La entrevista Rolling Stone: Bill Gates


Bill Gates en entrevista Rolling Stone. Lo que hay detrás del visionario más rico del mundo


POR Staff Rolling Stone México  



Bill Gates en entrevista Rolling Stone. Lo que hay detrás del visionario más rico del mundo

Por Jeff Goodell
Ilustración de Roberto Parada

A sus 58 años de edad, Bill Gates no sólo es el hombre más rico del mundo (con una fortuna que ahora rebasa los 76 billones de dólares), sino también uno de los más optimistas. Desde su punto de vista, el mundo es un gigantesco sistema operativo que no requiere más que de una simple depuración. La idea propulsora de Gates, la noción que anima su vida, que guía su filantropía, que lo mantiene encerrado hasta muy tarde en esa elegante oficina, repleta de libros y con vista al Lago Washington, en las afueras de Seattle, es la certeza de hacker de que el código de estos problemas puede ser reescrito, que los errores pueden ser arreglados, que los grandes sistemas –Windows 8, la pobreza mundial o el cambio climático, por ejemplo– pueden mejorar si cuentas con las herramientas y las habilidades adecuadas. La Fundación Bill & Melinda Gates, una organización filantrópica con un capital mayor a los 36 billones de dólares y dirigida por él y su esposa, se asemeja a una novedosa empresa cuyo mercado objetivo es, ni más ni menos, que la civilización humana.

En persona, Gates tiene muy poco de Amo del Universo y, tomando en cuenta la escala de su riqueza, sus posesiones son modestas: Tres casas, un avión y ni un solo yate. Viste mocasines, pantalones color caqui y suéteres con cuello en V. Casi siempre necesita un corte de pelo. Sus anteojos no han cambiado mucho en los últimos 40 años. Para divertirse, le gusta asistir a los torneos de bridge.

Pero si sus ambiciones sociales son modestas, su enfoque intelectual nos deja atónitos: El clima, la energía, la agricultura, las enfermedades infecciosas y la reforma educativa, por nombrar sólo unos cuantos temas. Ha contratado a un puñado de viejos físicos nucleares a fin de hornear galletas nutricionales para el mundo en vías de desarrollo. Un equipo SWAT contra la poliomielitis ha gastado ya 1.5 billones de dólares (y piensa invertir por lo menos 1.8 bdd más de aquí a 2018) con el propósito de erradicar el virus.

Ha pasado mucho tiempo desde la primera época de la revolución tecnológica, cuando Gates era casi la caricatura de un codicioso monopolista obsesionado con la instalación de Windows en todas las computadoras de la galaxia. (“El problema con Bill”, me dijo alguna vez Steve Jobs, “es que quiere quedarse con un centavo de cada dólar que pasa por sus manos”). Pero cuando Gates abandonó su puesto de CEO de Microsoft en 2000, halló una manera de transformar ese agresivo instinto que le llevaba a querer conquistar las computadoras en una necesidad igualmente violenta de conquistar la pobreza y las enfermedades.

Ahora ha regresado a Microsoft como “asesor tecnológico” de Satya Nadella, el actual CEO de Microsoft. “Satya me ha pedido que revisemos los planes de producción y que le ayude a tomar algunas decisiones apremiantes y a enfilar por nuevos rumbos”, me dijo Gates mientras conversábamos en su oficina cierta tarde lluviosa, hace unas cuantas semanas. Estima que dedicará un tercio de su tiempo a Microsoft y el resto a su fundación y otros proyectos. Pero el Microsoft actual no tiene nada que ver con el mastodonte que rigió durante los años noventa. La compañía permaneció encadenada a las computadoras durante un tiempo excesivo, mientras que la competencia –Apple y Google– exploró el universo de los teléfonos y las tabletas. Y en vez de hablar en términos visionarios acerca del futuro de la compañía, Gates menciona algunos desafíos –una palabra que suena casi mundana en boca de un hombre tan ambicioso– por ejemplo, la reinvención de Windows y Office para la era de la computación en la nube. Pero de ciertas maneras, esto no constituye algo inesperado: A diferencia de gente como Jobs, quien regresó a Apple con un celo casi religioso, Gates tiene sin duda algo más grandioso en mente, algo mucho más allá del buen funcionamiento de unas hojas de cálculo en la nube.

Cuando pusiste en marcha Microsoft, tenías una idea que por ese entonces sonaba disparatada: Que todos los escritorios del mundo ostentarían algún día una computadora. Ahora que has regresado a Microsoft 40 años más tarde, tenemos computadoras no sólo sobre nuestros escritorios, sino en nuestros propios bolsillos, en todos lados. ¿Qué es lo que más te ha sorprendido acerca de estos corolarios?
Es sorprendente que hayamos pasado de un mundo en el que las computadoras eran raras y muy complejas a uno en el que constituyen la herramienta básica de la vida diaria. Ése era precisamente el sueño que quería materializar, y en gran medida se ha desplegado tal y como lo imaginaba. Puedes debatir acerca de los modelos publicitarios y empresariales o en torno a los protocolos para interconexiones que podrían ser exitosos o acerca de los tamaños de pantalla que ciertas cosas requieren. No hay tantos robots como yo imaginaba. Pero probablemente muchas cosas surgirán en los próximos cinco años y sin duda en la próxima década.

Si existe un contrato que simbolice el estatus actual de Silicon Valley, no es otro que la adquisición de WhatsApp realizada por Facebook. El monto fue de 19 billones de dólares. ¿Qué nos dice esto acerca de la economía de Silicon Valley hoy por hoy?
Quiere decir que Mark Zuckerberg quiere que Facebook sea el próximo Facebook. Mark goza de una credibilidad que le permite decir: “Voy a gastar 19 billones de dólares en algo que, en esencia, no posee un modelo de ganancias”. Creo que su agresividad es inteligente, aunque el precio resultó más elevado de lo que yo esperaba. Esto nos demuestra que las bases de usuarios son extremadamente valiosas. Es un software, puede mutar y convertirse en toda una serie de cosas; una vez que has configurado todo a fin de comunicarte con otra persona, no basta con redactar textos. Vas a meter fotografías, vas a compartir documentos, vas a proponer algún juego.

Pues parece que Google estaba echando un vistazo.
Sí, claro. Microsoft estaba dispuesto a comprarlo también. No sé si por 19 billones de dólares, pero la compañía es extremadamente valiosa.

Mencionaste a Mark Zuckerberg. Cuando piensas en lo que ha logrado, ¿acaso ves algo de ti en él?
Por supuesto. Ambos abandonamos Harvard antes de concluir nuestras carreras, ambos poseemos una visión sólida y terca acerca de las posibilidades del software. Pero él merece todo el crédito por haber moldeado la interfaz para usuarios de su producto. Él se comporta como un administrador de productos, yo no tanto. Yo soy un codificador, me la paso más en las entrañas y en la arquitectura, él no. Pero, bueno, esa diferencia no es importante. Yo empiezo por la arquitectura, él por los productos y Steve Jobs comenzaba por la estética.

En el caso de Microsoft, ¿qué implica esta transición hacia el móvil y la nube?
Tanto Office como los demás activos de Microsoft que construimos en los noventa –y que hemos seguido ajustando– han podido gozar de una larga vida. Pero actualmente requieren de algo más complejo que una mera afinación. Pero esto es muy emocionante para el personal interno. Estas personas suelen decir: “Debemos arriesgarnos un poco a fin de crear algo nuevo”, como Google, que es una compañía muy poderosa y dominante a lo largo y ancho de un gran campo de acción.

En cierto sentido todos nacieron de la nube.
El hecho es que los motores de búsqueda generan una gran cantidad de dinero. Y cuando cuentas con todo ese dinero puedes darte el lujo de explorar muchos callejones sin salida. Ese fue el lujo del que gozamos en los noventa. Puedes darle seguimiento a cosas muy voladas. Nosotros creamos una gran cantidad de asuntos relacionados con la TV interactiva, experimentamos con las carteras electrónicas. Muchos proyectos eran muy avanzados para su época, y es que podíamos costearlo todo.

Cuando la gente piensa en la nube, lo que tiene en mente no es sólo el acceso a la información o a sus documentos, sino también a su privacidad o la ausencia de ésta.

¿Deberíamos colocar cámaras en todas las calles? En mi opinión, la colocación de cámaras en los barrios pobres es una gran idea. En el caso de Londres, el crimen callejero ha disminuido. Los terroristas pueden ser atrapados gracias a esta tecnología. Y si algo horrendo ocurre, la mayor parte del tiempo podrías darte una idea de la identidad del perpetrador. Existe una visión general en ese país en el sentido de que esto no se implementa para invadir de algún modo la privacidad. Sin embargo, para que funcione en una ciudad norteamericana, uno tiene que confiar en que la información será utilizada con los mismos propósitos.

¿Crees que algunas preocupaciones son exageradas?
Siempre ha existido mucha información acerca de tus actividades. Cada número telefónico que marcas, cada cargo a tu tarjeta de crédito. Hace mucho que una persona promedio empezó a dejar huellas digitales. Pero requerimos de reglas explícitas. Si hubieses estado implicado en un pleito por divorcio hace veinte años, ¿tiene derecho tu vecino entrometido a extraer algo al respecto mediante una búsqueda en Bing o Google? Cuando solicito trabajo, ¿tienen derecho los contratantes a buscar mis infracciones por exceso de velocidad? Bueno, pues si soy un conductor de autobuses, ¿sería válido en este caso? Y por supuesto que la sociedad muestra un gran interés al respecto, diciéndose, “¿estaremos recopilando planes para armas nucleares? ¿Aniquilaremos a millones de personas? Si llegamos a pensar que las probabilidades de que esto ocurra han aumentado, ¿en quién podemos confiar? En verdad me gustaría que sostuviéramos debates más intensos en torno a estos temas.



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