Mumford & Sons


Cómo Mumford & Sons añeja sus ráices musicales en el futuro del rock


POR Staff Rolling Stone México  



Cómo Mumford & Sons añeja sus ráices musicales en el futuro del rock

Cómo Mumford & Sons añeja sus ráices musicales en el futuro del rock

Por Brian Hiatt

Mumford, de 26 años, ha padecido brutales migrañas a causa de las tensiones a lo largo de los dos últimos meses, y jura que el palo santo, un incienso sudamericano, es lo único que ha podido ayudarle. “Lo he intentado todo, pastillas, incluso fui a hacerme unos rayos X”, dice. El productor T Bone Burnett recomendó este remedio, lo que nos parece sumamente apropiado: Burnett ensambló la banda sonora para O Brother, Where Are Thou? en 2000. Se trata de un manual básico de la música folk o ‘de raíz’ y una de las influencias principales en la estética color sepia de Mumford & Sons, la banda que Mumford lidera.

“Siempre me siento un poco apenado cuando hablo de la importancia que para nosotros revistió O Brother”, dice Mumford, quien tenía apenas 13 años cuando dicho álbum fue lanzado. “Da la impresión de que se trata de algo muy reciente”. La banda sonora ganó un Grammy al Álbum del Año en 2002, y el segundo disco de Mumford & Sons, Babel, se llevó el mismo premio este 2013. Mientras tanto, Burnett reclutó a la banda para la confección del soundtrack de Inside Llewyn Davis, una nueva cinta de los hermanos Coen que gira en torno a la escena folk sesentera de Greenwich Village.

La protagonista de esta nueva película es Carey Mulligan, la mujer que hace 11 meses contrajo nupcias con Mumford. Ted Dwane, el contrabajista de la banda –y a los 28, el integrante más viejo y el más estable en términos emocionales, es decir, aquél que el resto busca cuando necesita un par de consejos– se ha entusiasmado también con el palo santo, del que asegura tener buenas provisiones en casa. Winston Marshall, el astro del banjo y listillo designado –y el miembro más joven, con sólo 25 años de edad– no se muestra convencido. “El palito estrella”, dice, lo que provoca las demenciales risotadas de Mumford. “¡La ramita diva!”. También está el tecladista Ben Lovett, de 26 años.

Sin embargo, colectivamente, Mumford & Sons tienen todo que ver con la madera santa. En la segunda década del siglo XXI, han logrado empujar tanto la música acústica como las armonías-cantadas-alrededor-delmicrófono hacia el meollo de la cultura pop.

Mumford es un ferviente admirador de Radiohead. Pero Mumford & Sons saben que están alimentando una especie de hambre. Mumford sonríe cuando le recuerdo una cita de Bono, proferida en 1985, en la que el cantante de U2 predijo un futuro contraintuitivo para la música en una “era electrónica”: “Será un sonido totalmente naturalista, quizá acústico. Así será la música que se escuche en los jardines, facultades y dormitorios de las universidades, precisamente porque nos recordará algo perdido”. Mumford responde: “Todo un profeta”.

La era electrónica ha llegado, y supone algo a la vez impresionante y horroroso –pronto usaremos diademas con Google, justo a tiempo para documentar el momento preciso en que los robots o el caos arrebaten nuestros empleos. Para los chicos que maduran en un mundo en donde todo lo sólido se ha convertido en aire, debe haber algo profundamente reconfortante en la mezcla moralmente seria y extática de esa madera, el fierro, las voces y el sentimiento. “Nuestros tiempos son muy complicados”, dice Mumford. “Utilizo mi celular todos los días, pero no tengo ni idea de cómo funciona –hablo literalmente”. (Utiliza un iPhone viejo y roto que no se ha molestado en optimizar).

“En cambio, cuando veo a alguien tocar una guitarra acústica con pasión, yo comprendo el mecanismo. Creo que nosotros no ofrecemos sencillez –no quiero hablar mal de mi propia música tildándola de ‘simple’–, pero a veces da gusto poder escuchar aquello que estás viendo. La gente puede confiar en la honestidad del músico en una era en la que todos nos hemos vuelto cínicos porque tememos que se nos tome el pelo”.

La noción de cuatro jóvenes universitarios y británicos encontrando la inspiración en estilos norteamericanos antediluvianos –y ocasionalmente ataviándose como los Okies (el mote que se les otorga a los afectados emigrantes que llegan procedentes de Oklahoma) de los años treinta que mencionan en sus letras– ha provocado una andanada de cuestionamientos en torno a su autenticidad.



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