La locura de Donald Trump


Las presiones de la presidencia han empujado a Trump hacia el filo del abismo, ¿estará suficientemente demente como para ser removido de la presidencia?


POR Staff Rolling Stone México  



Foto: Michael Vadon

Por Matt Taibbi

La tarde del 22 de agosto de este año. Un centro de convenciones en la ciudad de Phoenix, Arizona. Es la esta en la que Donald Trump se presenta en sociedad como una persona demente. Se ve como el mismo Trump de siempre en el escenario: la misma camisa azul, el mismo pin de la bandera que le obligan a usar, la misma piel color mandarina y la misma corbata roja meciéndose por debajo del cinturón. Al inicio de este año, hubieron varios esfuerzos para convencer a Trump de que dejara de usar los sacos desabrochados –el diseñador Joseph Abboud dijo que abrocharse los botones era una “manera muy visual de mostrar que él mismo sabe la seriedad del trabajo que está desempeñando”– pero Donald Trump no acepta consejos, ni siquiera los gentiles y benignos. Ese cambio de look lo dejó tan pronto como se le propuso, dejando al mismo Donald de siempre en la campaña. Hoy sigue sonando igual que en esa época, arrancando el evento con su frase consentida: “¡Pero qué público!”, grita. (En una semana gritará: “¡Pero qué público, miren cuánta gente!”. Desde la parte superior de un camión en Corpus Christi, Texas, debido al mortífero huracán). Pero el presidente defensivo y preparado para la batalla que está en el escenario esta noche, es un hombre completamente diferente al revolucionario lleno de ideas que invadió hasta la médula el proceso político estadounidense hace un año. Ese Donald Trump sí que se divertía, en un grado obsceno. Ver a Trump inclinarse en un podio improvisado en el camino hacia la presidencia era como mirar a un torpe jabalí hacer un agujero en la pared. Dijo cosas monstruosas y mintió con deslumbrante inhibición, cuando el mundo civilizado reaccionó en horror, pareció que gozaba, un placer sádico en cada minuto –ganara o perdiera, la candidatura fue gloria pura para él, un tabú de la política y una furia cargada de testosterona que dejaría su marca en Estados Unidos por siempre.

Había una cosa más, el candidato Trump podría haber estado demente, pero era una locura que funcionaba hasta cierto nivel. Incluso en sus más bajos e irracionales momentos –como su terrible insensibilidad con la familia del soldado Humayun Khan, cuando le dijo a los padres del fallecido que él mismo había tenido que pasar su propia cantidad de “grandes sacrificios”– podías discutir, si escudriñabas con absoluta precisión, que esa era su estrategia, tocar base.

De hecho, si no estaba haciendo ninguna de estas cosas a propósito, debió de haber sido consciente del impacto de las mismas, mientras la revolucionaria fuerza de su campaña demolía el Partido Republicano con 160 años de historia y arrasaba con todo a su paso, sin freno hacia la Casa Blanca de Barack Obama. Ahora es diferente. Ahora sólo parece loco. Y es su propia adminis- tración la que se desmorona, no el sistema.



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