Las penas de John Mayer


John Mayer en su primera entrevista de trascendencia en dos años, jura que es un hombre nuevo


POR Staff Rolling Stone México  



John Mayer en su primera entrevista de trascendencia en dos años, jura que es un hombre nuevo

Su bocota casi le arruina la carrera. Ahora, en su primera entrevista de trascendencia en dos años, jura que es un hombre nuevo.

Por Josh Eells

Si eres una estrella de rock ligeramente dañada que intenta mostrarle al mundo que vuelves a empezar, te podría estar yendo peor que en Paradise Valley, un rincón absurdamente pintoresco de Montana, lugar a donde van personas como Peter Fonda y Jeff Bridges a desestresarse. Desde hace poco, también es el segundo hogar de John Mayer, que cambió a los paparazzi y la bebida por una enorme cabaña de piedra y madera en un terreno de seis hectáreas a la orilla del río Yellowstone, con una Land Rover en una cochera y un estudio de grabación en lo alto de la colina. Un domingo hace no tanto tiempo, Mayer se encontraba en su cocina haciéndose un sándwich de crema de cacahuate, vestido con una camisa de franela azul, unos jeans y botas tipo mocasín de un diseñador japonés. Mayer sigue casual y sin rasurar, con un peinado que sugiere que no ha estado ni cerca de una mujer en un rato.

Hoy es la primera entrevista de Mayer desde principios de 2010, cuando Rolling Stone y Playboy publicaron entrevistas desastrosas con él. En la de Playboy, el cantante comparó a su exnovia Jessica Simpson con “napalm sexual”, hizo bromas sobre su “pito defensor de la supremacía blanca”, y trató de destripar el concepto de un “hood pass” (permiso para que un hombre blanco entre a un barrio negro sin ser molestado) al usar la palabra “negro” para insultar. La caída fue veloz: Lo tacharon de misógino, racista, narcisista y, no por primera vez, una porquería. En un concierto que dio la noche en que salió la entrevista con Playboy dio una disculpa de casi cinco minutos, con los ojos llenos de lágrimas. “Renuncio al juego de los medios”, dijo. “Se acabó”.

Se acerca a nuestra entrevista casi como a una sesión con un terapeuta y hace pausas frecuentes para analizar cómo sonarán sus respuestas al público.

Hace tiempo que no sabemos de ti. Esta es tu primera entrevista en más de dos años.
Había terminado. Estaba cerrado. Para ser honesto, sigo queriendo estar cerrado. Pero luego de cierto punto, empiezas a sentir lástima por tí mismo y corres.

Hablando de eso, volvamos al invierno de 2009-2010. Describe qué pensabas.
Creo que se reduce a que había dejado de apreciar el aire enrarecido que asumía como artista, que significa mucho para la gente. Me había convertido en un cabrón. El mundo de las celebridades es emocionalmente absorbente y es difícil decirle que no, y yo sólo abarcaba cada vez más. Siempre el momento antes de tronar es cuando actúan más rudos. Tu adrenalina enloquece y dices: “Déjalo caer”, y es cuando estás a 30 segundos de ponerte a llorar.

¿Y es ahí donde estabas?
Yo mantenía las paredes levantadas por un rato, pero sólo era cuestión de tiempo. Había gente en mi vida que me decía: “Amo a ese tipo, pero no quiero estar ni cerca cuando explote”.

¿Qué pasaba, exactamente?
Tenía el vicio de apostar con las opiniones de la gente sobre mí. Cuando alguien dice: “No me agrada ese tipo”, me gusta sentarme con él y estar seguro que no me está malinterpretando, y a veces eso se puede rescatar. Así que tiene sentido que yo lo haya subido a la enésima potencia. Y apenas lo regresara a como era, empezaba a hacer apuestas grandes de nuevo. Me daba cuenta de que una de las mejores cosas que puedes hacer es alejarte. Yo llegué a algo que ojalá hubiera conocido hace mucho, y es que debo dejar que la gente me falte el respeto un poco.

¿Recuerdas lo que pensabas cuando dabas esas entrevistas?
Estaba actuando para mí. Si había un problema como un elefante y que nadie quería ver, yo lo quería montar. Pero la gente sólo decía: “Miren a ese imbécil sobre el elefante”. Recuerdo que en esa entrevista con Rolling Stone yo estaba bien paranoico, pensando: “Yo sé lo que me quieren hacer, y no voy a dejar que me lo hagan, yo me lo voy a hacer”. Esa es la voz de alguien que necesita descansar.

¿Te refieres a hablar de la masturbación y buscar “lo máximo en vaginas”?
Lo que sea de ese tipo. Si yo decía: “Mis papás se acaban de divorciar; me están destrozando los periódicos; tengo gente escondida en mi jardín; y no distingo arriba y abajo”, eso hubiera sido más interesante que cualquier enérgico espectáculo cómico. O tratar de ser Tracy Morgan, dando citas sobre el sexo. Es como cualquier comediante malo: Si te pones nervioso, quedas por los suelos.

Pero no eres un comediante.
Sí. Supongo que había estado siendo arrogante. Pero en ese momento andaba con muchos comediantes y empecé a pensar como uno más de ellos. Escuchaba a alguien hacer un stand-up y yo pensaba: “Voy a decir muchas malas palabras. Voy a hacer presentaciones”. No sé si sea inteligente o lo más estúpido que he oído jamás. No todo es un riff.

Cuéntame del día en que salió la entrevista de Playboy.
Era un miércoles de febrero. Estaba en mi cuarto de hotel en Nashville. Había un restaurante chino afuera, y recuerdo que recibí la llamada. Me acuerdo de haber estado mirando fijamente el cartel del restaurante, cuando alguien dijo: “¡Esto es muy grande!”. Es como en una película, cuando se detona un explosivo, pero no lo oyes, simplemente se vuelve todo negro. Es el opuesto total de: “¡Estás nominado para cinco premios Grammy!”.

En ese punto, ¿todavía pensabas: “Estás exagerando, no es tan malo”?
Sí. Tratas de evitar hacer implosión. Esperas poder usar tus encantos para salir de la situación. De que la gente piense, no sé si ofendidos, pero. . .

No tengo duda de que la gente se haya sentido ofendida.
No quiero decirle a la gente lo que debieron haber sentido. Pero por cinco minutos, pensé que podía revertir la situación.

¿Disculpándote?
No cediendo. Sólo abriéndome paso. No sé. Era una locura. Nunca te voy a poder dar una proporción pareja entre mi pensar y mi actuar.

Entonces salieron esas entrevistas. ¿Luego qué pasó?
Me destrozaron. Como que me desconocieron. Pero el choque que le siguió –que a veces llamo “la corrección de mercado”– me arrancó de una cultura de la que yo no tenía las fuerzas para salir. Es casi como el síndrome de Estocolmo. Y nunca me hubiera enterado si no me hubiera aventado en un espiral.



comments powered by Disqus