buena parte de la década de 1990, siguió usando sus conocimientos informáticos para asegurar la libertad de la información; una condición necesaria, dice él, para un autogobierno democrático.

“Desde los días gloriosos de radicalismo norteamericano, que fue la Revolución Americana, considero que la visión de Madison sobre el gobierno todavía no ha sido igualada”, me dice durante los tres días que convivo con él, en lo que se instala en su nueva ubicación en Inglaterra. “La gente dispuesta a vivir en una democracia, a crear sus propios gobiernos, debe tener el poder que trae el conocimiento, porque el conocimiento siempre dominará sobre la ignorancia. Uno puede estar informado y ser su propio gobernador, o puedes ser ignorante y dejar que alguien más, que no es ignorante, te gobierne. La pregunta es: ‘¿Dónde ha traicionado EE UU a Madison y Jefferson, y a estos valores básicos sobre cómo mantener una democracia?’. Creo que el complejo militar-industrial de EE UU y la mayoría de los políticos en el Congreso han traicionado esos valores”.

En 2006, Assange fundó WikiLeaks, un grupo de hackers y activistas que han sido apodados como la primera “organización de noticias sin estado”. La meta, desde el principio, fue operar más allá del alcance de la ley, apoderarse de documentos vitales censurados por gobiernos y corporaciones, y ponerlos a disposición del público. Luego de una serie de éxitos iniciales –publicaciones de filtraciones sobre Islandia, Kenia e incluso un documento del Pentágono que advertía sobre WikiLeaks– Assange sacudió al ejército de EE UU en abril de 2010 con el lanzamiento de “Collateral Murder”, un video que mostraba a un helicóptero estadounidense en Irak que abría fuego contra civiles desarmados, donde murieron dos periodistas y varias personas más. Rápidamente, siguieron cientos de miles de archivos clasificados relacionados con las guerras de Irak y Afganistán, creando un revuelo internacional. Pero poco después de lanzar los cables diplomáticos, a los que se les atribuía el ayudar a dar el chispazo inicial a la Primavera Árabe, fue detenido y encarcelado luego de pasar una semana con dos seguidoras en Estocolmo, lo que lo involucró en una batalla legal de un año por su propia libertad.

Assange aceptó dar una extensa entrevista en su nueva casa, siempre y cuando la ubicación de la misma se mantuviera en secreto, junto con las identidades de la gente de WikiLeaks que lo han apoyado desde que se metió en líos en Suecia. Si bien sigue dirigiendo el grupo desde el arraigo, y trabaja en lo que llama un nuevo conjunto de primicias relacionadas a la industria de la vigilancia privada, el furor mediático sobre su vida lo ha convertido en un paria entre muchos ex seguidores, lo que dificulta que WikiLeaks recaude dinero. Le han llamado violador, combatiente enemigo y agente de Mossad y la CIA. Sus dos colaboradores más prominentes –The New York Times y The Guardian– varias veces lo han calificado de pervertido con una mala higiene que felizmente sigue vendiendo libros y derechos de películas sobre sus proezas. Su propia personalidad también ha demostrado ser divisiva: Es encantador, brillante e inflexible, pero también ha inspirado odio entre antiguos colegas, quienes lo retratan como un megalómano cuyo ego ha socavado la causa.

En mi último día con Assange, llego 45 minutos temprano. Está acompañado solamente de su asistente personal. Assange escribe con ahínco en una laptop instalado en el comedor que ha convertido en su oficina, monitoreando lo único en lo que se ha enfocado en los últimos días: El juicio de Bradley Manning, el soldado de 24 años que supuestamente dio los cables diplomáticos a WikiLeaks. Assange tiene a dos abogados representándolo en la corte de Maryland, y su nombre ha sido mencionado casi todos los días durante la audiencia inicial. Ha quedado claro que la estrategia del gobierno es presionar a Manning para que implique a Assange en espionaje; presentar su trabajo en WikiLeaks como el trabajo de un espía, no un periodista.

Cuando Assange entra a la sala y se sienta en el sillón, un pequeño Jack Russell Terrier se sube a su regazo y permanece ahí por la mayoría de las próximas cinco horas. “Usas dos grabadoras”, dice Assange, viendo los aparatos digitales que puse sobre la mesa. “Normalmente uso tres”. Pero apenas comenzamos la entrevista, suena el teléfono. Es Daniel Ellsberg, el hombre que filtró los papeles del Pentágono y había ido al juicio de Manning con los abogados de Assange. Ellsberg está en un coche, manejando de regreso a Washington, D.C. “Te escucho”, grita Assange mientras se dirige al comedor. “¿Me escuchas?”.

Cinco minutos después, regresa, excitado. “¿Dónde estábamos?”, pregunta. Su asistente trae dos tazas de café y empieza la entrevista.

¿Por qué WikiLeaks está tan concentrada en defender a Bradley Manning?
A Manning se le acusa de ser una de nuestras fuentes, más allá de si estas acusaciones son ciertas o no. Ha pasado unos 600 días en varias prisiones militares estadounidenses como resultado de lo que publicamos. Entonces, sentimos que tenemos un deber de diligencia con él. He oído de gente cercana a su defensa que opinan que el abuso de Manning fue para que testificara en nuestra contra.



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